El 26 de octubre, último día del fin de semana en Lisboa, lo dedicamos casi entero a Belém, el barrio de la desembocadura del Tajo. El vuelo de vuelta nos salía por la noche, así que tuvimos toda la mañana y parte de la tarde para hacer la lista clásica de la zona: monasterio, torre y los pasteles. Pocos viajes a Lisboa cierran sin pasar por aquí.
El Monasterio de los Jerónimos lo mandó construir el rey Manuel I de Portugal a partir de 1501 sobre una ermita anterior donde Vasco da Gama había rezado antes de su viaje a la India. El edificio se financió con el «quinto del rey«, el 5 % de las ganancias del comercio de especias y oro de las nuevas rutas marítimas portuguesas — lo cual lo convierte en uno de los pocos monasterios europeos cuya factura pagó la Era de los Descubrimientos de manera literal y directa. El estilo es manuelino, una variante portuguesa del gótico tardío y el plateresco que incorpora cordajes, conchas, anclas, esferas armilares y motivos marineros en la decoración: la piedra del claustro y el portal sur están literalmente bordados de imaginería náutica. Vasco da Gama está enterrado dentro, igual que el poeta Luís de Camões. UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1983.
A doscientos metros del monasterio está la Antiga Confeitaria de Belém, abierta en 1837 en una antigua refinería de azúcar pegada al monasterio. Cuando los liberales disolvieron las órdenes religiosas en 1834, los monjes jerónimos vendieron a la confitería la receta original de los pasteles que habían sido elaborando ellos durante siglos como dulce monástico. La receta sigue siendo secreta y se prepara hoy en la «Oficina Secreta» de la propia tienda — solo tres personas en el mundo la conocen completa simultáneamente. La confitería se convirtió en parada obligada en cualquier visita a Lisboa, y los Pastéis de Belém —cremosos, con la base de hojaldre crujiente, espolvoreados con canela y azúcar glas— se servirían fuera del establecimiento original como pastéis de nata genéricos. Los originales están solo aquí.
Mañana en Belém: Jerónimos y Torre
Salimos del hostel temprano y bajamos hasta Belém en transporte público. La distancia desde el centro es de unos seis kilómetros, costa abajo siguiendo el Tajo, y se hace cómodamente en tranvía o tren de cercanías.
Lo primero fue el Monasterio de los Jerónimos, del que recuerdo sobre todo la fachada —ese exceso decorativo manuelino que acabo de mencionar arriba— y el claustro de dos pisos con sus arcos y la piedra labrada en cordajes y conchas. Por dentro pasamos un buen rato sin guía, mirando quizá el sepulcro de Vasco da Gama y el de Camões a los lados de la entrada de la iglesia, antes de salir a respirar al jardín que lo rodea.
A pocos minutos andando, junto al río, está la Torre de Belém, también encargada por Manuel I, esta vez como fortaleza defensiva de la entrada del puerto. Es de 1515-1519, manuelina como el monasterio, con detalles muy similares en la piedra (cordajes, escudos reales, esferas armilares). Es uno de los símbolos canónicos de Lisboa, y de las primeras estructuras militares del mundo diseñadas para artillería con cañones. Hicimos las fotos obligatorias desde fuera y desde el césped del paseo del río.
Pasteles de Belém y vuelta al aeropuerto
No podíamos irnos de Lisboa sin parar en la Antiga Confeitaria de Belém. La fila era larga —siempre lo es, mañana o tarde, semana o fin de semana—, pero merece la pena: los pastéis de Belém se sirven calientes, recién salidos del horno, con un azucarero de canela y otro de azúcar glas en la mesa para que cada uno los espolvoree a su gusto. Compramos varios. No recuerdo si fue la comida, la merienda o ambas.
Volvimos al hostel a recoger las maletas, taxi al aeropuerto y vuelo de vuelta. Lisboa de fin de semana, con amigos, en pleno otoño suave: el plan funcionó.


