El 5 de enero de 2015 aterrizamos en Estambul por primera vez. La primera ciudad realmente «a caballo entre dos continentes» que íbamos a pisar. La ilusión iba alta y el calendario, raro: pleno enero, frío, baja temporada, pocos turistas. Justo lo que estábamos buscando.
Aterrizaje y anécdota del taxímetro
El vuelo aterrizó a las 15:30 en el viejo Aeropuerto de Atatürk —que cerraría definitivamente al tráfico comercial pocos años después, en 2019, cuando se trasladó todo al nuevo Aeropuerto de Estambul al norte. En 2015 todavía era la puerta de entrada principal y tenía ese aire de aeropuerto de los noventa pero a escala bestia. Cogimos un taxi amarillo hacia el centro y, durante el trayecto, me pasó el susto del taxímetro.
Yo iba mirando los números subir más rápido de lo que esperaba —cuarenta liras, cincuenta, ochenta, ciento veinte— y empecé a sentir esa sospecha de «me están timando». Lo que no había procesado todavía era que el taxímetro turco avanzaba en fracciones decimales muy pequeñas —kuruş, los céntimos— y lo que parecía un salto enorme de cifra eran simplemente los decimales del contador rotando muy deprisa.
El taxi nos llevó por la costa sur del lado europeo, bordeando el Mar de Mármara y atravesando uno de los tramos mejor conservados de las Murallas de Teodosio — mil seiscientos años de bloque de piedra ciclópea que en su día detuvieron sucesivamente a hunos, ávaros, persas, bávaros, árabes y vikingos. No detuvieron a los otomanos en 1453, pero tampoco se hundieron del todo: ahí siguen, a un lado de la autopista, con las pruebas verticales de la artillería de Mehmed II todavía visibles en algunas brechas. Hacía frío —dos o tres grados con viento de norte— pero no había nieve, todavía. Los días siguientes nos enteraríamos de cómo es nevar en Estambul.
Estambul es la única ciudad del mundo que se reparte físicamente entre dos continentes, y es también una de las pocas que ha sido capital de tres imperios distintos —el Romano de Oriente, el Bizantino y el Otomano— sin haber dejado de serlo prácticamente nunca durante mil seiscientos años. La fundaron los griegos como Bizancio en el siglo VII a.C.; pasó a llamarse Constantinopla cuando Constantino la convirtió en la nueva Roma del Oriente en 330 d.C.; y se transformó en Istanbul —deformación turca de la frase griega «eis ten polin«, «a la ciudad»— cuando Mehmed II la conquistó en 1453 y la incorporó al Imperio Otomano. Cada uno de esos tres regímenes dejó capa encima de la anterior sin demoler la previa, y por eso hoy se camina por la ciudad cruzando murallas teodosianas del siglo V, basílicas bizantinas del VI, mezquitas otomanas del XVI y bulevares haussmannianos del XIX en la misma manzana.
En 1923, cuando Atatürk trasladó la capital de la nueva república turca de Estambul a Ankara, esta ciudad perdió por primera vez en quince siglos su condición de capital — pero no su peso. Hoy, con quince millones largos de habitantes, sigue siendo el centro económico, cultural y demográfico de Turquía y la única megaciudad de Europa que se mira de frente con Asia todos los días, separada por el Bósforo. El estrecho lo cruzan tres puentes y un túnel subterráneo, los İstanbul Metrosu de ambos lados se conectan, y media ciudad va a trabajar todos los días saltando de Asia a Europa o viceversa. Esa simultaneidad continental, que en el papel suena teórica, en la calle es lo más concreto del mundo: oyes el muecín y el campaneo de la ortodoxia griega en el mismo barrio.
Apartamento en Beyoğlu y paseo por la İstiklal
Nuestro alojamiento era un apartamento Airbnb en el barrio de Beyoğlu, (antiguo barrio de Pera – literalmente «el otro lado» en griego, a su vez en el lado europeo, una zona elevada que coincide con el casco «moderno» del XIX-XX y que está conectada con la ciudad histórica de Sultanahmet por el Puente de Gálata sobre el Cuerno de Oro. De momento, con agua y luz, pero no tendríamos tanta suerte en días posteriores.
Dejamos las maletas y salimos a hacernos a la idea del barrio. La calle peatonal principal de la zona es la İstiklal Caddesi —»avenida de la Independencia», lo que hasta el inicio de la república se llamaba «Gran Avenida de Pera»— y está pensada como la espina vertebral comercial y social del Estambul europeo del XIX en adelante. Un kilómetro y medio largo de tiendas, cafés, librerías, patisseries, hoteles centenarios y un tranvía de época rojo que la recorre lentamente entre los peatones haciendo sonar la campana cada metro. La cantidad de gente paseando un lunes de enero a las siete de la tarde era impresionante — Estambul se mueve.
Estuvimos dando un paseo, en el que aprovechamos para hablar con los Reyes Magos y llegamos así al Çiçek Pasajı (Pasaje de las Flores), un famoso e histórico pasaje, originalmente conocido como Cité de Pera. Construido en 1876 en el lugar que ocupaba el antiguo Teatro Naum, destruido por un incendio. Su arquitectura es de estilo neoclásico y destaca por su impresionante cúpula de cristal y sus fachadas ornamentadas. En la actualidad, el pasaje es un lugar muy popular para cenar y disfrutar de la vida nocturna de Estambul, ya que alberga numerosos restaurantes y tabernas tradicionales (meyhanes).
Fue en uno de estos donde nos tomamos nuestra primera cerveza turca. La marca que se ve en todas las terrazas de Estambul es la Efes Pilsen), y a mí me hizo gracia particular, porque el equipo turco que jugaba la Euroliga de basket cuando yo la seguía de peque y que salía en el PCBasket, se llamaba así. Era el Anadolu Efes de Estambul. La cervecera es el patrocinador del club desde antes de que yo naciese y el logo es prácticamente el mismo. Reconocer la marca de baloncesto en la lata de cerveza me dio una sensación de esas que me encantán. Y así se me pasó el enfado por no haberle dicho que no al camarero que nos ofreció sentarnos cuadno estábamos de paseo por la calle 🙂
Subimos a cenar a la Torre de Gálata
Enfilamos después hacia la Torre de Gálata (Galata Kulesi), uno de los símbolos visuales más reconocibles de la ciudad. La torre la construyeron los genoveses en 1348 —Génova mantenía aquí, en lo que entonces era una colonia comercial autónoma fuera de las murallas bizantinas, una próspera factoría de comercio levantino— y se levantó como remate de la muralla del distrito mercantil. Tiene casi setenta metros de alto y, como está sobre la colina de Gálata, se ve desde casi cualquier punto de la ciudad europea.
No recuerdo que tuviéramos que pagar entrada. Subimos primero arriba del todo. Las vistas a esa hora son un regalo: el Cuerno de Oro iluminado abajo, los minaretes de Sultanahmet —la Mezquita Azul y Santa Sofía entre ellos— recortados contra el cielo morado, los puentes encendidos, el Bósforo abriendo a la derecha hacia el Mar Negro. Sacamos fotos con un objetivo ojo de pez que llevábamos puesto en el móvil —recuerdo perfectamente el primer plano deformado de los dos contra la barandilla, el cielo combado por encima— y nos quedamos un buen rato mirando, callados, el frío metiéndose por la ropa, conscientes de que aquella primera noche en Estambul ya estábamos viendo desde el centro mismo de la postal todo lo que íbamos a recorrer los días siguientes.
Después tocaba cenar. Estábamos casi solos y fue una cena realmente guay. El sitio, la comida, la compañía… Volvimos andando al apartamento por las callejuelas oscuras de Gálata, ya casi sin gente. Estambul recibida con su mejor versión de invierno: silencio, luz amarilla de las farolas, vaho del aliento, y la promesa de que mañana llegaban los Reyes Magos.


