El segundo día en Liverpool lo dedicamos a las cosas que esperábamos: un saludo más serio a Anfield —que del primer día solo habíamos visto desde fuera, de pasada—, el Chinatown más antiguo de Europa y, las dos catedrales que comparten kilómetro y eje en una misma calle.Pocas ciudades del mundo tienen dos catedrales tan dispares juntas. Liverpool sí. Ah, y The Cavern, claro.
Las dos catedrales de Liverpool están una frente a la otra en los extremos opuestos de Hope Street — una avenida cuyo nombre, «calle de la esperanza», se ha leído como guiño ecuménico aunque en realidad data del XVIII y viene del comerciante William Hope. La Catedral Anglicana de Liverpool es la mayor catedral del Reino Unido y la quinta del mundo: piedra rosa de Woolton, ciento cuarenta metros de torre central, una nave que parece que no se acaba. La proyectó en 1903 Giles Gilbert Scott — el mismo arquitecto que diseñaría la cabina telefónica roja británica unos años después— cuando solo tenía veintidós años, y se acabó setenta años más tarde, en 1978, con cinco generaciones de obreros pasando por su andamio.
Enfrente, al otro extremo de Hope Street, la Catedral Metropolitana de Cristo Rey es exactamente lo contrario en todo: católica, moderna, circular, de hormigón armado y vidrios de colores. La levantó Frederick Gibberd entre 1962 y 1967 sobre los cimientos de un proyecto previo abandonado de Edwin Lutyens — Lutyens había diseñado en los años treinta una catedral monumental que habría sido la segunda mayor del mundo, pero la Segunda Guerra Mundial frenó las obras y la diócesis decidió empezar desde cero con un proyecto más barato. Los liverpulianos llaman afectuosamente a esta segunda «Paddy’s Wigwam» («el tipi de los irlandeses»), por su forma cónica y por la fuerte presencia católica de la inmigración irlandesa en la ciudad. Es uno de los hitos de la arquitectura religiosa moderna en Europa.
Paseando por Anfield y bajada al centro
Empezamos el día con calma — no habíamos puesto despertador, así que desayunamos en el hostel sin prisa y salimos cerca de las diez. La idea era pasar primero por las afueras del estadio del Liverpool: el día anterior solo lo habíamos visto al cruzarlo para entrar al barrio, y nos pareció que un buen rato de Anfield se merecía a la luz del sábado. Fernando Torres jugaba en el Liverpool en aquel momento —era uno de los primeros futbolistas españoles que probaba suerte en la Premier— y eso le daba al estadio un punto de cercanía que no esperábamos.
El barrio que rodea Anfield es de terraced houses victorianas muchas de ellas tapiadas: a finales de los 2000 el club estaba en un proceso de adquisición y demolición controlada de manzanas enteras para ampliar el estadio, y aquello dejaba calles enteras con las casas selladas con planchas metálicas y la pintura desprendiéndose. Una imagen rara — barrio dormido a la espera de que viniera la excavadora. Caminamos hasta la fachada principal y leímos los nombres de la Hillsborough Memorial: 96 nombres grabados en piedra, de los aficionados que murieron en la tragedia del estadio de Sheffield en 1989.
Bajamos al centro andando por la Walton Breck Road y la Everton Valley — un descenso largo de unos cincuenta minutos que ofrece, según se llega al puerto, vistas escalonadas del río Mersey entre los huecos de las casas. Llegamos a Lime Street Station, donde habíamos estado el día anterior, y salimos esta vez en otra dirección: hacia el sur, por la Renshaw Street hacia Bold Street, buscando el barrio chino.
Chinatown y las dos catedrales
El Chinatown de Liverpool está en la zona de Nelson Street, marcado por el Paifang chino —el arco de bienvenida de doce metros que regaló la ciudad de Shanghái en 2000—, y tiene la peculiaridad de ser el más antiguo de Europa, con presencia china documentada desde 1834. Era el primer Chinatown que pisábamos en nuestra vida —Madrid entonces no tenía nada parecido y todavía no habíamos viajado a Londres ni a San Francisco, ni a La Habana ni a Nueva York, ni…— y la sensación de cruzar un umbral cultural en mitad de una ciudad inglesa nos pareció más impresionante que las propias decoraciones del barrio. Atravesamos la calle bajo el paifang, nos hicimos una foto como la selección de España de basket en el mundial y subimos por Hope Street.
La primera que visitamos fue la Catedral Anglicana. Lo de «primera» no fue elección estética sino orden: viniendo del puerto, te la encuentras antes. Entrar a la catedral anglicana es entrar a una nave de una escala que cuesta procesar — la ves entera desde dentro y aún así no la ves entera. La luz cae de los vitrales del transepto sobre la sillería del coro y todo es de un solo color, ese rosa pálido de la piedra de Woolton que la diferencia de las catedrales grises del sur de Inglaterra. Lo que más me llamó la atención fue lo que la catedral hace con el espacio que le sobra: tiene un restaurante dentro de una nave lateral, una librería especializada, una sala de exposiciones — y, ese día, una muestra fotográfica con retratos de jugadores del Liverpool FC, entre ellos Fernando Torres, colgados en el muro frente al altar. Verle la cara a Torres en una iglesia anglicana es de esas combinaciones que solo ofrece esta ciudad.
Andamos, después los quinientos metros que las separan. La aproximación incluye un monumento a la migración irlandesa —las «Suitcases«—, pequeñas maletas de bronce dispersas por la explanada en homenaje a los que llegaron al puerto de Liverpool huyendo de la hambruna. Nos hicimos foto al lado, y esa foto fue mi avatar de Facebook durante un buen tiempo. La Catedral Metropolitana impacta antes de entrar: parece una nave espacial posada sobre un podio, con la corona de cristal multicolor en lugar de cúpula, y un campanario exento delante del cono que se ve desde toda la ciudad. Por dentro la catedral es brutal en sentido literal —brutalismo sin reparos— pero la luz que entra por la corona de vitrales rojos, azules y amarillos cae sobre el altar central y convierte el espacio en algo más cálido de lo que la fachada anuncia. Te lo crees como iglesia, no solo como ejercicio arquitectónico. Estuvimos un rato sentados, sin más, dejando pasar el rato. Tiempo después, visitaríamos Royan y nos fascinaría otra catedral brutalista
The Cavern y la Echo Arena al atardecer
Desde allí nos dirigimos a The Cavern, el mítico pub donde debutaron los Beatles. A esa hora de la mañana no había casi actividad, nos hicimos unas fotos y nos fuimos. Había un letrero diciendo que el original estaba al otro lado de la calle, pero parece que no es correcto.
De vuelta al centro pasamos junto a la Radio City Tower, la torre de telecomunicaciones del centro con un mirador giratorio en lo alto. Las vistas de Liverpool desde sus 138 metros incluyen las dos catedrales, el Pier Head, el río Mersey y los muelles industriales del norte. Pero no subimos 🙂 Creemos que fue este día el que comimos unos sandwciches en un banco en la calle comercial y después enfilamos hacia Liverpool One, el centro comercial nuevo que la ciudad había inaugurado precisamente ese año como pieza estrella de la regeneración urbana de la Capital de la Cultura — calles peatonales con tiendas escalonadas y un parque sobre el techo de los aparcamientos. La parte buena del proyecto: te conecta el centro histórico con el río sin barreras. La parte regular: convierte tres manzanas en marca comercial.
Acabamos el día en el Albert Dock , ya con luz baja, y rodeamos la nueva Echo Arena — el pabellón cubierto que la ciudad había abierto unos meses antes, también dentro del calendario de la Capital de la Cultura. Allí hicimos unas fotos a las tazas que habíamos sustraido de una famosa cadena americana de cafés. Tocaba ya ir poco a poco volviendo al hostel a dormir.


