Lunes. Y a mí me tocaba trabajar. Lo bueno del intercambio era exactamente esto: una «oficina» con vistas al jardín en una casa victoriana de Tottenham. Toda la parte principal del día, currando. Nagore y Julen en casa tranquilos, un rato en el parque bien abrigados y alguna visita ocasional a mi mesa.
Trabajar con vistas al jardín, comer en casa, ver Gilmore Girls
Me coloqué con el ordenador en la habitación con ventana al jardín de atrás. Mañana de calls y mails. Julen apareció un par de veces a inspeccionar el setup, Nagore con un café.
A mediodía, comida en casa: pasta que nos quedó súper rica. Vimos un rato Gilmore Girls en la tel. Tarde de currar y de cuidar a Julen, cada uno una tarea. Cuando cerré el portátil ya pasadas las cinco, las seis en Madrid, comenzamos el día 🙂
Northumberland Park y Jubilee Line hasta London Bridge
Cogimos el tren desde Northumberland Park — la estación pequeñita de Overground al este de Tottenham, con su marquesina amarilla y la pasarela elevada —. Llegada al centro, cambio a la Jubilee Line, y bajada en London Bridge. La idea para esta noche era cruzar el Tower Bridge a pie ya iluminado, ver la Tower of London de noche por fuera, y volver.
Un zorro en More London
Salida de la estación cruzando por debajo, hacia More London Riverside y el City Hall ovalado. Caminamos por la zona del ayuntamiento — parte de las oficinas estaba en obras, una pasarela cortada cerca del río —. Y entonces vi un movimiento entre dos plantas en un parterre lateral. Me quedé quieto. Un zorro. Le miré perfectamente unos segundos — pelaje rojizo, cola gruesa, ese aire callejero de quien sabe perfectamente dónde está y que da por hecho que ese trozo de Londres también es suyo —. Cruzó la zona del césped por detrás y se metió detrás de unas vallas. Le perdí, pero le vi. Justo poco antes habíamos visto un documental sobre los zorros urbanos de Londres e. Y ahí estaba, con sus 11 kilos vivos delante.
El Tower Bridge es probablemente el puente más fotografiado del mundo después del de Brooklyn. Lo levantó Sir Horace Jones entre 1886 y 1894 con el ingeniero John Wolfe Barry — 432 obreros, 70.000 toneladas de hormigón, 11.000 toneladas de acero forrado de piedra de Portland y granito de Cornualles para que armonizara con la silueta vecina de la Torre de Londres —. Las dos torres góticas (no medievales: victorianas, de mentira) ocultan la maquinaria hidráulica original que aún hoy hace bascular las hojas del puente — apertura completa en menos de un minuto —. La pasarela superior, a 42 metros de altura, hoy es museo con suelo de cristal. El puente sigue siendo operativo: se abre unas 800 veces al año para barcos grandes con un preaviso de 24 horas. Su color azul y blanco se lo dieron en 1977 para el Jubileo de Plata de Isabel II — antes era marrón chocolate —.
La Tower of London, junto al puente, es mucho más antigua. La Torre Blanca central la mandó construir Guillermo el Conquistador en 1078, doce años después de la batalla de Hastings, para someter Londres. Mil años después sigue ahí. Fortaleza, palacio real, prisión política — Ana Bolena decapitada en 1536, Lady Jane Grey en 1554, Sir Walter Raleigh prisionero trece años —, cámara del tesoro (las Crown Jewels) y zoológico real hasta 1828 (los osos polares de Enrique III nadaban en el Támesis con una cuerda atada). Hoy la guardan los Yeoman Warders — los Beefeaters — y seis cuervos cuya pérdida, según la leyenda, traería el fin del reino y la caída de la monarquía. Los cuervos están actualizados a 2024 a siete, por si acaso.
Tower Bridge de noche con Spice World en la cabeza
Caminamos por el paseo hasta el pie del Tower Bridge. No había estado por la noche con el puente iluminado, esta era la primera vez. Y fue precioso. Como siempre que cruzo el Tower Bridge, en algún momento se me cuela Spice World de las Spice Girls en la cabeza — la escena del autobús cruzando el puente con el techo abierto y las Spice cantando —.
Desde el puente, vista al norte: la silueta de los rascacielos de la City contra el cielo morado. Vi dos edificios que no estaban en la vez anterior (2009): uno cuyo nombre no recuerdo bien, y el otro, claro, el Walkie-Talkie (20 Fenchurch), el famoso de Rafael Viñoly que tuvieron que arreglar tras la apertura porque la curvatura cóncava de su fachada de cristal concentraba los rayos solares como una lupa y derretía coches aparcados en la calle. Bautizado por la prensa local como «Walkie-Scorchie». Lo arreglaron con un parasol vertical de aluminio. Pero el edificio se quedó con el chiste pegado.
Buscamos cómo subir al puente porque el carrito complicaba las escaleras. Encontramos un ascensor que subía desde el margen del río directamente a la altura del paso peatonal. Subida discreta y cruzamos el puente tranquilamente, parando a hacer fotos.
Y Julen, que venía dormido en el carrito desde casi Tottenham, se despertó justo en el medio del puente. Se levantó, miró arriba, vio el arco azul gótico y sonrió un rato.
Tower of London de noche y Tesco de barrio
Cruzamos al lado norte y, sin entrar – estaba cerrado, claro – , paseamos por el exterior de la Tower of London. La Torre Blanca central iluminada en amarillo cálido, las almenas perimetrales, las garitas. Mil años de fortaleza, palacio, prisión, tesorería y zoo, y ahí siguen los siete cuervos y los Beefeaters.
Después fuimos a un Tesco del barrio a comprar algo de cena.Compramos Strepsils más baratas que en España. Comparar productos en supermercados del extranjero es de las cosas que siempre nos divierten: cervezas madriñelas que no se conocen en Madrid pero sí en Londres, marcas británicas con nombre nuevo, las cositas raras del lineal de fármacos sin receta…
The Monument otra vez, St Paul’s de noche y vuelta en bus
Subimos hacia el oeste por la City. Volvimos a pasar por The Monument un momento de paso y enfilamos por Cannon Street y King William Street hasta llegar a la St Paul’s Cathedral.
Y aquí, la sorpresa de la noche: St Paul’s me impresionó muchísimo más que en 2009. Igual era la luz nocturna, igual era el contraste con todo lo nuevo que la rodea ahora — el Cheesegrater, el Walkie-Talkie, el Shard al sur —. Pero esa cúpula barroca de Christopher Wren de 1675-1710 vista de noche desde la calle era una mole impresionante.
De ahí cogimos el autobús de vuelta — más cómodo que el metro con el carrito y Julen ya cansado —. Tottenham Hale, andando a la calle, cena rápida con lo que habíamos comprado en el Tesco. Y a dormir.


