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Castillos, pozos y marinas

Sintra, Cascais y Estoril, 13 ago 2011

El 13 de agosto de 2011 lo dedicamos por entero a Sintra, la Quinta da Regaleira, la costa hasta Cascais y la noche en Estoril. Mañana en la quinta —biblioteca con suelo de espejo incluida—, Poço Iniciático, vista del Castelo dos Mouros desde lo alto, carretera de la Serra de Sintra al Atlántico, descanso en cualquier mirador del camino y paseo por la marina de Cascais con la Copa América de vela en pleno apogeo. Cena en Estoril y vuelta a dormir a la Residencial Jardim de Amadora.

Antes de entrar en Sintra hicimos parada en el Palacio Nacional de Queluz, a unos 10 km al noroeste de Lisboa. Construido entre 1747 y 1786 sobre un antiguo pabellón de caza de los Braganza, es el ejemplo más completo de rococó portugués: el «Versalles portugués» del marketing oficial. Lo encargó el infante Pedro de Braganza —futuro rey consorte como Pedro III— y lo continuó su esposa y sobrina María I, que terminó perdiendo la cabeza literalmente y vivió allí encerrada hasta que la corte huyó a Brasil en 1807 ante la invasión napoleónica. Los jardines, diseñados por el francés Jean-Baptiste Robillon, tienen canales de azulejería, fuentes mitológicas y los famosos leones de mármol que conducen al palacio rosa.

La Quinta da Regaleira es harina de otro costal. La finca pasó por varias manos hasta que en 1892 la compró António Augusto Carvalho Monteiro —»Monteiro dos Milhões«, uno de los hombres más ricos de Portugal, enriquecido con el café brasileño y las piedras preciosas—. Encargó al arquitecto italiano Luigi Manini —escenógrafo de la Scala de Milán— el diseño de toda la finca: el palacio neomanuelino, la capilla de la Santísima Trinidad con frescos templarios y rosacruces, los jardines simbólicos y, sobre todo, el Poço Iniciático: un pozo invertido de 27 metros de profundidad en nueve plantas —que remiten a los nueve círculos del infierno de Dante, los nueve coros angélicos y los nueve niveles del cielo y la tierra— al que se baja por una escalera de caracol hasta una rosa templaria con una cruz de los Caballeros del Cristo grabada en el suelo. La finca es una iniciación masónica/rosacruz materializada en piedra, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1995 dentro del paisaje cultural de Sintra.

Mañana: el palacio de Queluz, parada en ruta

Salimos por la mañana de Amadora rumbo a Sintra y, antes de subir a la sierra, paramos en el Palacio Nacional de Queluz: jardines geométricos con setos recortados, fuentes con grupos escultóricos clásicos, canales decorados con azulejería del XVIII y la fachada rosa del palacio. Una visita corta de antes de mediodía para hacer fotos del recinto y volver al coche.

Llegada a Sintra y subida al pueblo

De Queluz subimos a Sintra propiamente dicha. El núcleo histórico, encajado entre la sierra y los palacios, es uno de esos pueblos que basta con caminar para entender por qué Byron lo llamó «glorious Eden«. Pasamos un rato breve por las calles del centro —el Palacio Nacional con las chimeneas cónicas blancas que es su sello, las pastelerías de travesseiros y queijadas, la plaza de la República— antes de enfilar a Regaleira, que era el plato fuerte del día.

Quinta da Regaleira: palacio, capilla y la biblioteca con suelo de espejo

Pasamos la mañana entera en la Quinta da Regaleira. El palacio neomanuelino es ya en sí una cosa rarísima —pináculos, gárgolas, salamandras esculpidas en la fachada, simbolismo templario por todas partes—, y por dentro recorrimos las salas con detalle. La que nos dejó sin palabras fue una biblioteca con el suelo de espejo. Comentamos allí mismo que algún día nos haría ilusión tener un detalle así en casa, un rincón de biblioteca con esa atmósfera. Aún no ha pasado 🙂

Poço Iniciático y los jardines: bajar por el pozo

Después del palacio salimos a los jardines de la quinta y caminamos por las galerías subterráneas, las grutas y, por supuesto, el Poço Iniciático —el pozo invertido de 27 metros en nueve plantas que es la firma visual de Regaleira—. Se baja por la escalera de caracol entre paredes de piedra húmeda hasta llegar al fondo, donde está la rosa templaria con la cruz grabada en el suelo, y desde ahí se accede a las galerías que cruzan por debajo del jardín y salen al Lago do Poço Imperfeito o al Portal dos Guardiães. Estuvimos un buen rato en el pozo y las grutas —era un sitio muy, muy bonito, lo dijimos varias veces—.  Yo conocía de su existencia poco antes por una foto de Juan Luis. 

En lo alto del recorrido por los jardines, se ve arriba un castillo es el Castelo dos Mouros, la fortaleza árabe del siglo VIII-IX que corona la sierra de Sintra. Desde la Regaleira se ve perfectamente recortado contra el cielo entre los pinos, en lo alto del cerro. No subimos hasta él, pero la silueta se ve clara en varias fotos.

Tarde: carretera por la costa hasta Cascais

Al salir de Regaleira cogimos el coche y enfilamos por la carretera de la Serra de Sintra al Atlántico —la N247 que conecta Sintra con el cabo da Roca y baja después a la costa— hasta Cascais. Recuerdo perfectamente que paramos en algún mirador del camino, aparcamos el coche y estuvimos un rato descansando tumbados, con la sierra a la espalda y el océano a un lado. Uno de esos descansos no programados que se quedan en el archivo personal del viaje.

Cascais es uno de esos pueblos pesqueros que el siglo XIX convirtió en balneario aristocrático. Hasta 1870 era una villa de pescadores como tantas de la costa atlántica portuguesa; ese año el rey Luis I de Portugal eligió la Ciudadela de Cascais como residencia de verano de la corte y, automáticamente, media nobleza europea se construyó una mansión alrededor. El siglo XX lo consolidó como refugio de monarcas exiliados: vivieron aquí Humberto II de Italia, Juan de Borbón —padre de Juan Carlos I, que pasó parte de su infancia en Cascais y es de hecho donde casó con la reina Sofía en 1962—, el conde de París y la viuda de Carol II de Rumanía. La marina de Cascais moderna, con 650 amarres, alberga competiciones de vela de primer nivel: en agosto de 2011 estaban allí las ISAF Sailing World Cup y las regatas previas de la Copa América de vela, lo que explica la mezcla de turismo náutico y veleros de competición que vimos.

Estoril, a tres kilómetros pegados, comparte historia: balneario decimonónico, refugio de espías durante la Segunda Guerra Mundial —Ian Fleming se hospedó en el Hotel Palácio Estoril mientras hacía labor de inteligencia para los británicos y sacó de allí parte del ambiente de Casino Royale— y, sobre todo, el Casino Estoril, inaugurado en 1916, el más grande de Europa durante décadas y, también, la inspiración directa del casino de la primera novela de James Bond. Hoy combina las mesas de juego con sala de espectáculos, restaurantes y la fachada modernista que es ya parte del paisaje del paseo marítimo.

Cascais: marina, Copa América y paseo por las calles

Cuando llegamos a Cascais la sensación, frente al núcleo histórico de Sintra de por la mañana, fue de ciudad más moderna y menos histórica: el centro tiene su parte antigua —la Ciudadela, el Paços do Concelho— pero el conjunto está volcado al turismo náutico, las terrazas, las tiendas. Y ese día había una animación enorme porque estaban las regatas de la Copa América de vela: los veleros de competición fondeados en la marina, banderas por todas partes, gente con pase de prensa, esa mezcla de turismo de paso y deportistas. Estuvimos paseando por las calles, las tiendas, los muelles, viendo el atardecer atlántico desde el paseo marítimo.

Estoril: cena junto al Casino y vuelta a Amadora

Cuando se hizo la tarde-noche y empezó a anochecer nos fuimos a Estoril, a tres kilómetros. Otro de esos lugares de los que mi madre me había hablado. Cenamos cerca del Casino Estoril —el inmenso casino modernista que ese día tenía la fachada iluminada— y, aunque en su momento pensamos asomarnos a las salas, al final no entramos al casino ni hicimos mucho más: la cena y la fachada. Después cogimos el coche y volvimos a Amadora a dormir

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