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Gotteborg: nuestro primera viaje juntos

Este fue el primer viaje que Nagore y yo hicimos juntos fuera de España. Venía de una serie de regalos cruzados que ya forman parte del mito doméstico: yo le había regalado primero un vuelo low-cost a París Beauvais, metido en una carta postal a la antigua usanza; luego, cuadrando vacaciones — yo justo dejaba casi Gandía y me mudaba a vivir a Madrid (previo paso por Calahorra para terminar los trabajos del master) y ella tenía días libres —, decidimos regalarnos cada uno un destino sorpresa. El mío para ella acabó siendo Gotemburgo. El suyo para mí, más tarde, Marrakech.

Aterrizaje y autobús al centro

Era mi segundo viaje a Suecia, el primero de Nagore. Aterrizamos en Göteborg-Landvetter y cogimos el autobús hacia el centro. Se me quedó grabado, de esa manera rara en la que se fijan las cosas tontas, el cartel de una gasolinera Hydro camino del centro. Siempre me ha llamado la atención cuando aterrizas en un país nuevo y empiezas a leer marcas que no has visto en tu vida — tipografías, colores, nombres que suenan a otra cosa —; es la primera señal de que has salido del mapa de casa. Hoy cuesta acordarse de lo que significaba eso en 2007, sin móviles con datos ni Google Maps a mano.

¿De verdad, Pedro?

En ese mismo autobús tuvimos el primer enfado oficial de nuestra vida, que este blog merece documentar porque aquel viaje puso las bases de todo. Yo había reservado el hotel Ricahoy Scandic 25 – buscando por internet y reservándolo. Eso en 2007 no era una cosa común. — pero no había apuntado la dirección, con la sensación de que estaba cerca de la estación de tren. Nagore, con toda la razón:

«Hombre, tío, apúntate las cosas con un poco más de formalidad».

Tenía razón. La tuvo entonces y la ha seguido teniendo en los — ya van a ser — casi veinte años de viajes que vinieron después. Yo, al menos, me defendí con que el hotel, efectivamente, estaba al lado de la estación, así que cuando bajamos del autobús lo encontramos a la primera.

Un hotelito pequeño, de recepción pequeña, de pasillo pequeño. La habitación tenía una cama doble del tipo nido y poco más. Salimos a cenar a la estación central de GotemburgoGöteborgs Centralstation (Centralen) con sus paneles de madera oscura en las paredes y el suelo de baldosas cuadriculadas rojas y beige. Nagore cenó un perrito sueco  — posiblemente con räksallad (ensaladilla de gambas)  y en seguida de vuelta a casa que eran más de las 23:30. Caímos pronto, con ese cansancio bueno del primer día de viaje, y el verdadero Gotemburgo se quedó para la mañana siguiente.

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