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Primer París — croissant con mantequilla, Orsay y la torre encendida

A París habíamos llegado la noche anterior, el 30 de octubre, en un Ryanair al aeropuerto de Beauvais-Tillé — esa terminal pequeñita a hora y pico de la ciudad — y de ahí cogimos el bus oficial hasta Porte Maillot, que nos costó casi más que el vuelo. En metro, camino de casa de Isabel, amiga de Nagore de la época de Londres, que nos prestaba el sofá del salón. Sería entonces o la noche siguiente cuando Nagore perdió el bolso en su espalda. Lo mismo con el transbordo las vueltas que dimos perdidos por la estación de Opéra volviendo al punto de partida. Al final aparecimos en su piso pequeñito y céntrico, cerca de la estación Félix Faure). Recuerda el patio interior de acceso y el portal. En aquel momento me sorprendió. Era mi primera vez en París. Para Nagore no, llevaba poco tiempo desde la última, que había venido en el eurotunnel desde Londres, con Vanesa.

París tiene una de esas biografías largas que uno olvida que existen hasta que se pasea por ellas. Empezó como Lutetia, un asentamiento de los celtas parisii) en lo que hoy es la Île de la Cité, conquistado por Roma en el 52 a. C. y convertido en ciudad galo-romana de tamaño medio. En la Edad Media se mudó al norte del Sena, levantó Notre-Dame sobre el lugar de un templo a Júpiter y un rey Felipe Augusto que la amuralló y empedró las calles principales — gesto pequeño que la convirtió en capital sin discusión.

La cara que vimos nosotros, sin embargo, es casi toda del siglo XIX. Entre 1853 y 1870, Napoleón III y el barón Haussmann reventaron media ciudad medieval para abrir los grandes bulevares, las plazas en estrella, los parques, las estaciones y los inmuebles de seis plantas con balcones de hierro forjado que hoy todo el mundo asocia con «París». La Torre Eiffel llegó después, como puerta de la Exposición Universal de 1889), prevista para durar veinte años y nunca derribada porque resultó útil como antena. Casi todo lo que veríamos ese 31 de octubre — el Louvre con su pirámide, la Concorde con su obelisco, la Gare d’Orsay reconvertida en museo — venía de esos sesenta años en los que París decidió ser la capital cultural de Europa, y básicamente lo consiguió.

La mañana — Le Pimkie, la mantequilla y el campo de Marte

Nos levantamos en el sofá de Isabel y salimos a callejear con una guía de París que nos había dejado ella — esto era 2007, todavía no tirábamos de móvil para todo. Por su barrio, que era una zona comercial bastante normal del distrito XV, nos cruzamos con una tienda de Pimkie  que usamos como referencia para volver a casa Desde aquel día, la cadena se llama «Le Pinkí» y no hay vuelta atrás.

Paramos a desayunar en algún café del camino y pedimos un café con croissant, que en una ciudad tan caprichosamente cara como París ya era de por sí una pequeña ceremonia. La señora del mostrador, sin preguntar, untó la mantequilla directamente sobre el croissant con un cuchillo, lo cerró y me lo plantó delante. A mí, que en aquel momento de mi vida no me gustaba la mantequilla. Me lo comí porque no iba a tirar a la basura un croissant en París, y desde entonces, diecinueve años después, como mantequilla. Toda mi vida adulta gastronómica con grasa láctea le debe algo a esa señora.

Tiramos hacia el río, cruzamos por la zona de los puentes — el Pont d’Iéna, creo — y nos intentaron timar dos o tres veces con la estafa del anillo: el tipo que pasa al lado, deja caer disimuladamente una sortija dorada, se vuelve y dice «se os ha caído esto» para luego sacarte la cartera por la vía del agradecimiento. Nagore lo pilló sin pestañear; yo, que tardo un poco más en estas cosas, la miraba a ella mientras seguíamos andando. Y así, sin más, asomó el Champ de Mars) y al fondo la Torre Eiffel, enorme, recortada contra el cielo de octubre. Mi primera Eiffel. Hay pocas cosas que no decepcionan a la altura del cliché.

Plaza de la Concorde, jardines y el patio del Louvre

Bajamos hacia el centro siguiendo el Sena, con sus bouquinistes — esos cajones verdes de madera anclados a la pared del muelle, un puesto detrás de otro, vendiendo libros viejos, postales y carteles. La UNESCO los reconoció como patrimonio inmaterial en 2019. En octubre, con el sol bajo, son media foto de París sin esfuerzo.

Aparecimos en la Place de la Concorde, que es de las plazas más enormes que ninguno de los dos había pisado (ahora bromeamos con que la rotonda de Sanchinarro es más grande) En el centro, el Obelisco de Luxor, un monolito de granito rosa de 23 metros y 230 toneladas que, fue un regalo de Mehmet Alí, virrey de Egipto, a Luis Felipe I en 1830. Llegó por mar, río arriba y se levantó en su sitio en 1836. A su lado,  estaba puesta una noria gigante — la Grande Roue de la Concorde, una de esas norias temporales que viajan por toda Europa.

Cruzamos los jardines hacia el Louvre, a través del Jardin des Tuileries, que está pegado a la Concorde y desemboca en la pirámide. Nos sentamos en las sillitas verdes de hierro a leer la guía de Isabel un rato; hacía bueno, octubre tibio, gente paseando, todo el cliché.

Y al final apareció el Louvre con su pirámide de cristal — la de I. M. Pei, inaugurada en 1989 y polémica de manual cuando se proyectó: la geometría afilada y moderna en mitad del patio Napoléon escandalizó a media Francia. A mí siempre me han gustado mucho esos choques — moderno-antiguo sin tapujos, sin disimular nada — y la pirámide es de los mejores ejemplos del mundo. No entramos al museo. Sigue pendiente, diecinueve años y cuatro o cinco viajes a París después. Como Roma, un sitio al que volvemos sabiendo que aún nos quedan capas. Hicimos las fotos de rigor en el patio, incluyendo varias saltando en el aire — ese vicio que ya casi nunca hacemos 🙂

Comida en el Sena y el Musée d’Orsay

Cruzamos el Sena hacia la Île de la Cité por uno de esos puentes de piedra que parecen todos iguales hasta que aprendes a distinguirlos — el Pont Neuf, el Pont des Arts — y compramos comida en un supermercado del centro: bocadillo, agua, lo de un picnic improvisado. Bajamos al muelle bajo del río — esos paseos empedrados a un metro del agua — y nos sentamos a comer justo enfrente del Musée d’Orsay, en la otra orilla. El río, en aquel momento, lleno de barcazas turísticas; años después, en 2024, intentaron limpiarlo para nadar en las olimpiadas y no lo consiguieron del todo.

Comimos sin prisa y entramos en el Orsay, que es mi museo favorito de París desde aquel día, antes incluso de saber bien qué tenía dentro. El edificio es la antigua Gare d’Orsay, una estación de tren construida para la Exposición Universal de 1900) que se quedó pequeña enseguida y, tras décadas medio en desuso, se reconvirtió en museo en 1986. La nave central, con su bóveda de hierro y cristal y el reloj enorme en una de las cabeceras, es de las cosas más bonitas que se pueden hacer con un edificio industrial. La cafetería del museo, en una de las antiguas salas de banquetes, conserva las molduras doradas y los frescos del techo originales — paramos a tomar algo, todavía sin la tradición que años más tarde haríamos costumbre de comer dentro de los museos a los que vamos.

Y entonces Nagore me regaló su clase de impresionismo. Yo no tenía ni idea — formación científica, cero historia del arte —, y ella, que estudió HUCO, me fue contando cuadro a cuadro lo que pasó entre 1860 y 1900, cuando un puñado de pintores decidieron salirse del academicismo para pintar la luz, la mancha y la primera impresión. Van Gogh — el autorretrato, la habitación en Arlés —, Monet  Degas, Renoir, Manet. Salí del Orsay con la sensación de haber entendido por primera vez por qué hay gente que se gana la vida explicando arte y super enamorau.

Notre-Dame, Vendôme y la torre encendida

Salimos del museo justo cuando empezaba a atardecer — 31 de octubre, días cortos — y caminamos hacia Notre-Dame. Llegamos a la plaza con las últimas luces, no entramos (no recordamos por qué; quizá horario, quizá pereza), y nos quedamos un rato en el atrio mirando la fachada y la gente. Doce años más tarde, en abril de 2019, esa cubierta y esa aguja arderían mientras nosotros estábamos en Friburgo de Brisgovia, en la Selva Negra, intentando seguir las noticias por internet desde un Airbnb. Aquella tarde de 2007, todavía con su techo entero, no se nos ocurrió hacerle más fotos de las normales.

Pasamos por la Place de l’Hôtel-de-Ville — la mairie, el ayuntamiento de París, neorrenacentista, con sus 136 estatuas en la fachada — y enfilamos hacia casa de Isabel a descansar y cambiarnos. Era Halloween, y al llegar nos encontramos a Isabel y su grupo de amigas disfrazadas,  para salir de fiesta. Nosotros no llegamos a tanto: salimos a callejear y a cenar algo por ahí, y no recordamos exactamente dónde. Lo que sí dejaron las fotos es la Place Vendôme, con su columna en el centro, que mandó levantar Napoleón en 1810 fundiendo el bronce de los 1.200 cañones capturados a los austriacos en Austerlitz, en homenaje a la Grande Armée. La plaza es mucho más pequeña que la de la Concorde, mucho más íntima, con joyerías y hoteles de lujo en cada portal, NH tenía un hotel ahí cuando empecé a trabajar con ellos 3 años después.

Y cerramos el día sentados en un puente con la torre Eiffel encendida al fondo, picando lo que llevábamos para cenar. Esa foto nocturna de la Eiffel iluminada — con su iluminación dorada base y los focos de Pierre Bideau — la teníamos enmarcada años en una estantería de casa. Hacer fotos buenas de noche con cámara de 2007 no era trivial, y aquella, con la dosis justa de pulso, de luz y de surte, salió muy bien. A mí esa imagen me trae siempre la canción City of Blinding Lights de U2, aunque la letra hable de Nueva York.

Llegamos hasta la propia torre, para verla de noche iluminada y volvimos a casa de Isabel andando, agotados. Mi primera París, su segunda, nuestra primera juntos: esa noche, en el sofá del salón, ya empezamos a tener mitología propia.

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