Estar en casa. Ese fue el principal y casi único plan del día. Tras la aventura en la furgo, queríamos un poco de descanso, de tiempo para escribir, de ahorro…
Nos levantamos tranquilos y estuvimos escribiendo. Cuando fui a ducharme me puse Down Under. Recuerdo pensar que estaba cantando una canción que no conocía hacía cuatro días en casa de un chico que no conocía hacía uno en una ciudad que no conocía hace dos semanas. Y recuerdo, claro, que me gustó.
Preparamos una horrible comida con una de las últimas latas de sopa que nos quedaban y mientras comíamos terminamos de ver «El juego de Ender». Dedicamos la tarde a preparar la maleta para el día siguiente, decidiendo qué cosas dejábamos en tierra y al final nos animamos a salir a cenar. Tomamos schnitzel, que yo recordaba de mi viaje a Israel y un rissoto de calabaza con un sorprendente y fosforito color amarillo. No estaba malo. Tampoco bueno.