Hoy será un día curioso. Provenza y Liguria. Decepciones y sorpresas. Amanecemos en el alojamiento de L´Escale y bajamos a la meseta de Valensole — los campos de lavanda en flor —, comemos con vistas al plateau, y ya por la tarde cogemos la Route Napoléon con paradas en Castellane y Entrevaux (casualidad y gran sorpresa), para acabar la jornada bajo la luna llena en Monterroso, ya en Italia.
Plateau de Valensole: llegamos tarde
El Plateau de Valensole es la postal olfativa del sur de Francia: 800 km² de meseta calcárea sembrada de lavanda y lavandín, en flor entre finales de junio y mediados de julio. Estiramos hasta finales de julio, supongo que por el precio de los aviones y llegamos… tarde. La mayor parte de los campos ya segados en cordones morados sobre la tierra rojiza. Ajustando un poco el encuadre, parecía que algo se veía.. 😉 Pero nada como lo que teníamos en mente. (Que sí veríamos años después en Brihuega) Vimos algunas parcelas con la lavanda alta y viva, con las abejas trabajándola. Y también un pigeonnier (palomar tradicional provenzal) preside uno de los caminos.
Tengo recuerdo bonito de aquella mañana. Creo que sería de las primeras veces que conducía en Francia y recuerdo el placer de hacerlo, de recorrer los campos y cruzarnos con algún coche francés antiguo.
La Valensole, cabecera de la comarca, es célebre por dos motivos: por su miel de lavanda y su aceite esencial (aquí está una de las plantas históricas de L’Occitane en Provence), y por el «caso Valensole» — el encuentro cercano del tercer tipo del granjero Maurice Masse, que en la madrugada del 1 de julio de 1965 aseguró haber visto aterrizar una nave de forma ovoide con dos ocupantes bajos y de cabeza abultada, uno de los avistamientos OVNI más documentados y estudiados por la gendarmería francesa. El pueblo tiene incluso una expo dedicada al episodio, con la reproducción de la nave y los testimonios del gendarme —.
Valensole pueblo: L’Occitane, expo OVNI y lavoir
Aparcamos en la place principal, subimos por el casco antiguo — fachadas de piedra, fuentes de agua fresca, contraventanas azul lavanda — y hacemos parada en la tienda de L’Occitane. (Que siempre, siempre, nos recuerda a Shibuya) En el mirador que abre al plateau, jardineras con lavanda seca y el pueblo bajando por el flanco. Vemos también el lavoir cubierto (el antiguo lavadero comunal) y la expo del «caso OVNI» asomada al escaparate de una tienda. (Que no teníamos ni idea de la historia, y nos hemos enterado escribiendo este post en 2026) Comimos en una terraza con vistas al plateau. Lo que más recuerdo de esa comida es que robamos nuestro primera vaso de Orangina. (Que se rompió tiempo después) Inaugurando una tradición, que más o menos seguimos cumpliendo 🙂
Route Napoléon: Chabrières, Castellane, Lac de Castillon
Esa noche dormíamos en Camporosso en casa de Sylvia, una anfitriona de Airbnb, que resultaría formidable. Cogemos la Route Napoléon — la N85 histórica que recorrió el emperador tras su desembarco en Golfe-Juan en marzo de 1815 para ir a París durante los Cent-Jours —. Como siempre, disfrutando mucho del camino. Parando en cualquier sitio que nos llama la atención, sin prisa. Paramos en el Hameau de Chabrières y en Castellane, con su Roc de 184 metros coronado por la Notre-Dame du Roc asomando sobre el pueblo y el Verdon.
Continuamos por la orilla del Lac de Castillon / Chaudanne — dos embalses del Verdon en cadena, aguas turquesa entre laderas boscosas —. Vistas espectaculares. Paramos a comprar líquido de lentillas 🙂 Ya estamos entrando en el département de los Alpes-Maritimes.
Entrevaux: la ciudadela de Vauban
Última parada en Francia: Entrevaux, un pueblo medieval encajado en un meandro del Var, con la ciudadela de Vauban colgada de un roquedo 156 metros por encima de las casas. Nos flipó. No teníamos ni idea de que existía. Se llega hasta la fortaleza por un camino zigzagueante con nueve puertas fortificadas. Aparcamos, cruzamos por la Porte Royale y subimos por el casco medieval — calles de escalones, patios con lavanda, la collégiale —. Vauban proyectó aquí, entre 1690 y 1706, un doble sistema de defensa que convirtió a Entrevaux en la «llave del reino» de la Provenza oriental frente al Piamonte saboyardo.
Autopista A8 hasta Ventimiglia y llegada nocturna a Dolceacqua
Bajamos por el valle del Var hasta el litoral, cogemos la A8 pasando por delante del Allianz Riviera de Niza — flamante estadio del OGC Nice, inaugurado dos años antes —, y cruzamos la frontera a Italia por el peaje de la Autostrada dei Fiori. Yo había hecho esta ruta exacta con mis padres y Sergio en 1998 en nuestro viaje a Suiza y en autobús en el viaje de estudios en 1999. Era la primera vez que conducía yo 🙂
Salida en Ventimiglia y subida al valle del Nervia hata Camporosso. Quedamos con Silvia en la plaza del pueblo, delante de la iglesia. Ella nos guío hasta su increíble casa. Recordamos perfectamente que había dos lavabos – algo que desde entonces a Nagore le encanta – y un jacuzzi que disfurtaríamos estos días.
El acceso a la casa se hacía por un camino con muchos baches, en el que algunas de esas noches nos cruzaríamos con un jabalí blanco en medio del camino. Syilvia nos enseñó la casa, descansamos un rato y salimos a cenar a Dolceacqua, ya con la noche cerrada y una luna llena pegando en el Castello dei Doria ruinoso sobre el pueblo.
Dolceacqua es uno de los borghi medievales más bonitos de la Liguria occidental. El pueblo está partido en dos por el río Nervia y unido por un ponte vecchio de un solo arco del siglo XV — 33 metros de vano —, que Claude Monet pintó en 1884 durante uno de sus viajes a la Riviera. Encima, colgado del roquedo, se levanta el Castello dei Doria (siglos XI-XVI), la fortaleza de la poderosa familia genovesa que dominó todo este trozo de costa desde la Edad Media. Dolceacqua es también la patria del Rossese di Dolceacqua, uno de los grandes tintos de Liguria y — según Napoleón — «el mejor vino que he probado nunca». La Liguria como región es esa franja larga y estrecha entre los Alpes Marítimos y el mar, capital Génova, con la Riviera di Ponente (al oeste) y la Riviera di Levante (al este, con Cinque Terre y Portofino).
Cenamos en Casa e Bottega, Piazza Garibaldi 2 — un pequeño osteria con tres mesas dentro y otras dos en la plaza, cocina ligur clásica: trofie al pesto, focaccia, tinto local —. Después, paseo obligado por el Ponte Vecchio con el castillo iluminado detrás y la luna llena reflejándose en el Nervia. Vuelta a la casa, donde nos pusimos en la terraza a disfrutar de la noche y las vistas sobre el mediterráneo. Postal perfecta para cerrar el día.


