De Brocéliande a Saint-Malo: la noche de las 4 reservas

Último día en Pont-Aven. Por la mañana, tirad larga de coche hacia el este hasta el bosque de Brocéliande — Paimpont, la abadía, la tumba de Merlin, cerveza artesana en la plaza —. Por la tarde-noche, rumbo hacia el norte y llegamos a Saint-Malo intra-muros — la parada que habíamos enterrado y luego rescatado del calendario tras el lío de los pasaportes —. Cierre en el Ibis La Madeleine, primera noche fuera del Kindred en dos semanas.

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Pont-Aven → Paimpont / Brocéliande → Tombeau de Merlin → Saint-Malo

Salida temprano hacia el este — LIDL y camino a Brocéliande

Nagore y yo madrugamos un poco para hacer las maletas y desayunar tranquilamente aprovechando que Julen seguía dormido. Casi dos horas nos tomamos entre organizar y meter todo en el coche — pequeña mudanza —. Ya con el niño despierto y todo listo, salimos de Pont-Aven vista por última vez por el lado de la fábrica de químicos que veíamos cada vez que entrábamos o salíamos del pueblo por la N165.

Primera parada práctica en el LIDL del Parc Commercial Les 5 Chemins — es sábado, y en Francia los domingos las tiendas cierran a mediodía, así que toca proveerse: leche sobre todo, y algo de picar para el coche. La ruta oficial del día es llegar a Saint-Malo, pero yo llevaba días con la idea de meter una parada en el bosque de Brocéliande, y Nagore no lo tenía claro. Aun así, media broma media capricho, nos desviamos hacia allí («a la creperie esa que hay») El GPS acaba metiéndonos por pueblos pequeños de Ille-et-Vilaine con las típicas chicanes — obstáculos que meten los ayuntamientos franceses para obligarte a bajar de velocidad —. Casi tres horas de carretera hasta Paimpont, el pueblo-corazón del bosque de Brocéliande. Julen dormido de largo todo el trayecto.

Paimpont: galette con cerveza Morgane BIO en la plaza

Aparcamos en el pueblo y buscamos sitio para comer. Nos sentamos en un sitio de galettes en la plaza de la abadía — no una crepería estándar, más bien una casa de galette con carne, y justo estaban preparando la especialidad de la jornada: salchicha envuelta en galette —. Cae esa, cerveza artesana local Morgane BIO con la etiqueta del hada del bosque estampada en la botella (yo pedí una que pensé que sería más grande, culpa mía por no mirar, pero el menú inducía a error ;-)), y una Orangina. Julen se despierta con el olor y — sorpresa del día — come bastante salchicha. En la plaza, entre puestos del mercado, un enorme carruaje tirado por tres caballos de tiro pesado con capacidad casi de autobús — mucha gente subiendo para pasear por el bosque a caballo —.

En el baño del sitio hay un ejemplar reciente de Le Télégramme abierto sobre el estante: titular grande «La Bretagne n’en a pas fini avec les incendies», con 22 bomberos bretillenses reforzando a los de la Gironde por los incendios del sur. Tanto España como Francia están sufriendo incendios estos días.

El bosque de Brocéliande es la identificación popular tradicional — no unánime entre medievalistas — del bosque encantado que aparece en el ciclo artúrico de Chrétien de Troyes y en el Lancelot en prose: el lugar donde Merlín es apresado por la maga Viviana, donde el caballero Yvain encuentra la fuente mágica y donde Morgana instala el Val sans Retour. Desde el siglo XII, el bosque de Paimpont — 7.000 hectáreas de robles y castaños al oeste de Rennes — se identifica con esa Brocéliande literaria. La Abbatiale Notre-Dame de Paimpont, fundada por los benedictinos en el siglo VII y reconstruida en el XIII, preside el pueblo homónimo. Toda la comarca vive hoy de esa asociación: rutas señalizadas con nombres artúricos (Tombeau de Merlin, Fontaine de Barenton, Val sans Retour), ilustradores locales de fantasía celta, ferias medievales estivales y una cerveza artesana llamada, precisamente, Morgane BIO.

La Abadía Notre-Dame y la expo de Alexandre Leguedey

Entramos a la Abbatiale Notre-Dame de Paimpont, con su fachada de granito rosa sobre el estanque. Interior gótico sobrio de nave única, y en la sala anexa — la antigua biblioteca del piso superior, con techos altos y estanterías originales todavía en pie — hay una exposición temporal muy bonita del ilustrador de fantasía bretón Alexandre Leguedey: hadas, dragones, caballeros artúricos en acuarela sobre fondo de bosque. Cartel de conciertos veraniegos en el crucero: Morgan of Glencoe — el arpista escocés-bretón — el 29 de julio a las 20:45. Nagore hace foto a un pequeño detalle de la fachada — un gancho de hierro forjado antiguo de los que sujetaban las contraventanas —, tan bonito que yo tardo en darme cuenta de qué es. También hay un buzón viejo en la salida que  nos llama la atención.

Salimos por la calle trasera – yo doy una vuelta entera por error, para recogerles – y ahí hay otro guiño: un enorme mural del dragón rojo galés pintado en una fachada — «Le Passage» —, homenaje explícito al parentesco cultural celta entre Bretaña y Gales. . La comarca no disimula que ha construido su identidad turística sobre la mitología artúrica.

La tumba de Merlin y rumbo hacia Saint-Malo

Corto trayecto en coche hasta la entrada del bosque, y andando 500 m por sendero forestal hasta el Tombeau de Merlin. La cosa concreta: dos losas de esquisto rojo apoyadas sobre un pequeño montículo — restos de una allée couverte megalítica del Neolítico —, con un panel patrimonial explicativo, un acebo escuálido plantado detrás y un montón de «mensajes al mago» — papelitos, ramitas atadas, monedas — que los visitantes van dejando sobre la piedra. Un poco decepcionante y un poco encantador a la vez, la combinación clásica de este tipo de sitio — la tumba supuesta de un supuesto mago, con mucho pueblo alrededor haciendo cola —. Julen entra en modo revolcón: rueda por el suelo alrededor de la piedra como si fuera el jardín de una casa, activo, feliz.

De vuelta al coche y giro al norte. Cruzamos Ille-et-Vilaine por carretera secundaria, con parada por Muel — pueblo de trazado clásico bretón con iglesia y bar —. Poco antes de llegar a Saint-Malo, nos encontramos con un grupo de gente parando coches, parece una ginkana tipo Pekin Express o algo así, y después susto pequeño: Julen vomita en la sillita, así que paramos en el arcén a cambiarle ropa y limpiar. La leche en el coche, sabemos, no le sienta muy bien.

Saint-Malo intra-muros — Grande Porte y callejeo corsario

Antes de meternos al centro, primera parada en el Airbnb que habíamos reservado para dormir esta noche, a las afueras: nos reciben Michelle e Yves: los anfitriones —, que se portan súper bien y le tienen preparados a Julen unos juguetes en la habitación. Dejamos el equipaje, breve saludo de diez minutos, y salimos otra vez con el coche a un Intermarché cercano — apuro puntual, hay que comprar un biberón nuevo —.

De ahí ya sí, al casco antiguo. Cruzamos la zona de la aduana, aparcamos fuera de las murallas (bastante turismo, pero pillamos plaza libre a la primera) y entramos por la Grande Porte, la portada monumental de la ciudad amurallada. Y aquí sí, el «Saint-Malo parece una postal» de Nagore. Cascos de granito grisáceo homogéneo — todo reconstruido en piedra tras los bombardeos de agosto de 1944 —, calles empedradas, tiendas del corsario, banderas negras de bandera pirata en los balcones, la típica de estas ciudades marítimas cerradas. La Rue des Vieux-Remparts como eje. Nagore la resume bien: «como Donosti, pero todavía más monumental». Julen tira todo el rato del carrito, quiere andar por su cuenta y a ratos nos cansa 🙁

Saint-Malo es la ciudad amurallada más famosa de la costa norte de Bretaña, plantada sobre un peñón granítico en la desembocadura del río Rance, en el departamento de Ille-et-Vilaine. Su historia va indisolublemente unida a los corsarios — no piratas, sino navegantes autorizados por el rey de Francia para atacar buques enemigos — que la enriquecieron entre los siglos XVI y XVIII (destacan Duguay-Trouin, Surcouf y sobre todo Jacques Cartier, descubridor del Canadá y bautista del San Lorenzo). En agosto de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad — que albergaba una guarnición alemana refugiada en la ciudadela — fue arrasada al 80 % por los bombardeos aliados y los combates casa por casa. La reconstrucción, terminada en 1972, respetó el trazado medieval y utilizó el mismo granito local (extraído de la cantera de Chausey) para reproducir fachadas, ventanas y torres tal y como estaban, en un ejercicio de reconstrucción idéntica-histórica considerado modélico en Europa. Hoy la intra-muros es uno de los grandes destinos turísticos de Francia — 2,5 millones de visitantes al año —, junto con el Mont Saint-Michel, 50 km al este, con el que forma binomio en toda ruta bretona clásica.

Callejeo por el casco, Lucky Luke y catedral con Festival

Nos metemos a fondo por el laberinto de callejas. Paso por delante de la Chapelle Saint-Sauveur, donde estaba anunciada la exposición itinerante «Lucky Luke court toujours!» , celebrando el aniversario del cowboy belga-francés de Morris y Goscinny. La habríamos visitado con gusto, pero estaba cerrada — y mañana lunes cuando podríamos volver también cierra —. Foto al cartel para el archivo y se queda como asignatura pendiente para otra vuelta a Saint-Malo.

Seguimos hasta la Cathédrale Saint-Vincent. Fuera, restos del claustro antiguo que fue descubierto en excavación y sacado a la vista al aire libre — bonito el gesto de dejarlo visible entre el muro y el pavimento —. Puerta abierta, y dentro un concierto sacro en curso: banderolas azules colgando de las columnas anuncian el Festival de Musique Sacrée de Saint-Malo, del 16 de julio al 9 de agosto. Nos quedamos al fondo unos minutos, escuchando desde la penumbra las voces del coro con la nave románica de piedra clara de fondo, antes de salir para no molestar. Uno de esos golpes de suerte gratuitos del viaje.

En la nave lateral, la tumba de Jacques Cartier, el explorador maluin que descubrió el Canadá y bautizó el San Lorenzo. Nosotros lo conocíamos ya del Parc Jacques Cartier en Trois-Rivières, en Quebec — coincidencia bonita reencontrárnoslo aquí en su ciudad natal, enterrado bajo la nave —.

Grande Porte, Bassin Vauban y atardecer en Bon-Secours

Salimos por el otro lado, con parada en la Heladería Sanchez — una de las clásicas del casco — para un helado a Julen. Vuelta atrás por delante de la Librairie du Cabestan — librería marítima de las que aún resisten en los cascos históricos, con la sección de marine tomando la fachada — y por una traiteur bretonne con una montaña de kouign-amann en el escaparate a los precios habituales.

Bajada al Bassin Vauban, el puerto interior de la ciudad amurallada — veleros históricos amarrados, algún cuatro-mástiles, una noria pequeña en la explanada —, con el Château de Saint-Malo al fondo, sede del Ayuntamiento y del Musée d’Histoire.

Salimos a la Plage de Bon-Secours — la playa urbana bajo la muralla —, y ahí tuvimos un gran momento: el sol cayendo perpendicular sobre el Fort National, la fortaleza que Vauban construyó en 1689 sobre un islote a doscientos metros de la orilla y que en marea baja se puede visitar a pie. Julen paseando solo, yendo hacia la orilla  y la luz cae ámbar sobre todo el conjunto. Julen se lo pasa en grande — otra vez con su manía de comer arena, tenemos que estar pendientes porque se le escapa una vez y otra, preciosas fotos… Un poco más a la derecha se abre la Plage du Sillon, la gran playa larga del norte, con la mole moderna de los Thermes Marins al fondo. Se nos hace de noche todavía en la playa. Sacamos las aceitunas que llevábamos del LIDL de esta mañana — no estaban muy buenas, la verdad, pero hacen apaño —.

McDonald’s, la llave que no abría y noche imprevista en el Ibis

Volvemos al coche por la Esplanade Saint-Vincent Ha sido un día muy largo — más de 300 km entre Pont-Aven, Brocéliande y Saint-Malo, más las cinco horas de calle en el casco antiguo — y toca cena rápida. Cae un McDonald’s justo enfrente del Airbnb: Menu Coupe du Monde — la edición limitada de la copa del mundo de fútbol —, con bandera francesa impresa en la caja y una promoción bien puesta para el verano. A Nagore le gusta que casi todo el menaje sea de plástico rígido reutilizable — cuando comes dentro del local, se nota —. Julen se come las verduras (patatas asadas, guisantes), que es lo más sano del menú, porque el rebozado (del McCrispy) nunca le ha convencido.

Y momento raro: una chica del local vierte un vaso entero delante de nosotros — empapa los pies de Nagore—, después se pone a secar el charco con servilletas de papel, sin pasar la mopa ni poner el «suelo mojado» reglamentario.

Y de vuelta al Airbnb, plot twist. Llegamos, sacamos la llave que nos habían dejado Michelle e Yves, y no abre la cerradura. Probamos todas las combinaciones posibles Nada.Escribimos pero no tenemos respuesta. No queda más que buscar hotel de emergencia. Tiramos a un Ibis Saint-Malo La Madeleine a la salida norte de la ciudad — muy cerquita y el más barato que aparecía primero en el buscador (pero 220€, en recepción, 180€ porque lo pillamos con booking desd eel móvil—, y hacemos check-in ya pasadas las 11 de la noche.

Curiosidad del día: esta noche del sábado teníamos oficialmente reservas en cuatro sitios distintos. (1) La última noche en el Kindred de Pont-Aven — que ya sabíamos que no íbamos a usar —. (2) Un alojamiento en Jersey — que se cayó por el olvido de los pasaportes en Madrid —. (3) El Airbnb de Michelle e Yves — al que llegamos y no pudimos entrar —. Y (4) el Ibis, donde acabamos durmiendo la mar de bien. Cuatro camas oficialmente pagadas para una sola familia.

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