El 11 de septiembre de 2012 empezaba la vuelta a casa. Vuelo de Alitalia a las 9:35 desde Narita, escala de seis horas en Roma que aprovechamos para salir del aeropuerto a dar una vuelta por la ciudad —primera vez que coincidíamos los dos juntos allí— y vuelo final a Madrid de noche.
El Aeropuerto Internacional de Narita, a 60 km al este del centro de Tokio en la prefectura de Chiba, abrió en 1978 como aeropuerto principal de la capital. La conexión con Tokio se hace por el Narita Express (JR) o el Skyliner (Keisei) en unos 50 minutos, y el tren atraviesa primero la zona industrial de la bahía de Tokio y, al amanecer, pasa por la estación de Yokohama, la segunda ciudad más grande de Japón con sus 3,7 millones de habitantes y un puerto que fue uno de los primeros abiertos al comercio occidental tras la apertura del país en 1859.
Roma tiene 2.873 años desde su fundación tradicional en el 753 a.C. por Rómulo, y es la única ciudad del mundo que alberga un Estado independiente dentro de su núcleo urbano: la Ciudad del Vaticano. Concentra más de 900 iglesias, casi 300 fuentes y la mayor concentración de obras de arte por kilómetro cuadrado del planeta. La conexión entre el aeropuerto de Fiumicino (FCO) y la estación Termini se hace por el Leonardo Express en 32 minutos sin paradas intermedias.
Madrugada en Tokio y postales de última hora en Narita
Madrugamos. Cogimos el tren a Narita sobre las seis de la mañana y, ya con el día clareando, pasamos por Yokohama —ciudad que no llegamos a visitar en aquel viaje ni en el de 2024, así que sigue pendiente—.
En el aeropuerto aprovechamos para echar las postales de última hora: tan estricto y tan serio es el sistema de correos en Japón que pudimos echarlas desde el propio aeropuerto con la confianza de que iban a llegar a destino sin problema. Recuerdo también las sillas de masaje en la sala de embarque —cosa muy japonesa, presente en muchos aeropuertos del país— donde echar un par de monedas y descansar veinte minutos antes del vuelo.
Llegada a Roma y Leonardo Express
El vuelo a Roma fue bien. Aterrizamos a las 15:20 en Fiumicino y como el vuelo de Alitalia a Madrid no salía hasta entrada la noche, teníamos seis horas largas de escala. Decidimos salir del aeropuerto y dar una vuelta por Roma: era la primera vez que estábamos en Roma los dos juntos: ambos habíamos estado allí por separado antes, pero nunca a la vez.
Bajamos al andén del Leonardo Express, que conecta el aeropuerto con la estación de Roma Termini en 32 minutos. Recuerdo que tuvimos un lío con los billetes y compramos uno que no era. Pero no tuvimos pegas al salir.
Trevi, helado y el contraste con la amabilidad japonesa
Una vez en Roma, dimos una vuelta de tres o cuatro horas. Una de las primeras paradas fue la Fontana di Trevi, donde tiré la moneda y pedí el deseo —que, como dicta la tradición, no se puede contar—.
Una de las cosas que recordamos bien de la tarde fue una heladería: tras una semana de amabilidad japonesa con la que nos habíamos acostumbrado a que nos trataran mejor de lo normal, la heladera italiana fue tirando a antipática —un comentario seco al ponernos el helado que, en cualquier otro contexto previo, no nos habría sorprendido pero que, viniendo de Tokio, nos descolocó—.
Vuelta turística por la ciudad
Seguimos con un recorrido a paso rápido por la ciudad: nos acercamos a la Basílica de Santa María la Mayor, sin entrar; pasamos por el Panteón de Agripa, donde sí entramos un rato corto; nos acercamos a la Piazza Navona y a la Plaza de España. Y hacia el final pasamos por delante del Vittoriano —el monumento a Vittorio Emanuele II que parece sacado de un set de cine—, el Foro Romano y, el Coliseo, que vimos por fuera.
Vuelta a Fiumicino y vuelo a Madrid
Volvimos al aeropuerto a tiempo y cogimos el vuelo a Madrid. Cierre de un viaje absolutamente redondo. Al llegar a casa al día siguiente hicimos algo por primer vez: poner sobre una mesa todas las cosas compradas y mirarlas en perspectiva, casi como mini-exposición de lo traído.


