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Lucca por sorpresa — Ognissanti entre capas y espadas

Aquel 1 de noviembre salimos de casa sin saber bien dónde nos metíamos. Tocaba aprovechar el Ognissanti italiano — festivo grande, puente — y la escapada que se nos ocurrió para estrenar el mes fue Lucca, que llevábamos un par de días planificando y de la que nos habíamos enterado que celebraba su gigantesco festival del comic. Tren regional desde Livorno. Nagore mirando el reloj más por costumbre que por urgencia, y toda la familia de viaje otra vez. No teníamos plan. Y con no tener plan empezó la sorpresa.

Lucca es una de esas ciudades toscanas que llevan siglos haciéndose las pequeñas y lo hacen muy bien. Fue república independiente durante más de quinientos años — resistió a Pisa, a Florencia y a media Toscana — y conserva intacta la muralla que levantó entre los siglos XVI y XVII: cuatro kilómetros de baluartes arbolados que se construyeron contra Florencia, nunca se llegaron a usar en un asedio y hoy son más paseo que defensa. La ciudadela interior sigue siendo romano-medieval en planta, con iglesias románicas — San Michele, San Martino, San Frediano — que no pasan de moda, y una plaza circular (Piazza dell’Anfiteatro) levantada literalmente sobre la huella del anfiteatro romano.

Lo que solo intuíamos al subirnos al tren es que el primer fin de semana de noviembre Lucca deja de ser una ciudad pequeña para convertirse, durante cinco días, en Lucca Comics & Games — el mayor festival europeo de cómic, manga, videojuego y rol. Nace en 1966 como un encuentro modesto de aficionados y ha ido creciendo hasta engullir el casco histórico entero: las plazas, las iglesias, los claustros y la propia muralla se llenan de estands, de cosplayers y de colas. Que en 2024 coincidiera con el festivo de Ognissanti solo ayudó a que no cupiera un alfiler.

Mañana pronto — tren a Pisa, tren a Lucca

En el regional a Pisa Centrale ya se notaba. Mucha gente, mochilas grandes, carritos que no eran de niño, alguna espada de goma asomando por una funda, una peluca azul detrás del revisor. Nosotros con Julen en el regazo. Nagore aguantando el bostezo de las ocho de la mañana y yo con ese café mal resuelto del andén. El cambio en Pisa fue rápido — regional a Lucca, veinte minutos — y a Lucca llegamos con el andén ya a rebosar, todos en la misma dirección.

El regalo del señor con cafetera

Salimos de la estación y lo primero que vimos fue al señor. Había montado una cafetera en la puerta de lo que parecía su consulta de fisioterapia — cerrada por el festivo — y estaba sirviendo café a quien pasaba. Offerta libera, pagas con la voluntad, porque claro, no siendo una cafetería no podía cobrar. Nos tomamos un café, le dimos unos euros, y — detalle crucial — nos dejó usar el baño para cambiar a Julen. Si alguien merece una estatua en esta crónica es él. Salimos de la consulta calientes, con el bebé seco y con la sensación de que el día empezaba bien por decisión de alguien que ni nos conocía.

Avanzamos hacia el centro y tardamos dos manzanas en entenderlo: no era un festivo cualquiera, era Lucca Comics. Si llegamos a darnos cuenta del festivo, habríamos venido ayer. Pero lo que tiene este festival — y es lo que lo hace especial — es que no ocurre en la ciudad, ocurre con la ciudad. El ayuntamiento, el pueblo entero, se implica. No hay un recinto ferial al margen; hay una muralla medieval convertida en entrada al festival, iglesias románicas reconvertidas en salas de exposición y un casco histórico enteramente invadido por gente disfrazada. Nosotros no pagamos entrada para nada en concreto y la verdad, no hacía falta. La calle ya era el espectáculo.

Nintendo, dragones y un claustro de Baldur’s Gate

Nos dejamos llevar por las calles. Pasamos por el stand grande de Nintendo, que tenían dos locales separados en el mapa — la tienda pop-up por un lado y una zona de exposición por otro — y por hacer check-in en la app nos regalaron una bolsa. Dentro compraríamos una manta edición limitada exclusiva de Tokio para Julen. Un año antes de que pisáramos Japón. La cola no fue demasiado larga — cuestión de paciencia  — La otra bolsa, la del otro pop-up, nos la perdimos porque no fuimos al lado de enfrente; la compramos al volver en Wallapop por curiosidad.

Justo a la salida, casi enfrente, una pequeña capilla lateral estaba llena de obras originales de Dragones y Mazmorras — ilustraciones de manual, bocetos, ediciones antiguas —, y aunque ninguno de los dos ha jugado nunca al juego de rol (Nagore veía la serie de pequeña y poco más), pasear entre aquello con el ruido del festival de fondo tenía su punto de calma raro: una capilla del XVII con un póster del Beholder iluminado por una vela.

Más adelante, por la tarde, nos colaríamos — sin querer, juramos — en lo que resultó ser una conferencia de los desarrolladores de Baldur’s Gate 3, dada en el claustro de una iglesia. Habíamos entrado por detrás de una zona de Star Wars y acabamos dentro, sin saber muy bien por dónde. Nos sentamos diez minutos y nos fuimos con la sensación de haber casi asistido a algo muy interesante.

Piadinas en la muralla

A la hora de comer subimos a la muralla. Hay una explanada con césped, con vistas a los tejados de Lucca por un lado y al anillo arbolado por el otro, y allí nos tiramos con unas piadinas compradas en la cafetería de al lado. Había un grupo tocando en directo abajo — algo llamado La Corporazione, por el cartel de al lado — , inspirado en Resident Evil y Julen, tumbado sobre una manta, decidió que era el momento perfecto para estar muy despierto y mirarlo todo: el cielo blanco, las hojas amarillas cayendo, una familia disfrazada de One Piece pasando en fila, un perro viejo en un banco al sol.

Ognissanti en la Toscana, con una pared de quinientos años detrás y un bebé mirando nubes delante: ahí paramos el reloj un rato. Nagore se recostó, yo aguanté el biberón, y la corporación musical de abajo subía y bajaba de volumen con la brisa. Fue un mediodía de esos que no planeas y acaban siendo lo mejor del día.

Tarde entre stands — Batman, Star Wars y una plaza redonda

Bajamos de la muralla y seguimos dando vueltas. Pasamos por una zona grande de Samsung, por un gaming lounge de Call of Duty en el que ni entramos — no era el día de coger un mando con Julen colgando —, y en otro pabellón nos topamos con Massimo Carnevale, un ilustrador italiano que había hecho portadas de Batman y estaba firmando cómics. Paramos a mirar sin comprar; las firmas nos pillaron de paso y no llevábamos ningún tomo suyo, así que nos conformamos con la escena.

Nos pasamos un rato delante de un stand de Bandai donde Nagore se puso en cola para algo y luego yo, pero decidimos irnos. Encontramos también a una niña perfectamente disfrazada de SPY×FAMILY, justo cuando comentábamos que no habíamos visto nada de Spy Family en todo el día. Así funciona Lucca: piensas una cosa y la ciudad te la trae a la calle. De Pokémon Go había una zona que no llegamos a pisar — las colas asustaban —, pero sí nos metimos en la plaza del anfiteatro, Piazza dell’Anfiteatro, bastante redonda, bastante bonita, con los edificios curvándose hacia dentro como si el romano lo hubiera dejado ayer. Estaba reconvertida, claro, en selfie point gigante.

Vuelta al tren vinilado

Se fue haciendo tarde y empezamos a notar a Julen cansado y a nosotros también. Empezamos a movernos hacia la salida y fue ahí donde la organización de Lucca se gana todo el respeto: no había un sitio único de entrada/salida, sino flujos separados, con puertas en la muralla distintas para cada dirección, y el ritmo al que avanzábamos — lento pero constante, sin agobio, con gente guiándote cada pocos metros — era de festival con oficio. Para semejante marea humana, estaba todo mucho mejor resuelto de lo que suele verse.

Regional de vuelta a Pisa Centrale, cambio de andén y ahí estaba el premio del día — un tren entero vinilado por Nintendo para Lucca Comics, con Ganondorf ocupando los vagones como si fueran vallas publicitarias. Nos hicimos las fotos de tontos que había que hacerse, cogimos el siguiente regional hasta Livorno y en casa cenamos una pizzetta bajo la luz del ambilight. Julen dormido otra vez antes de tiempo,  el único indicio, en casa, de que nos habíamos pasado el día dentro de un festival sin haberlo planeado del todo.

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