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Primer aterrizaje en Gran Bretaña: Liverpool, John Lennon Airport y Anfield

Liverpool, 6 sept 2008

El 6 de septiembre de 2008 aterrizamos en el Liverpool John Lennon Airport a las ocho y media de la mañana. Era la primera vez que la unidad Pedro y Nagore —por la parte de Pedro— pisábamos Gran Bretaña. La excusa fue una oferta agresiva de Ryanair: 15 euros por persona y trayecto, 60 euros los dos ida y vuelta. A las cinco de la mañana en Madrid eso parece una mala idea, ya en Liverpool, con la luz baja del norte y el aire frío de septiembre inglés, parecía un pequeño milagro.

Liverpool es una ciudad joven para los estándares británicos: la fundó en 1207 el rey Juan sin Tierra, casi al mismo tiempo que firmaba la Carta Magna, como puerto de paso hacia Irlanda. Durante seis siglos no fue gran cosa — una pesquería, un puerto secundario detrás de Bristol y Chester. Lo que la convierte en lo que hoy se reconoce empieza con el comercio triangular del siglo XVIII: de los nueve millones de africanos esclavizados que cruzaron el Atlántico, uno y medio pasó por Liverpool. La ciudad que se ve hoy —los edificios victorianos, los muelles monumentales, los tres Graces del Pier Head— se levantó con ese dinero. Después llegó el algodón, la inmigración irlandesa de la hambruna del XIX, los astilleros, y el músculo industrial que hizo del Mersey el segundo puerto del Imperio Británico.

En el siglo XX la ciudad se reinventó dos veces: primero con los Beatles en los sesenta —cuatro chicos del puerto que en seis años cambiaron la música pop—, y después, tras décadas de declive industrial, con su elección como Capital Europea de la Cultura 2008. Justo el año que estuvimos nosotros, de hecho.

Hostel al lado de Anfield

El alojamiento que habíamos reservado era un bed & breakfast pequeño llamado Einstein House, en una calle residencial al norte del centro y a un par de manzanas del estadio del Liverpool: Anfield literalmente al final de la calle. La habitación era para 6 personas con dos literales y una doble con cama de matrimonio que ocupamos, papel de pared verde y una ventana al jardín trasero. Llegamos demasiado pronto para que tuvieran la habitación lista, así que dejamos las maletas en la entrada, salimos al jardín a respirar el aire suave del norte mientras les daba tiempo a hacer la cama.

La zona alrededor de Anfield es de terraced houses del XIX —casas adosadas de ladrillo rojo, todas iguales, con sus pequeñas verjas de hierro pintadas de negro y la chimenea estrecha en el tejado— muchas de ellas las veríamos tapiadas en esos días.

Primer contacto con el centro: Lime Street

A media mañana, ya con la habitación, salimos hacia el centro andando — son unos cuarenta minutos de bajada hacia el río por la Walton Lane y luego la Scotland Road.

Llegamos a Lime Street Station, la estación principal de la ciudad — una marquesina enorme de hierro y cristal de mediados del XIX, sostenida por una estructura que parece un esqueleto de ballena puesto del revés. Es una de esas estaciones que merecen visitar aunque no tengas tren que coger. Estuvimos un buen rato tomando café en un Costa, sentados junto a la venta. Tengo muy buen recuerdo de ese rato. Llegamos después a St George’s Hall, el monumento neoclásico que la ciudad usa como salón de bodas y tribunal de magistrados, donde vimos un desfile de una araña, gente tocando la batería en carrozas – todo actividad por la capitalidad cultural –  y desde ahí enfilamos por Bold Street hacia los muelles.

El río Mersey

Los muelles del puerto son lo que la ciudad ha sabido conservar mejor. El Albert Dock —una serie de almacenes de mediados del XIX rodeando una dársena interior— se restauró en los ochenta y hoy concentra la Tate Liverpool, el Museo Marítimo y el Museo de los Beatles. Nosotros no entramos a ningún museo este primer día, pero dimos una vuelta larga por la dársena, mirando los reflejos de los almacenes en el agua y leyendo placas. Una placa especial: la que recuerda que la White Star Line —la naviera dueña del Titanic— tenía aquí su sede. El barco lo construyeron en los astilleros Harland & Wolff de Belfast, pero el puerto de matrícula del Titanic era Liverpool, y por eso el nombre de la ciudad va escrito en la popa del barco que se hundió. Los liverpulianos lo recuerdan con una mezcla de orgullo y pena, imagino.

Llegamos al Pier Head justo cuando se encendían las luces del Liver Building y los otros dos Graces —el Cunard Building y el Port of Liverpool Building, los tres edificios de fachada blanca alineados frente al río que son la postal de la ciudad. Las dos Liver Birds de cobre verde sobre el tejado del Liver miran cada una a un lado: una al mar, esperando a los marineros que vuelven; la otra a la ciudad, vigilando que estén abiertos los pubs. La leyenda local dice que si las dos miraran a la vez al mismo sitio, Liverpool se hundiría.

Compramos algo de cena de vuelta al hostel a cenar algo y a dormir temprano. Al día siguiente nos esperaba un día completo de ciudad, las dos catedrales y, según los carteles que veíamos por todas partes, algún tipo de desfile cultural dentro de las celebraciones de la Capital de la Cultura.

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