El tercer día completo en Marrakech lo planteamos con ambición turística: tocaba ir a por uno de los monumentos más fotografiados de la ciudad, los jardines de la Menara, al suroeste de la medina. La idea sobre el plano – literalemten – era buena —caminata larga por la avenida principal, visita relajada al estanque con su pabellón saadí al fondo, vuelta tranquila por el zoco— pero la realidad fue desigual. La Menara nos defraudó. Lo demás, mucho mejor.
Los jardines de la Menara son del siglo XII, obra de los almohades — los mismos que levantaron la Koutoubia y la Giralda. Doce hectáreas de olivar centenario rodeando un estanque rectangular de cien metros por sesenta —el sahrij— que servía como reserva de agua para regar los huertos reales. La tradición cuenta que aquí merendaban los sultanes saadíes en el siglo XVI; el pabellón verde que se ve al fondo en todas las postales lo añadió un siglo después un sultán alauí, en el XIX, y es lo que terminó de fijar el sitio en el imaginario fotográfico de la ciudad.
El sistema de jardines y estanques de Marrakech entero se sostiene sobre las khettaras — galerías subterráneas de varios kilómetros que captan agua del Atlas y la conducen por gravedad hasta la llanura del Haouz. La técnica vino del Irán sasánida vía Al-Ándalus, llegó a Marruecos con los almorávides y permitió que en pleno borde del Sahara hubiera huertos de olivos, naranjos y almendros sin necesidad de pozo ni acequia descubierta. Hoy el sistema sigue funcionando en parte, aunque mucho menos que hace cien años: el agua del Haouz se ha rebajado y los olivares de la Menara, que parecen eternos, dependen cada vez más del bombeo eléctrico.
Mañana: del riad al estanque por la avenida larga
Empezamos el día desayunando con calma en nuestro riad. Cada mañana en el viaje el desayuno se servía en un sitio distinto del riad —patio, terraza, salón con kelim— y eso nos parecía un detalle más de su cuidado. Salimos andando con la idea de ir a la Menara por la Avenue Mohammed V, el eje recto que une la medina con la zona moderna y se prolonga después hacia el suroeste hasta el barrio del aeropuerto y los jardines.
Tardamos bastante más de una hora a pie. La avenida es ancha, plantada de palmeras y rodeada de hoteles grandes —de los de cinco estrellas con piscina interior y conserje en chilaba almidonada— y sobre la mitad del camino, con el sol ya pegando, decidimos entrar en uno de ellos a sentarnos. Pedimos un agua y nos quedamos diez minutos en el jardín. Reponer fuerzas en hotel ajeno cuando aprieta el calor es una de las pequeñas rutinas que aprendí ese viaje y que sigo aplicando años después en otras ciudades.
Llegamos al recinto de la Menara y la primera impresión fue que la postal aguantaba peor de cerca. El estanque era grande, sí, y estaba el pabellón saadí al fondo con el Atlas a sus espaldas, pero el agua tenía un color rojizo de hierro disuelto, prácticamente no había nadie y todo daba una sensación de monumentos olvidados que no se llevaba bien con las expectativas que traíamos. Dimos una vuelta al estanque, hicimos las fotos obligadas y nos volvimos. No llegamos a entrar al pabellón —no se entra de manera estándar, hace falta gestionarlo—, pero tampoco lo intentamos. Apuntado como visto, no como recordable.
Tarde y noche: zoco, helado en la plaza y cena romántica en el riad
Volvimos a la medina por una de sus 19 puertas históricas —probablemente Bab Agnaou – no las que habíamos cruzado por la mañana— y aquí Nagore empezó a notar el agotamiento del primer-día-completo, ese cansancio retrasado que no llega con el sueño sino al tercer día de andar y ver. Bajamos el ritmo, paramos varias veces, y nos metimos en el zoco despacio. Esta fue la primera vez que yo vi a Nagore con agotamiento así y no sabía bien qué pasaba.
De la travesía por las callejuelas del zoco se nos quedaron grabadas dos cosas. Una, las carnicerías:cuartos de cordero apoyados sin más sobre el mostrador, las moscas alrededor formando parte del paisaje y los carniceros despachando con su cuchillo grande y la balanza romana. La otra, las tiendas de comestibles —sus pequeñas alacenas con paquetes de té verde o champús pequeños que me recuerdo mirando un buen rato. Soy de los que en cada viaje se queda parado en los supermercados, mirando qué compra la gente. Marrakech no defraudó por ese lado.
Una heladería salvó la tarde y de ahí enfilamos hacia el riad) para descansar antes de la noche. Esa noche teníamos algo especial: cena romántica con menú degustación de cocina marroquí en una mesa montada solo para nosotros en la azotea, con velas y un farol marroquí encima.
Cenamos despacio, fue una vela preciosa. Nos sentíamos como Aladdin y Jasmine en Agraba. Una cosa adicional que recordamos es que el camarero nos dijo que el rey Juan Carlos había visitado Marruecos ese mismo día, siendo que había visitado Ceuta.


