Hoy será un día muy guay: de Camporosso hasta Cannes, paseo por la Croisette y Le Suquet, moules-frites frente al puerto viejo, y vuelta por Mónaco: con gran éxito en el casino. Un solo día atravesando tres estados (Italia → Francia → Mónaco) y dos rivieras.
Nos hemos alojado en un apartamento en Camporosso — pequeño pueblo del valle del Nervia justo por encima de Ventimiglia — con terraza sobre el jardín y el mar de la Riviera dei Fiori al fondo. Desayuno lento con vistas, café espresso. Ma-ra-vi–la. Camino de cabras y a la autostrada.
Rumbo a Cannes
Cruzamos Ventimiglia y Bordighera por la costa — los grandes cascos históricos de la Liguria di Ponente asomando por la ventanilla — y enfilamos la A10 hacia la frontera.
Dejaremos de nuevo Niza a un lado y rumbo a la ciudad del festival. Recuerdo la entrada. Con dos carriles y varias rotondas. Recuerdo dejar el desvío a St. Troppez, (ciudade que siempre me recuerda a mi madre y que aún (2026), no hemos visitado.
Aparcamos en Cannes a las dos y media. Paseo para adelante, paseo para atrás. Comida obligada frente al Vieux Port, moules marinière frites en una brasserie. Inauguramos así otra tradición en Francia. Además de beber Orangina y robar vasos, siempre comemos mejillos cuando vamos.
LaGrande Roue girando al fondo, los yates gigantes amarrados uno tras otro —. Después subimos a Le Suquet, el casco histórico sobre el promontorio, con la Notre-Dame d’Espérance y el museo de la Castre. Desde el atrio, panorámica del puerto y de la baie de Cannes.
Cannes era un pueblo de pescadores hasta que en 1834 Lord Brougham, canciller británico bloqueado por una epidemia de cólera camino de Niza, se enamoró del sitio y se hizo construir aquí la primera villa de veraneo. En pocos años, la aristocracia europea siguió su ejemplo, y Cannes se convirtió en el balneario invernal chic del siglo XIX. En 1946, la ciudad inauguró el Festival International du Film — creado en 1939 pero abortado por la guerra — para «oponer un festival libre al de Venecia», entonces en manos fascistas. El Palais des Festivals et des Congrès actual es de 1982 (el «bunker», entre Croisette y Vieux Port), con su alfombra roja, sus 24 escalones y su explanada de las Empreintes des Stars — las manos y los pies de las estrellas fundidas en bronce —. Le Suquet es el promontorio original, el pueblo medieval, con la Tour de Suquet y la iglesia de estilo gótico provenzal. La Croisette, en cambio, es la avenida marítima de 2 kilómetros con las villas Belle Époque (Carlton, Martinez, Majestic, JW Marriott), las paellas de arena artificial y los parasols de rayas.
Allée de la Liberté, Croisette y Palais des Festivals
Después de comer, paseo por la Allée de la Liberté Charles-de-Gaulle — con su kiosque à musique, la petanca de los jubilados a la sombra de los plataneros y la escultura France de Laurence Jenkell (2010) —, la Place Général de Gaulle con la Fontaine des Enfants, y bajada a la Boulevard de la Croisette. Recorremos el paseo hasta el Palais des Festivals, la explanada con las manos de las estrellas y el Théâtre Claude Debussy. En la playa: «Le Village des Pirates» con banderas negras y familias en las tumbonas. Vuelta atravesando el Marché Forville — el mercado cubierto de Cannes, con su cocina provenzal, sus quesos y sus flores —.
Mónaco: Gare, La Condamine y Place du Casino
Coche otra vez a la corniche y a Mónaco. Será mi tercera vez en el país, la primera de Natore. Aparcamos, al igual que con mis padres, en el parking – con ascensores lujos y mármol – junto a la Gare de Monaco — todo el ferrocarril del Principado va bajo tierra, la estación es una caja de cristal enterrada en la roca — y salimos por La Condamine, la parte baja alrededor del Port Hercule. Subimos a Monte-Carlo por el famoso trazado del Grand Prix de Fórmula 1: Sainte-Dévote, la subida de Beau Rivage, la horquilla del Loews Fairmont, el túnel y la Nouvelle Chicane.
Yacht Club de Monaco (Norman Foster) al atardecer
Antes de subir al Casino, alto en la terraza del Yacht Club de Monaco — el edificio de Norman Foster que abrió en 2014, líneas de crucero blanco sobre el Port Hercule — con vistas al puerto entero. Copa, luz naranja, yates «Airport shuttle» del jet set.
Mónaco es el segundo Estado más pequeño del mundo (2,02 km²), gobernado por la Casa de Grimaldi desde 1297 — cuando François Grimaldi «el Astuto», disfrazado de fraile franciscano, tomó la fortaleza génovesa que coronaba la roca —. La independencia de Francia se selló en 1861 con Napoleón III. Su reinvención económica fue idea del príncipe Charles III, que en 1856 concedió a la Société des Bains de Mer (SBM) el monopolio de los juegos de azar; el Casino de Monte-Carlo — obra de Charles Garnier, el mismo del Ópera de París, inaugurado en 1863 — sostuvo desde entonces las finanzas del Principado, con la salvedad de que los propios monegascos tienen prohibida la entrada. Hoy Mónaco tiene 39.000 habitantes, la mayor densidad de milmillonarios del mundo, no cobra IRPF, celebra desde 1929 el Grand Prix de Monaco de Fórmula 1 y desde 1911 el Rally de Monte-Carlo. La Place du Casino con el Hôtel de Paris, el Café de Paris y el Salle Garnier es la escena postal por antonomasia.
Casino de Monte-Carlo: interior y Salle Europe
Con las torres de Ferrari y Aston Martin en la puerta, entramos primero al lateral del casino. Estuvimos jugando a una tragaperras sin entender del todo cómo funcionaba. ¡Ganamos unos 300€! Comenzó así una racha que se mantiene. Estamos muy en positivo en casinos visitados durante nuestros viajes. Después entramos, propiamente, al Casino de Monte-Carlo. Primero hay una parte de tragaperras y después entramos en una parte pequeña, creo que jugamos a la ruleta. Ahí sí, perdimos algo. Pero nos sentíamos, claro com James Bond. Echar un vistazo desde dentro merece la pena. Las dos veces anteriores era menor de edad. (Que es lo que dijeron a mis padres, cuando aquella vez pidieron entrar a verlo)
Salida a la Place du Casino ya a las once, Port Hercule iluminado desde las escaleras del Yacht Club, y vuelta larga en coche a Camporosso. Un día formidable.


