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San Marino, primer día: vuelo, llegada y primera Torre Guaita

San Marino, 17 ene 2025

El 17 de enero de 2025 arrancamos un fin de semana largo en la República de San Marino, una idea redonda para un viaje corto con Julen, lo habíamos decidido y comprado unos meses antes en Livorno: vuelo a Bolonia, coche de alquiler y tres días en el país independiente más antiguo del mundo, encaramado a la cima del Monte Titano. La logística la habíamos cerrado bien y el día empezó pronto — muy pronto — con un Julen que estrenaba viaje sin capazo, ya hecho a la silla, y un Fiat rojito  esperándonos (más o menos) en el aeropuerto.

La República de San Marino es, con argumentos sólidos, el estado soberano más antiguo del mundo en funcionamiento continuo. Su tradición fundacional la sitúa en el 3 de septiembre del año 301 d.C., cuando el cantero cristiano Marino de Rab) —llegado de la actual Croacia huyendo de las persecuciones de Diocleciano— se refugió en el Monte Titano y fundó una pequeña comunidad monástica que con el tiempo se convertiría en municipio libre. Sus 61 km² y aproximadamente 33.000 habitantes la convierten también en la quinta república más pequeña del mundo, y mantiene la peculiaridad de ser uno de los tres únicos estados completamente enclavados dentro de otro país (los otros son Vaticano y Lesoto).

Su rareza institucional no termina ahí: la jefatura del Estado es bicéfala. Cada seis meses, el Gran y General Consejo elige a dos Capitanes Regentes que gobiernan en pareja, una fórmula heredada del consulado romano que sigue en vigor desde 1243 — es la magistratura electiva más antigua del mundo todavía operativa. San Marino sobrevivió a la unificación italiana del XIX gracias a haber dado refugio a Garibaldi en 1849, mantuvo la neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial —llegó a acoger a más de 100.000 refugiados, casi cuatro veces su población— y todavía hoy no es miembro de la UE, aunque usa el euro por acuerdo monetario con Italia desde 2002. Una microhistoria con dimensión propia, escondida sobre una colina de mil metros.

Madrugar, vuelo y carretera

Nos levantamos muy temprano, pues el vuelo salía a las 9:05 y no podíamos ir en taxi o VTC porque no tienen asiento de nivel 0. Bus a Nuevos Ministerios, paseo nocturno a las 6 de la mañana y ahí ya sí, metro. El vuelo a Bolonia fue tranquilo, sin susto ni turbulencias digna de mención, de nuevo el pequeñajo se portó bien y aterrizamos justo cuando empezaba a clarear sobre la Emilia-Romaña.

En Bolonia, tuvimos que esperar un buen rato en una rotonda, junto a una familia andaluza, porque las indicaciones en rentalcars.com no estaban bien.  Lanzadera, algo de cola y silla isofix. Cuando por fin nos entregaron las llaves, salimos con un Fiat rojito y echamos a andar.

La carretera de Bolonia a la República de San Marino son unos 130 kilómetros por la A14 y la superstrada que sube hacia el Monte Titano. Entramos al país por la puerta de Dogana —la de la frontera norte que el domingo recorreríamos con calma— y empezaron las curvas y cuestas del último tramo. Aparcamos en una de las explanadas exteriores a la muralla y bajamos al hotel.

Hotel Joli y primer paseo por San Marino con frío

El Hotel Joli estaba fuera de la muralla pero muy bien ubicado, justo a la entrada de una de las puertas principales del centro histórico. Eso fue la mayor ventaja: con el coche aparcado por la mañana, ya no hace falta moverlo, todo lo demás se hace andando. Soltamos las maletas, descansamos un rato y salimos a dar el primer paseo. Hacía un frío de los buenos — invierno en una ciudad encima de una montaña, y se notaba.

Enfilamos hacia el casco viejo y nos metimos por la puerta de San Franscico hacia las callejuelas medievales que cuelgan de la roca. La ciudad estaba prácticamente vacía — viarnes al medio día en pleno enero, en pleno frío, sin turistas — y se podía caminar a gusto sin esquivar a nadie. Pasamos por la Plaza del Titano, después la de la Libertad con el Palazzo Pubblico al fondo y por la zona del teleferico.

Subida a la primera Torre Guaita y cena en Cacciatore

Luego enfilamos hacia la Primera Torre —la Guaita—, la más antigua y visible de las tres que coronan el Monte Titano. El paseo es bonito y se hace bien con sillita hasta cierto punto: cuando empezó la senda más rocosa con piedras irregulares, dimos media vuelta.

Bajamos al supermercado a comprar algo —agua, fruta, cosas básicas para el cuarto de hotel— y bajamos ya hacia la zona fuera de la muralla a cenar en un sitio que encontramos justo donde habíamos aparcado: el Restaurante Pizzería Cacciatore. La verdad es que fue regular. La cerveza local de Birra di San Marino sí estuvo bien, pero los macarrones —que es lo que pedí— eran muy normales. Estábamos casi solos. La reseña que nos pidieron no la dejamos. Volvimos al hotel temprano y a dormir, que mañana tocaba el día denso del viaje.

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