Hoy tocaría salir de Edimburgo. Mañana en Glasgow y después rumbo a las highlands. Glasgow tenía además una capa personal: mi madre vivió varios años en Reino Unido en los setenta, entre algunos inviernos y veranos en Edimburgo, Glasgow y, más adelante, en Londres, Bournemouth, Cambrige u Oxford. Desde pequeño en casa había escuchado cosas de aquellas ciudades, así que siempre me ha hecho ilusión visitar sitios de los que ya tenía referencia familiar.
Rumbo a Glasgow
Después de un British Breakfast, otra vez, en Troy Café al lado de casa de Sergio, fuimos a la estación y cogimos el ScotRail con destino a Glasgow, un viaje de 50-55 minutos entre las dos ciudades por la Edinburgh & Glasgow Main Line. Recuerdo que en ese momento pensé en la tragedia del chico brasileño en una estación de Londres en 2005.
Glasgow es la ciudad más grande de Escocia con unos 635.000 habitantes en su núcleo —y casi 1,8 millones en su área metropolitana—, frente a los aproximadamente 500.000 de Edimburgo en aquel 2015. Su crecimiento explotó con la Revolución Industrial del siglo XIX: era la segunda ciudad del Imperio Británico, capital del comercio del tabaco transatlántico, de la industria textil y, sobre todo, de la construcción naval en el río Clyde —en su pico, las gradas del Clydeside botaban uno de cada cinco barcos del mundo—. La crisis industrial del XX la golpeó duro, pero la regeneración cultural de los noventa —Capital Europea de la Cultura en 1990, ascenso de la escena indie, los Mackintosh, los Fratellis— la convirtió en una ciudad post-industrial vibrante, muy distinta de la Edimburgo turística del castillo.
Buchanan St y Argyle Arcade
Llegamos a Glasgow. La estación es céntrica y nuestro plan era dar un paseo. Sin rumbo, enfilamos a pie por el centro y pasamos por la Argyle Arcade, la arcada cubierta más antigua de Escocia —de 1827, en forma de L, especializada hoy casi por completo en joyerías—. Las arcades victorianas – mi madre me lo explicó de niño – son una de esas señas británicas que se repiten en muchas ciudades de la Commonwealth y que dan nombre a un género de videojuegos, por el lugar donde primer estaban estas máquinas, mecánicas en aquel entonces.
Recorrimos, así buena parte de la Buchanan Street, la avenida peatonal principal de Glasgow, llena de tiendas y galerías. En algún cambio de billetes nos llevamos uno de los billetes emitidos por el Banco de Escocia y lo miré como curiosidad: en Escocia los billetes no los emite el Banco de Inglaterra sino tres bancos comerciales privados —Bank of Scotland, Royal Bank of Scotland y Clydesdale Bank—, una rareza monetaria que viene del Acta de la Unión de 1707 y que sobrevive como excepción en todo el sistema de la libra esterlina.
El centro de Glasgow tiene una cuadrícula victoriana casi norteamericana, muy distinta del trazado medieval de Edimburgo: cuando la ciudad se rehizo en el XIX a golpe de fortuna industrial, los urbanistas adoptaron el modelo del Manhattan emergente con manzanas regulares y avenidas anchas. Por eso Glasgow se siente «americana» y Edimburgo «europea», una de las dualidades que marca la identidad escocesa moderna. La Glasgow School —encabezada por Charles Rennie Mackintosh a finales del XIX— dejó además una capa art nouveau a la europea, con la Glasgow School of Art (1909) como obra cumbre.
George Square, un Gregg´s y vuelta a Edimburgo
Seguimos paseando por tiendas y galerías, pasamos por una parada de metro que me recordó a la de renfe de la Puerta del Sol y llegaríamos a George Square, la plaza ceremonial de la ciudad —rodeada por las City Chambers de finales del XIX y por una docena de estatuas de personajes locales encabezadas por la columna de Sir Walter Scott—. Para comer nos paramos en un Gregg´s, cadena que en aquel momento yo no conocía . Vuelta a la estación y de vuelta a Edimburgo en el ScotRail, llegando ya pasadas las tres o las cuatro de la tarde.
El puente de Hitchcock y la gallina que se cruzó
Llegamos a casa de Sergio y Fabian, hicimos las maletas y fuimos al aeropuerto de Edimburgo a recoger el coche de alquiler —volante a la derecha, conducción por la izquierda, esa pequeña reprogramación mental que cuesta los primeros minutos y que ya me había tocado en Malta — y enfilamos hacia el oeste y luego al norte.
El destino para dormir era un camping con cabañas («pods») con puertas estilo hobbit, a 30 minutos de Inverness. Un formato que por aquel entonces yo no había visto: en lugar de tienda o caravana, pequeñas cabañas tubulares de madera. Tenían su atractivo, las nuestras —recién puestas— cumplían perfectamente para los días que íbamos a estar.
Del trayecto en coche me han quedado dos cosas claras. Una es que pasamos por al lado del puente que sale en la película Los 39 escalones de Alfred Hitchcock —el Forth Bridge, ese voladizo ferroviario rojo de 1890 sobre el estuario del Forth— al cruzar hacia el norte, aunque no tenemos foto en el archivo. Lo recuerdo viéndolo desde la carretera mientras avanzábamos.
La otra es menos bonita: en algún punto de la autovía se me cruzó una gallina enla calzada, cruzando todos los carriles desde la derecha y no me dio tiempo a frenar. Le di un golpe seco y la pobre, supongo, terminó sus días en el arcén desde el que se cruzó.
Ya cruzando por Inverness entramos a un supermercado a comprar cena. Llegada al camping. Cena en el comedor del camping. Al día siguiente nos esperaba la otra estrella del viaje en coche: ir a buscar a Nessie al Lago Ness.



































































































