Rumbo a Jordania: Wadi Rum y Aqaba

Hoy será un día memorable. Cruce de frontera a pie y primera vez en Jordania, llegando a Aqaba bajando por el desierto del Néguev en bus hasta Eilat, cruce de frontera por el paso Yitzhak Rabin / Wadi Araba, comida en Aqaba y subida hasta Wadi Rum.

mapa_04feb.png

El cruce Yitzhak Rabin / Wadi Araba es uno de los tres pasos fronterizos terrestres entre Israel y Jordania, abierto al tráfico de turistas en 1994 tras el Tratado de Paz Israel-Jordania firmado ese mismo año por Yitzhak Rabin y el rey Hussein. Está a unos 3 km al noreste del centro de Eilat y unos 10 km al sur del centro de Aqaba, en pleno valle del Wadi Araba. El procedimiento es comparativamente sencillo —los turistas con pasaportes UE o EEUU obtienen visado de entrada a Jordania al pagar la tasa correspondiente— pero el simbolismo es grande: hasta 1994 cruzar de Israel a Jordania por tierra era literalmente imposible, y este paso es uno de los pocos puntos donde dos países que estuvieron formalmente en guerra cuatro veces se conectan a pie.

A los dos lados del paso, dos terminales con su iconografía propia: el israelí con la decoración del Eilat Peace Forum (mosaicos «Cross Borders», escultura del peregrino), las banderas azul-blanca y el cartel rojo «Yitzhak Rabin Border Terminal»; el jordano con el arco blanco «Welcome to Jordan» coronado por la corona hachemita y los retratos del rey Abdalá II y su padre, el rey Hussein —ese cartel azul de la Aqaba Special Economic Zone Authority que se ve en todas las fotos de viajeros al cruzar—. Entre ambos hay unos 800 metros de tierra de nadie que se hacen a pie con la maleta, en un pasillo vallado con palmeras esmirriadas que es ya uno de los rituales de viaje del Oriente Medio moderno.

Madrugando en Jerusalén y bajada por el Néguev

Madrugamos en el apartamento de Jerusalén, recogiendo maletas, ordenando la cocina, las últimas fotos al balcón con los tejados de teja roja al amanecer. Bajamos las maletas y enfilamos hacia la estación central de autobuses a coger el bus de la compañía Egged que conecta Jerusalén con Eilat: unas cuatro horas y media de carretera bajando por la ruta 90 a través del desierto del Néguev, primero por las afueras de Belén-Hebron (sin entrar, las carreteras los rodean), luego por el valle del Arava al borde del Mar Muerto, después por el corredor de Tamar y la ruta 90 hasta los 700 metros bajo el nivel del mar del extremo sur.

El paisaje es de los más sobrecogedores del país, paradójicamente por la ausencia: kilómetros de pedregal blanco-amarillo, palmeras datileras alineadas en plantaciones del kibbutz, acantilados de Edom recortados al este con Jordania (todavía) al otro lado del valle, parada técnica en una cafetería y bus avanzando sin prisa por una autovía vacía.

Eilat: parada, aproximación a la frontera

Llegamos a Eilat, la ciudad-resort israelí del extremo sur en el golfo de Aqaba. De allí fuimos al Yitzhak Rabin Border Terminal —el terminal israelí del paso fronterizo, a 3 km al noreste de la ciudad—. La iconografía del terminal es muy peculiar: el cartel rojo trilingüe «Yitzhak Rabin Border Terminal» en hebreo, árabe e inglés; la señal azul oval «TO JORDAN«; el mosaico «Cross Borders» del Eilat Peace Forum sobre los muros del patio; los bolardos pintados como dados blancos con puntos negros del jardín; y la cuota de salida israelí —de unos 105 NIS por persona en aquel momento— vitrineada en un cartel amarillo. Tras los trámites, la bandera azul-blanca al fondo y el selfie de rigor del último momento en suelo israelí.

Cruce a Jordania: «Welcome to Jordan»

Caminamos los 800 metros de tierra de nadie con la maleta, por el pasillo vallado entre los dos terminales —palmeras esmirriadas a los lados, otros viajeros con sus mochilas avanzando en la misma dirección, banderas a lo lejos—. Y al final del pasillo, el arco blanco «Welcome to Jordan» coronado por la corona hachemita, con los retratos del rey Abdalá II y su padre el rey Hussein sobre el cartel azul de la Aqaba Special Economic Zone Authority. Foto obligatoria con el arco. Selfie con el arco. Selfie de grupo con el arco. Es el momento ritual de cualquier viaje a Jordania por este paso y, también, una pequeña hazaña administrativa: cruzar a pie un país árabe desde Israel es algo que solo es posible aquí, en el norte (Allenby/King Hussein) y en Sheikh Hussein —tres puertos terrestres en toda una frontera de 309 km—.

Al entrar al lado jordano, los trámites: visado, sello, **SMS de bienvenida de Zain Jordania** , parada en un cajero para sacar los primeros dinares jordanos. Y a los pies del cartel azul, una flota de taxis verdes —el color oficial del taxi colectivo jordano— esperando para llevarte al centro de Aqaba.

Aqaba: comida en restaurante local

Cogimos un taxi al centro de Aqaba —la única ciudad portuaria de Jordania, en el extremo norte del golfo del mismo nombre, con 200.000 habitantes, fundada como Ayla por los nabateos y mencionada en el Antiguo Testamento como Eilat/Ezion-Geber—. Yo en aquel momento aún no sabía quera el destino final de Lawarence de Arabia, que vería por primera vez un año después, en Tailandia.  La primera estampa del centro: palmeras en las rotondas, torres eléctricas, montañas marrón-rojizas al fondo, escaparates bilingües árabe-inglés  edificios de tres-cuatro plantas de hormigón, calles más anchas y menos densas que las del centro de Tel Aviv o Jerusalén.

Fuimos a comer a un restaurante con terraza con vista a la calle, lo típico de la comida levantina jordana: hummus con buena cantidad de aceite y khubz (pan plano árabe), pan inflado eish, falafel, patatas, ensalada y Pepsi en lata escrita en árabe—. La sensación del cambio de país en la mesa: misma región geográfica, misma cocina base, pero el acento del árabe es otro y los precios bajan a la mitad.

Carretera Aqaba → Wadi Rum

Habíamos negociado y organizado ya con el taxista que nos recogió en la frontera para que nos organizara el transporte y alojamiento en Wadi Rum para hoy y en Petra para mañana. Después de comer nos recogió el conductor que nos llevaría a una gasolinera, donde su contacto nos llevaría ya al Wadi Rum Visitor Centre, a una hora hacia el noreste por la carretera 47. El paisaje cambia de inmediato saliendo de Aqaba: la ciudad termina en seco, el ferrocarril del Hejaz aparece a la derecha con sus traviesas centenarias, los rebaños de camellos pastan al borde de la autopista (literalmente pastan al borde), y las primeras siluetas rojizas de arenisca empiezan a recortarse contra el cielo del desierto.

Llegamos al Wadi Rum Visitor Centre: el edificio de adobe en estilo nabateo del acceso oficial, aparcamiento con flotilla de Toyota Hilux blancos y minivans Hyundai.

Wadi Rum —»Valle de la Luna» en árabe— es una protected area de 720 km² en el sur de Jordania, a 60 km al noreste de Aqaba, declarada Patrimonio Mundial de la UNESCO en 2011 en categoría mixta natural y cultural. Su geología es la firma del lugar: macizos de arenisca cámbrica y granito precámbrico de hasta 1.840 metros sobre el nivel del mar (Jabal Umm al-Dami, el techo de Jordania), erosionados durante 500 millones de años por la combinación de viento, sol y agua intermitente. El color rojo intenso del paisaje viene del óxido de hierro que tiñe la arena y la roca; al amanecer y al atardecer las paredes se vuelven literalmente fluorescentes.

La habitan los beduinos zalabia, parientes de la tribu Howeitat, instalados aquí desde el siglo XIX en clanes nómadas que hoy combinan ganadería trashumante (cabras, camellos) con turismo organizado en 4×4 desde sus campamentos. La historia «occidental» del lugar empieza con T. E. Lawrence «de Arabia», que cruzó Wadi Rum varias veces durante la Revuelta Árabe contra los otomanos (1916-1918) coordinando ataques al ferrocarril del Hejaz; sus memorias Seven Pillars of Wisdom (1926) y la película de David Lean de 1962 hicieron famoso el desierto en el imaginario global. Desde entonces ha sido localización de cientos de películas: El paciente inglés, Marte (con Matt Damon), Rogue One, Dune (2021) y Star Wars: La Ascensión de Skywalker, entre otras —el paisaje es indistinguible del de Marte y por eso lo usan tanto—. Las paredes guardan también petroglifos thamúdicos y nabateos de 2.000-4.000 años, especialmente en el cañón Khazali y junto a la Fuente de Lawrence (Ain Shellaleh).

Wadi Rum: tour en 4×4 por el desierto rojo

En el Visitor Centre nos asignaron conductor beduino y 4×4 —una Toyota Hilux blanca con matrícula jordana — para hacer el clásico tour de tarde por el desierto. Subimos a la caja trasera abierta, con cojines y mantas para el frío, y arrancó el itinerario. El primer choque es la escala: las paredes de arenisca tienen cientos de metros de alto y los 4×4 a sus pies parecen miniaturas. El segundo, el color: la arena no es naranja, es roja, intensa, casi fluorescente, contrastando con el azul intenso del cielo invernal de febrero.

El tour fue parando en los puntos clásicos: una primera jaima beduina pegada a una pared —pause para té dulce con menta hirviendo en el fuego, alfombras en el suelo, alfombras en el techo, el beduino con keffiyeh y túnica blanca, las teteras—; dunas rojas que se bajan descalzos (la arena fina entre los dedos, las huellas marcadas en la pendiente); paredes erosionadas en forma de celdillas características del lugar; el Khazali Canyon —la grieta estrechísima entre dos paredes verticales donde el sol no llega y aparecen los petroglifos nabateos y thamúdicos tallados hace 2.000-4.000 años—; y la Fuente de Lawrence (Ain Shellaleh) —el manantial al pie de una pared con el famoso relieve facial nabateo y los nichos cuadrados esculpidos en la roca, donde T. E. Lawrence acampaba según la tradición local—.

Atardecer en el valle

Hacia las cinco de la tarde el conductor nos llevó al punto del atardecer: subir a una cresta rocosa con vista panorámica al valle, sentarse en el saliente, esperar. La luz oblicua del invierno hace que el desierto se encienda literalmente: las paredes pasan de rojo a naranja, luego a magenta, luego a rosa, y por unos minutos antes del ocaso todo el valle parece pintado al pastel. Las siluetas del grupo recortándose contra el cielo, el sol bajando entre dos picos, el 4×4 cruzando una duna a lo lejos. Es de esas estampas que justifican el viaje entero.

Campamento beduino: cena y noche

Cuando se hizo de noche el conductor enfiló al campamento beduino donde íbamos a dormir —un agrupamiento de jaimas grandes negras encajadas al pie de un cañón, con la pared de arenisca como muro natural por uno de los lados—. Tuvimos un momento extraño, al llegar a la «entrada» al área. Era noche cerrada. Nos cobraron un «ticket de acceso» que consistió en que nos dieron unos folletos. Y enfilamos hacia la negrura, y nos sentíamos un poco sin tener ningún control de nada. Finalmente llegamos sin más percances. La cena, sentados en alfombras sobre el suelo de la jaima común: bandejas con ensaladas, salsas, hummus, pan árabe, arroz —probablemente alguna versión de zarb, el cordero o pollo cocinado bajo tierra en horno de arena tradicional del lugar, aunque las fotos no muestran el destape ceremonial—. Té con menta, baklava, café cardamomo, conversación y poco más: a las once todos estábamos ya en las jaimas-dormitorio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *