Madrugando para llegar tarde al mercado de Tsukiji

Día con dos extremos del país: mercado de Tsukiji y jardines Hamarikyu en pleno corazón de Tokio por la mañana, escapada en tren a Nikko al norte para los grandes santuarios shogunales y vuelta para terminar la noche en el cruce de Shibuya.

El Mercado de Tsukiji fue durante 83 años (1935-2018) el mayor mercado mayorista de pescado y marisco del mundo: 2.000 toneladas movidas al día, 900 puestos y la famosa subasta de atún rojo a las 5:25 de la madrugada. En 2018 se trasladó a las nuevas instalaciones de Toyosu; cuando estuvimos en 2012 todavía operaba en su ubicación original. La subasta sólo admitía 120 visitantes diarios repartidos en dos turnos —apuntarse a las 5 de la madrugada en el Osakana Fukyu Center de la calle Kachidoki—, y sin antelación se quedaba uno fuera con facilidad.

Justo al sur, los Jardines Hamarikyu son uno de los pocos jardines daimyo del periodo Edo que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, con un estanque de marea conectado a la bahía de Tokio que sube y baja con las mareas, y una casa de té de 1707 donde se sirve matcha con dulces tradicionales.

Tsukiji sin subasta y café en Tully’s

Teníamos previsto ir a la subasta del atún del mercado de Tsukiji, pero lo hicimos mal: nos despertamos temprano, sí, pero no lo suficientemente temprano, y llegamos al mercado media hora después de que la subasta hubiera terminado. La subasta del atún era una de esas cosas que solo entran en la lista si te organizas la noche anterior con disciplina militar, y no fue nuestro caso.

Aun así, recorrimos el mercado mayorista, que es enorme. Siempre me ha gustado ver mercados —era ya el segundo de este viaje— y había muchas cosas dignas de mirar: los famosos turret trucks con sus carritos eléctricos llevando atunes y cajas a toda velocidad por los pasillos, los puestos de pescado fileteado y, en el perímetro, los pequeños sushi-bars donde se podía desayunar sushi cortado en el momento del propio mercado. No teníamos demasiada hambre tan temprano, así que nos tomamos un café en un Tully’s Coffee —cadena estadounidense con presencia en Japón— en el que entrábamos por primera vez. Creemos además que era por esa calle, donde vendían las figuras de plástico de comida, que hay en muchísimos  resturantes en Japón para orientar a los visitantes.

Jardines Hamarikyu

De Tsukiji bajamos a los jardines Hamarikyu. El recuerdo es bonito: los pequeños puentes de madera, el estanque de marea, la casa de té en su islote y, alrededor, el contraste de los rascacielos modernos de Shimbashi cerrando el horizonte. Uno de esos sitios donde el Tokio antiguo y el Tokio nuevo se ven en la misma fotografía sin necesidad de explicar nada.

Nikko: comida y santuarios

De vuelta del jardín cogimos el tren rumbo a Nikko, a unos 140 km al norte de Tokio en la prefectura de Tochigi. Llegamos a la hora de comer y paramos en un sitio que creo recuerdo bien: tenía un doble formato, una parte con asientos al estilo japonés tradicional —en el suelo, sobre tatami con mesa baja— y otra con mesa y silla occidentales.

El santuario Toshogu de Nikko es el mausoleo del primer shogun Tokugawa, Tokugawa Ieyasu (m. 1616), el militar que unificó Japón al final del periodo Sengoku y fundó el shogunato Tokugawa que gobernaría el país durante 265 años. El conjunto, construido por su nieto Iemitsu en 1636, es el más profusamente decorado de Japón con 5.000 esculturas talladas en madera —incluida la famosa de los tres monos sabios («no oír, no ver, no hablar el mal»)—. Junto con los santuarios Futarasan y Rinno-ji, está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1999. El Shinkyo, el «puente sagrado» de madera laqueada en bermellón sobre el río Daiya, es la postal canónica de la entrada a la zona.

Recuerdo estar paseando por la zona, disfrutando de los cuidados jardines. Y creo que fue también aquí que un señor se puso a hablar con nosotros y a preguntarnos sobre nuestro viaje a la entrada de uno de los edificios.

Vuelta a Tokio y Shibuya por la noche

Volvimos en tren a Tokio por la tarde-noche y enfilamos a Shibuya. El Shibuya Crossing, el cruce diagonal en cinco direcciones por el que pasan unas 2.500 personas con cada cambio de semáforo, es la imagen contemporánea más reconocible de Japón: super mítico, super iluminado, con sus pantallas gigantes encendidas en todas las fachadas y la sensación de «esto es Tokio» que sólo da Shibuya.

Estuvimos comentando la posibilidad de entrar a un maid café —los cafés temáticos donde camareras vestidas de doncella sirven la comida con coreografías y tratamiento de «amo/ama»—, pero finalmente no fuimos. Ese cruce de planes lo desbloqueamos años después, cuando volvimos a Japón con Julen. Cenamos algo por la zona y de vuelta al hotel, que había sido un día largo.

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