El 12 de mayo de 2009, segundo día en Buenos Aires, lo dedicamos a la otra cara emblemática de la ciudad: el barrio de La Boca, el Caminito y la peregrinación obligada al estadio de la Bombonera. Día turístico clásico de los porteños, terminado con un casino, una librería —de las más fotografiadas del mundo— y una sesión improvisada de cine en el centro.
El barrio de La Boca se levantó a finales del XIX en torno al puerto del Riachuelo con la inmigración italiana —sobre todo genovesa— que llegaba en oleadas. Las casas de chapa pintada de colores que hicieron famoso al Caminito tienen un origen práctico, no estético: los inmigrantes pintaban las paredes con la pintura sobrante de los barcos del puerto, lo que daba esos colores fuertes y aleatorios. Fue el pintor Benito Quinquela Martín quien en los años 50 convirtió la calle en museo a cielo abierto, dándole el aspecto folclórico que conserva hoy. La inmigración dejó también la palabra conventillo —el conjunto de viviendas modestas en torno a un patio común, surgidas de subdividir antiguas casonas señoriales para alojar familias inmigrantes—, una de las formas residenciales más típicas del Buenos Aires de finales del XIX.
La Bombonera —oficialmente Estadio Alberto J. Armando— es el estadio del Club Atlético Boca Juniors, fundado en 1905 por inmigrantes italianos del barrio. Tiene capacidad para unos 49.000 espectadores y un nombre cariñoso que viene de su forma asimétrica: como una «bombonera», una caja de bombones con tres tribunas pegadas y una sola tribuna baja en el lado opuesto, lo que crea una caja acústica brutal cuando hay público. La rivalidad con River Plate —el Superclásico— se considera una de las cinco rivalidades futbolísticas más intensas del mundo, según The Observer.
Rumbo a la Boca y los conventillos
Salimos del hostel temprano con el plan claro del día: bajar a La Boca, ver el Caminito y visitar el estadio de la Bombonera. El camino lo hicimos a pie por barrios del centro y la zona sur, pasando por algunas calles elegantes que iban explicando, ya solo con sus fachadas, la historia residencial porteña. Recuerdo haber leído en la guía sobre los conventillos —las casas señoriales de finales del XIX que las familias originales acabaron subdividiendo en pequeñas viviendas para alquilar a las familias inmigrantes recién llegadas, con cocina, baño y patio comunes—. Pasamos por delante de alguno y nos asomamos.
Una cosa que recuerdo bien de Buenos Aires en aquel momento —y que cuesta explicar a alguien que no la haya olido— es el olor a gasolina con plomo en las calles. En España la gasolina sin plomo había entrado mucho antes; allí en 2009 todavía se notaba, ese aroma denso y dulce de los coches viejos que también recuerdo haber olido en La Habana. Es un olor que para mí se asocia ya, sin remedio, a viajes y a sitios.
Mediodía: visita guiada a la Bombonera
Por la Avenida Brasil llegamos al estadio de la Bombonera. Hicimos la visita guiada por dentro, que es de las cosas que ya no se hacen así en muchos clubes europeos y aquí estaba bien organizada: vestuarios, palcos, túnel de salida al campo. Lo que más se me quedó es la diferencia de los accesos: por una entrada de tamaño normal salen los jugadores locales y por una puerta más pequeña, casi escondida, los visitantes — el detalle psicológico hostil de un estadio que se enorgullece de presionar a quien viene a jugar fuera de casa.
Mediodía-tarde: Caminito, La Boca cerrada y comida con tango
De la Bombonera fuimos andando hasta el Caminito, el tramo de calle de unos cien metros que es la postal de La Boca entera y, en realidad, toda la zona turística accesible del barrio. La Boca tiene fama de ser un barrio peligroso, sobre todo fuera del eje Caminito-Bombonera, y eso se nota en la calle: aparecen guías informales que se ofrecen a llevarte por «la zona segura», lo cual es una manera elegante de decir que fuera de las dos o tres calles dibujadas, conviene no entrar. Un guía nos quería vender sus servicios; decidimos hacer lo mismo que él haría —las dos o tres calles seguras— sin pagarle, y no nos metimos más por allí. Fotos de las paredes de chapa pintada, los maniquíes asomados a balcones de tango y los puestos de pintura naïf.
Comimos en una terraza de Caminito donde había una pareja bailando tango entre las mesas. Cosa muy para turistas, claro, pero un rato muy agradable: la sensación de que la teatralización forma parte del propio barrio y nadie pretende lo contrario. Después de comer fuimos hacia el metro para volver al centro.
Tarde: casino de Puerto Madero y librería El Ateneo
De vuelta al centro, hicimos parada en el casino de Puerto Madero —el Casino Buenos Aires, un complejo flotante sobre el río en uno de los diques—. Sergio jugó algo, no mucho; nosotros entramos un poco a mirar y salimos en seguida. No era un plan central del día, más bien una curiosidad turística.
Después fuimos a la librería El Ateneo Grand Splendid, en la Avenida Santa Fe — un antiguo teatro y cine de 1919 reconvertido en librería en 2000, conservando los palcos, el escenario —ahora cafetería— y los frescos del techo del pintor italiano Nazareno Orlandi. Es una de las librerías más fotografiadas del mundo y aparece en cualquier ranking del estilo: National Geographic la llamó en 2019 «la librería más bonita del mundo». Estuvimos un buen rato dentro.
Por la zona, antes o después de la librería, entramos al cine y vimos la película mexicana Batalla en el cielo. Supongo que cenaríamos algo y ya vuelta al hostel y a dormir, que al día siguiente tocaba nuevo vuelo para ir a ver a Mario.


