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Balanzas, pipas y videojuegos

Foto del viaje a Países Bajos

Hoy dedicaremos a Gouda el tiempo que se merece, tras varios días de prácticamente venir solo a dormir. Hoy también estaremos en un par de ciudades. Pr la tarde, una escapada cortita a Leiden.

Algunos días antes habíamos comprado sellos para echar postales a casa. Nos vendieron unos sellos de 2002 con valor postal todavía vigente. Las postales las escribiríamos al día siguiente en Ámsterdam, pero los sellos ya estaban listos.

Empezamos el día en la Chocoladefabriek, la antigua fábrica de chocolate reconvertida en biblioteca pública, archivo regional y cafetería. Buen sitio, no especialmente amables, pero estuvimos un buen rato a gusto. Los pasillos de cómics en holandés, el alargador colgando del techo, el suelo decorado como con máquinas de chocolate…

El Principito en neerlandés y el FIFA de la Euro 2012

Lo primero fue una tienda de videojuegos de segunda mano Salimos con un par de juegos viejos de FIFA, uno antiguo de la Eurocopa de selecciones — el de la edición holandesa, que en aquel momento te lo encontrabas por dos euros—. De ahí volvimos a la librería de zaak, la grande del centro a la que ya habíamos asomado el primer día. Y aquí, sí: nos llevamos por fin De kleine prins, el Principito en neerlandés. El del Principito en el idioma de cada viaje ya era una cosa muy consolidada.

Entre la Markt y la casa habíamos pasado todos los días delante de la misma tienda de quesos. Hoy tocaba ya comprar, sí. Compramos un par de cuñas de Gouda envasadas al vacío para llevar a casa. Y, ya que estábamos, otra tienda que nos había estado tentando: una pequeña tienda de videojuegos, llamada Nedgame, que llevábamos viendo cerrada desde el domingo. Esta vez abierta. Salimos con el Rime.

La Goudse Waag — la antigua casa del peso del queso— es uno de los símbolos comerciales de la ciudad. Levantada en 1668 según diseño del arquitecto Pieter Post, sirvió durante siglos para pesar y certificar los quesos que se vendían en el mercado del Markt. La fachada de piedra conserva en el centro un relieve con la propia escena del pesaje: un comerciante con su queso al hombro acercándose a la balanza. Hoy alberga el Kaas- en Ambachtenmuseum, el museo del queso y los oficios tradicionales de Gouda.

Junto al Markt sobreviven todavía otros oficios que dieron a Gouda su economía: las Goudse Kleipijpen, las pipas de arcilla blanca que llegaron a ocupar a miles de habitantes de la ciudad en el siglo XVII, y los stroopwafels, atribuidos al panadero Gerard Kamphuisen hacia 1840. La ciudad celebra en 2024 sus 750 años de derechos urbanos —concedidos por Floris V en 1272— con la marca Gouda 750 jaar gerijpt por todas partes.

Una señora fumando en el estanco de 1836

De camino a la Waag, parada obligada en De Oude Vriendschap, la tabaquería más antigua de los Países Bajos. Cartel en la fachada amarilla, sin trampa: Gouda’s Oudste Tabakszaak, anno 1836. Entramos por curiosidad. Un edificio muy bonito. Me recordó, un poco, a la Farmacia de la Reina Madre en Madrid. Ya que estábamos, compramos una pipa de cerámica blanca, cosa típicasde Gouda, que pasó al museo Nyumbani a volver a casa.Lo que no esperábamos del todo era encontrarnos a una clienta o la dueña fumando dentro del estanco. Una mujer mayor, sentada en su sitio. Una imagen difícil de ver hoy en cualquier parte. Nagore con la barriga ya bien marcada se quedó lejos. La tienda era de las que entras y se te quedan.

De ahí, dos calles, al Kaasmuseum en la Goudse Waag. La audioguía que nos tocó era curiosa. Estábamos prácticamente solos. Las balanzas que se ven en mil fotos, las ruedas de queso apiladas, la historia del comercio de Gouda con los pólderes, el módulo de las Goudse Kleipijpen. Y arriba, en la planta del antiguo pesaje, una cafetería para eventos que ese día estaba vacía: solo nosotros y las vigas, mirando la plaza por la ventana de plomo. Bonito.

Decidimos volver a comer a casa y nos metimos en una carnicería del centro a hacer la compra de mediodía. Nos llevamos un par de cosas que pintaban bien, volvimos a la buhardilla y comimos en casa. Día de hacer comida.

El Stadhuis por dentro

Y por la tarde, lo que llevábamos cinco días aplazando: visita por dentro al Stadhuis, el ayuntamiento gótico del Markt. Lo habíamos visto desde fuera con luz nocturna, con luz de mediodía, con cartel naranja del aniversario. Esta vez tocaba entrar. Sala señorial con chimenea, tapices flamencos en azules profundos, vidrieras heráldicas con los escudos de las provincias, suelo de damero blanco y negro en la antigua sala del consejo. Y abajo, en la planta de salida, una sala enorme que se alquila para celebraciones, suponemos. Salimos con la sensación de haber hecho ya todos los checks de Gouda.

Tarde en Leiden con olor a mantequilla de cacahuete

Tren rumbo al norte. Veintipico minutos. Leiden nos pilló con la luz cambiando ya hacia el atardecer. Salimos de la estación y, antes de meternos al centro, le pegamos una vistazo al Molen De Valk, el molino blanco de torre del XVIII visible desde casi cualquier punto de la ciudad. Tenía además una pequeña instalación con un visor de los engranajes activos, de esos paneles que enseñan el funcionamiento de las muelas: bonito detalle; que veríamos a la vuelta.

La primera tienda hacia el centro ya fue para recordar: De Pindakaaswinkel, la tienda dedicada exclusivamente a la mantequilla de cacahuete. Decenas de tipos en frascos, gama de cacao, gama de canela, gama de coco…

Y luego, los canales. Eso es lo otro que recuerdo de Leiden: canales preciosos, la doble fila de tilos del Rapenburg, los puentes pintados de verde, las casas-canal apretadas. La ciudad se anda por la orilla y por los puentes, sin más programa, y eso ya bastaba.

Leiden es la ciudad universitaria por antonomasia de los Países Bajos: aquí fundó Guillermo de Orange en 1575 la primera universidad del país —la Universiteit Leiden—, como premio a la heroica resistencia de la ciudad durante el sitio español de 1574, levantado el 3 de octubre. La fecha sigue celebrándose cada año como Leidens Ontzet, el día grande de la ciudad. Por sus aulas han pasado Rembrandt —nacido aquí en 1606—, Albert Einstein, Hugo Grotius y la reina Beatriz.

Una de las particularidades urbanas más bonitas de Leiden son los Muurgedichten, los poemas-mural: desde 1992 la fundación TEGEN-BEELD ha pintado en las fachadas del casco antiguo más de un centenar de poemas en su lengua original (neerlandés, español, ruso, persa, chino, árabe, hebreo, sánscrito…), creando una colección literaria a cielo abierto única en Europa. Entre ellos, el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pintado en una pared del centro.

Un vaso de Londres 2012 en una tienda enorme de segunda mano

Y luego, lo que más recuerdo del día: una tienda de segunda mano enorme en la que entramos a curiosear y salimos con una compra muy específica: un vaso de cristal de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Otra de las cosas que colecciono 🙂  Mientras tanto, Nagore había fichado libros sueltos y yo discos de los que tampoco me llevé ninguno, así que la única compra al final fue el vaso.

Salimos a seguir paseando por canales —la cosa más fácil del mundo en Leiden— y, en una pared del centro, dimos sin buscarlo con uno de los Muurgedichten: el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, pintado en inglés. Antes de volver hacia la estación, vuelta corta por la Marekerk y por la Lakenhal, el museo de la ciudad instalado en la antigua lonja de los paños del XVII.

Vuelta a Gouda, esta vez con un par de transbordos. Al bajar en la estación de Gouda salimos por otra zona del centro a la que no habíamos llegado todavía, una calle comercial larga con cadenas y portales, que me recordó a Carlow en Irlanda, y que también recordaría en Cambridge, un año después. Todo prácticamente cerrado a esa hora . Volvimos a casa y cenamos las sobras de mediodía, las de la carnicería del centro. Día tranquilo, como queríamos. Mañana, último día: Ámsterdam, casa.

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