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Último día: postales y recuerdos de bolso de cuero

Marrakech, 6 nov 2007

El 6 de noviembre era el último día. Vuelo de vuelta por la tarde-noche, mañana entera para deshacer poco a poco el viaje y entender lo bien que nos había traído la ciudad. Curiosamente, Marrakech se nos quedaría grabada como una de esas ciudades que apetece volver y aun así no volveríamos a Marruecos – ni al África continental -hasta Fez, muchos años después.

El riad en el que dormimos las tres últimas noches pertenece a una tipología arquitectónica con dos mil años a sus espaldas. La casa-patio mediterránea —con habitaciones organizadas alrededor de un espacio central abierto al cielo— viene de la domus romana y antes de los hetaerae griegos; los árabes la heredan, la perfeccionan con la alberca central, los zellige vidriados y la decoración geométrica, y la pasan al Magreb desde el siglo X. El nombre riad viene del árabe riyadh —jardín— y se refiere específicamente al patio plantado que distinguía las casas nobles de las medinas marroquíes.

Lo curioso es que los riads turísticos que hoy son la marca de la ciudad son una invención muy reciente. Hasta los años 90 estos edificios eran simplemente las casas grandes en las que vivían las familias de cierto nivel de la medina, muchas en estado de semiruina. Fue una mezcla de extranjeros bohemios —Yves Saint Laurent, Bertolucci rodando El cielo protector a finales de los 80, una colonia francesa creciente— y ordenanzas locales restrictivas a la construcción nueva en la medina lo que disparó la moda de comprar y restaurar riads como hoteles boutique. En 2007, cuando estuvimos nosotros, la fiebre estaba en su punto álgido. Hoy hay quien sostiene que el modelo ha vaciado de marrakchíes la propia medina, y que la ciudad vieja se ha convertido en un decorado para extranjeros con dinero — una crítica que vale igual para muchas ciudades.

Última mañana en la ciudad: paseo, postales y un bolso de cuero

Empezamos con calma. Nos despedimos de los del riad sin prisa, dejamos las maletas en el hall y salimos a darnos una última vuelta por la medina y la plaza. La idea era andar despacio, escribir las postales que ya teníamos compradas y comer algo antes de ir al aeropuerto.

Yo iba con uno de mis recuerdos divertidos puestos: a esas alturas del viaje me había quedado sin calzoncillos limpios y andaba por Marrakech con unos calzoncillos largos —me los había comprado por necesidad un día atrás— de medio metro de pierna.

Las postales las escribimos quizá en la terraza de Le Marrakchi —no tengo claro cuál fue, ahora ya da igual— uno de los restaurantes con balcón sobre la Plaza Jemaa el-Fna a los que habíamos subido varias veces durante el viaje. Mientras Nagore terminaba la suya yo recordaba que la tarde anterior, Nagore quería un bolso de cuero y habíamos quedado que yo lo compraría con el reagateo, pero que no dijera nada. Llevábamos un rato cuando Nagore, dijo que ok yla negociación terminó casi de golpe. Salimos de la tienda con el bolso (en las fotos  hoydía ya lo lleva ella estrenado), yo un poco enfadado y riéndonos de nuestra propia inutilidad para regatear como manda la tradición.

Después dimos otra vuelta por el zoco, comimos en Les Premices y volvimos al riad a recoger las maletas.

Y ya de camino al Aéroport de Marrakech-Ménara que estaba ese año recién renovado, con su célebre fachada de celosías geométricas. Volamos a Madrid esa misma noche, con la cabeza cargada de zoco y los pies cargados de medina, y con la sensación  de que había sido maravilloso viajar juntos. Este viaje, el de las sorpresas de noviembre de 2007, fue el primero de muchos viajes que nos han llevado por medio mundo.

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