El día completo en Núremberg lo planteé sin agenda, que es como prefiero descubrir una ciudad nueva: salir del alojamiento e ir caminando hasta el centro y dejar que la ciudad vaya escogiendo qué le enseña a uno primero.
El Reichsparteitagsgelände —el recinto de los congresos del NSDAP— es un complejo de once kilómetros cuadrados al sureste del centro de Núremberg, levantado a partir de 1933 con proyectos sucesivos de Albert Speer y otros arquitectos del régimen. Comprende el Zeppelinfeld (la tribuna donde Hitler daba sus discursos, copiada del altar de Pérgamo), la inacabada Kongresshalle (un anfiteatro romano monumental que iba a contener cincuenta mil personas), el Märzfeld (campo de maniobras que nunca se completó) y la Große Straße, una avenida procesional de dos kilómetros. La ambición arquitectónica era la de competir con la Roma imperial; la ambición política era la de convertir Núremberg en la capital simbólica del Reich.
Después de 1945 las potencias aliadas decidieron no demoler el recinto —contra lo que se hizo, por ejemplo, con la Cancillería del Reich en Berlín— sino dejarlo deteriorarse y reusarlo como espacio público. La ciudad ha mantenido ese pulso ambiguo durante ochenta años: el Centro de Documentación abierto en 2001 dentro de la Kongresshalle ofrece una exposición permanente sobre el régimen, pero la tribuna del Zeppelinfeld y la inmensa explanada que la rodea siguen abiertas como parque público, con el césped sin segar en muchos tramos, las gradas de piedra colonizadas por hierbas, basura ocasional, grafitis y, en muchas zonas, carteles que advierten «Betreten auf eigene Gefahr» — «se entra bajo tu propia responsabilidad». Ese estado intermedio entre monumento y ruina es deliberado: no se restaura para no convertirlo en lugar de peregrinación neonazi, no se demuele para no borrar la memoria. La discusión sobre qué hacer con el sitio sigue abierta cada vez que el Ayuntamiento aprueba un presupuesto.
Mañana medieval: catedral, mercado y castillo
Salí de la pensión hacia las diez y media, anduve por la Leopoldstraße hacia el norte. En una terraza de abierta a media mañana de sábado, paré para un café. Tras cruzar el río Pegnitz, me planté en la Lorenzer Altstadt — la mitad sur del casco antiguo, organizada en torno a la Iglesia de San Lorenzo (Lorenzkirche).
Crucé el Pegnitz por una de las pasarelas medievales —Núremberg tiene varias, entre ellas el famoso Henkersteg o «puente del verdugo», del XV— y subí a la Hauptmarkt, la plaza mayor. Era día de mercado y la plaza estaba llena de puestos de fruta, pan negro, salchichas, frutos secos y plantas. En el centro la Schöner Brunnen, la Fuente Bonita gótica de cuarenta figuras de finales del XIV, con sus chapiteles dorados destacando contra los puestos. Al fondo, la Frauenkirche con su reloj-autómata medieval, el Männleinlaufen, que cada día a las doce escenifica el homenaje de los siete electores al emperador Carlos IV.
De ahí subí en cuesta hacia el Kaiserburg, el castillo imperial que corona la colina norte de la ciudad. La fortificación es del XII —Núremberg fue una de las residencias preferidas de los emperadores del Sacro Imperio entre Conrado III y Federico III— y tiene la peculiaridad de mezclar tres etapas constructivas: la torre Sinwellturm románica del XII, el palacio gótico del XIV y los añadidos renacentistas del XVI. Estuve dando un paseo largo por el patio del castillo, las almenas exteriores y el jardín de tilos. Las vistas de la ciudad vieja desde aquí —tejados rojos en cascada, torres de iglesia asomando, el río partiendo el conjunto en dos— son la mejor postal de Núremberg.
Tienda de música, librería y comida
Bajando del castillo por la Albrecht-Dürer-Straße —donde está la casa-museo en la que vivió y trabajó el pintor entre 1509 y 1528— acabé en una tienda de discos.S Salí con diez vinilos de segunda mano. El que más me alegró: un directo de Julio Iglesias en l’Olympia de París, una sala con la que ya estaba familiarizado por la actuación de Madonna con Kalakan.
Pasé después por una zona con muchos escaparates de tiendas deportivas —Núremberg tiene tradición de cuero y zapato, en parte heredada del fenómeno Adidas, fundada por los hermanos Dassler en la cercana Herzogenaurach, a quince kilómetros de aquí— y entré en una librería del centro porque en nuestros viajes con Nagore tenemos la costumbre, desde el viaje de vuelta al mundo en 2016, de comprar El principito en el idioma local de cada país. Salí con la edición alemana de Der Kleine Prinz … y en klingon! —la tenemos en casa entre otras muchas.
Llegué hasta la fachada del Germanisches Nationalmuseum —el museo nacional germánico, uno de los más importantes de Europa central, con tres cuartos de millón de objetos— perodecidí no entrar y dejarlo para otra visita. Fui a comer a B. Good, y desde el que mandé un par de fotos por WhatsApp a Nagore del antes y el después. Café después en una de las terrazas de la Lorenzer Platz, mirando turistas pasar.
Tarde en el Reichsparteitagsgelände
Tras comer, enfilé hacia la Kongresshalle. Recuero ir hablando con mi padre un buen rato, al teléfono. El lugar es u edificio cilíndrico inacabado que iba a ser auditorio del partido nazi. Lo primero que me llamó la atención fue la escala: la Kongresshalle, vista desde fuera, tiene la forma del Coliseo de Roma pero más grande — Speer y los suyos diseñaban siempre con una megalomanía muy literal. Dentro hoy está el Centro de Documentación
De ahí al Zeppelinfeld — el campo de maniobras y la tribuna donde Hitler dirigía sus discursos en los Reichsparteitage de 1933-38. La tribuna de piedra arenisca se conserva entera salvo por la gran esvástica del frontón, que las tropas estadounidenses dinamitaron en 1945 (existe la foto, hecha por la *Signal Corps*, en el museo). Subí los escalones laterales —no hay barrera, no hay vigilante, no hay entrada de pago— hasta el podio donde estaba el atril, y miré desde arriba la explanada por la que cien mil hombres desfilaban en formación.
Es un sitio particular. Está a la intemperie y a medio cuidar, creo que deliberadamente. Hierbas crecen entre las losas de la tribuna, hay basura suelta en algunas esquinas. Hay carteles avisan de que se entra bajo la propia responsabilidad porque parte de la piedra está suelta y la ciudad no se compromete a sostenerla. Es un equilibrio deliberado entre memoria y abandono controlado. Pasé mucho rato pensando en eso —en cómo se gestionan los lugares incómodos, en cómo el tiempo va degradando la carga simbólica de los espacios. Ningún sitio te lo plantea con tanta crudeza.
Caminé después hasta la Große Straße, la avenida procesional de dos kilómetros que conectaba el Zeppelinfeld con el Märzfeld. Hoy es un aparcamiento de coches en su mayor parte, partido por una avenida moderna; los pavimentos originales —granito gigante, cortado en piezas de un metro por un metro— se conservan en algunos tramos.
Noche por los canales con música en directo
Volví al centro al anochecer. Salí otra vez sin plan y bajé hacia los canales del Pegnitz — la zona que rodea el Heilig-Geist-Spital, el antiguo hospital del Espíritu Santo del XIV, levantado literalmente sobre el río con sus arcos de piedra abriéndose al agua. Esa zona es la postal nocturna por excelencia de la ciudad.
Había un pianista en una de las plazas del barrio, gente sentada en escalinatas, una luz dorada de farola sobre el agua. Cené una hamburguesa en un sitio que parecía no de cadena pero que tampoco supe identificar como local y volví dando un rodeo por el Rathausplatz con su antiguo ayuntamiento iluminado.
A medianoche me metí en la pensión, contento de haber tenido un día denso y silencioso a la vez. Mañana, con elecciones en Baviera y mi avión por la tarde, tocaba free tour y, después, los juicios.


