Era 2008. Época de hostels compartidos y vuelos baratos. Y ese finde tocaba Lisboa
El Castillo de São Jorge) corona desde el siglo VIII —cuando los musulmanes andalusíes lo usaban como alcáçova— la colina más alta de la Lisboa medieval, y se convirtió en residencia real tras la conquista cristiana de Alfonso Henriques en 1147. Sufrió graves daños en el terremoto de 1755 —ese sismo de magnitud 8.5-9.0 que destruyó dos tercios de la ciudad y mató a más de cincuenta mil personas— y se rehabilitó en el siglo XX como mirador y parque arqueológico. Lo que se ve hoy es una mezcla de muralla original con reconstrucciones del XX, pero las vistas desde sus murallas hacia el Tajo son las que han dado a Lisboa la postal canónica que aparece en cualquier guía.
Después del terremoto, el ministro Marqués de Pombal reconstruyó la Baixa —la ciudad baja— sobre una cuadrícula amplia, racionalista y antisísmica que rompió con el trazado medieval previo. Esa cuadrícula, conocida como la Baixa Pombalina contrasta con las cuestas medievales que hay que subir para llegar al castillo. Lisboa es esa dualidad permanente: lo bajo y plano (Baixa, Chiado) frente a lo alto y empinado (Alfama, Castelo, Bairro Alto). Los famosos eléctricos amarillos y los funiculares —Glória, Bica, Lavra— existen precisamente para resolver esa diferencia de cota.
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24 de octubre: llegada de noche al hostel
Aterrizamos en el Aeropuerto de Lisboa ya con el día caído y cogimos un transfer hasta el centro. El hostel se encontraba a pocos metros de la Plaza del Marqués de Pombal yera uno de los muchos sitios baratos que abrieron en Lisboa en aquellos años. El alojamiento era una habitación compartida con varias literas, todos los del grupo en la misma sala. Después de soltar el equipake y tomar una tarjeta de visita del hostel salimos a tomar algo. No recuerdo mucho más de aquel, salvo el llegar andando al hostel por avendidas anchas.
25 de octubre: castillo, ciudad vieja y la cartera del señor Peralta
El sábado lo arrancamos paseando por la parte nueva —la Baixa, con sus avenidas anchas y aceras de pedregullo— y subiendo después por las cuestas hacia el Castillo de São Jorge). La subida es de las que ponen a prueba las piernas si no te ayudas con el funicular o el tranvía, que no fue el caso. Una vez arriba, en el recinto del castillo, las vistas y el resto del paseo lo hicimos sin prestar demasiada atención a los carteles.
En el castillo, por cierto, una pareja de españoles —recuerdo de Sevilla, me pararon porque me reconocieron de haber estado hacia nada en Pasapalabra.
Antes del castillo —o quizá después, no termino de poner el orden— habíamos pasado por la Plaza de la Catedral, la Sé de Lisboa. En frente de la puerta de la catedral, en un quiosco de prensa, atendía un señor que se llamaba Peralta. Pero esto lo sabría después.
Sería al ir a sacar la cartera para pagar la comida, cuando me di cuenta que no tenía la cartera. Cancelé las tarjetas y parte del grupo nos fuimos a una comisaría cercana a a poner una denuncia. Los policias nos indicaron que teníamos que ir a una comisaría turística y nos estaban llevando en el coche patrulla cuando recibí una llamada desde el hostel diciendo que mi cartera estaba en el quiosco del señor Peralta. Supongo que alguien la encontró por el suelo y/o el propio carterista si es que fue así ala cogió y la llevó hasta el quiosco frente a la catedral, y el señor Peralta marcó el teléfono que aparecía en la tarjeta del hostel que se encontró dentro. Cancelamos el trayecto, recogimos la cartera, y comprobamos que se habían llevado cinco euros sueltos del bolsillo pero ningún documento. Volvimos al hostel riéndonos del asunto a recargar antes de la noche.
Atardecer y noche en las Docas
Cenamos en el propio hostel, un McDonald’s y sangría y bajamos hacia las Docas, la zona de bares de fiesta junto al Tajo, justo bajo el Puente 25 de Abril. En 2008 las Docas eran el sitio donde la gente joven salía de noche en Lisboa: zona reformada de antiguos almacenes portuarios, locales con terraza al agua, vista del puente colgante iluminado, ambiente joven español-portugués mezclado.
Estuvimos allí hasta tarde, sin más plan que la zona en sí. Las Docas tenían un encanto particular por el sitio y el grupo. Volvimos al hostel ya bastante de madrugada y a dormir lo poco que quedaba.


