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El bosque de los arrayanes

Bariloche, 15 may 2009

Hoy será un día que guardaremos en la memoria. El día del bosque de los arrayanes. El de «es un rato no más»

El Parque Nacional Los Arrayanes ocupa los 17 km² de la península de Quetrihué —del mapudungun ketri-we, «lugar donde hay arrayanes»— en el extremo sur de Villa La Angostura, sobre el lago Nahuel Huapi. Se creó en 1971, tras desprenderse del Nahuel Huapi como parque propio, precisamente para proteger uno de los dos únicos bosques maduros de arrayán patagónico (Luma apiculata) del mundo: 20 hectáreas con unos 30.000 ejemplares, los más antiguos de 600 a 650 años de edad. El arrayán es un árbol de aspecto inconfundible: corteza color canela claro que está fría al tacto —incluso en pleno verano, por la baja densidad de su madera y la circulación de savia—, hojas pequeñas y persistentes y, en febrero, una explosión de pequeñas flores blancas. Crece muy lentamente, sus troncos se retuercen como esculturas y la luz que filtran cuando hay sol convierte el sotobosque en una estampa que parece sacada de un cuento.

Y precisamente con un cuento está ligada la leyenda más conocida del lugar: que Walt Disney se inspiró en este bosque para el escenario de Bambi (1942)). La historia es un mito turístico sin fundamento documental —Disney nunca visitó la Patagonia—, pero se repite religiosamente desde los años 80 porque los troncos retorcidos y la luz tamizada del bosque sí recuerdan a la animación. El núcleo del parque es la Casa de Té de los Arrayanes, una cabaña de madera de los años 30 construida por Antonio Lin y Eulogia López, una pareja que vivió aislada durante décadas en la península y que es probablemente la fuente real del componente «habitable» del mito. Al bosque se llega en barco desde Bahía Mansa (Villa La Angostura), en catamarán desde el Puerto Pañuelo del Llao Llao —que es como suele combinarse con el Circuito Chico— o a través de los 12 km del sendero que recorre la península de norte a sur.

No tengo más fotos de aquel día ni recuerdo lo que haríamos por la mañana, pero entiendo que iríamos en coche a Villa La Angostura que es desde donde sale la ruta que haríamos ese día. 12-13 km de ida y otros tantos de vuelta en la península. Desde el istmo hasta el embarcadero.

Recuerdo que el chico que nos alquiló las bicis nos dijo que era una ruta sencilla y quedamos con él, supongo sobre las 17:00, todavía de día. Pero no salió así…

La ruta fue maravillosa. Pero no fue sencilla o por lo menos no para algunos con el nivel de forma que teníamos. La foto de Sergio sentado en el banco es en el km 2 de la ida 🙂 Poco a poco la fuimos haciendo, disfrutando del camino, cogiendo la bici al hombre en muchas de las pendientes de subida.

Fue así como llegamos al embarcadero donde estaban atracando los barcos que venían los turistas desde Villa Angostura. Recuerdo sentirme muy orgulloso  pues esta vez no era yo el turista.  Decidimos no quedarnos a tomar nada y enfilar de vuelta porque todavía quedaba la mitad.

La decisión resultó ser muy acertada porque pudimos aprovechar los últimos rayos de luz para avanzar con buen ritmo varios kilómetros… pero no lo suficiente para llegar a la salida. Los últimos kilómetros los hicimos en completa oscuridad llevando las bicis del manillar e iluminados por las linternas de los móviles mientras  el dueño de la tienda de alquiler nos llamaba por teléfono y creo que le daba sin cobertura. Creo recordar que los que íbamos mejor todavía avanzamos un rato más ya en VLA para avisarle y que bajara en coche a por los rezagados, mientras nosotros cogíamos sus bicis para el último par de kilómetros, ya en la propia ciudad.

Y aunque tampoco tenemos fotos, sí recuerdo perfectamente el restaurante, ya en Bariloche, donde sin ducharnos si quiera y tras pedir cojines para las sillas, nos dimos un festín de cordero patagónico.

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