Empieza el desplazamiento hacia el sur. Amanecer en el Airbnb de Michelle e Yves en Saint-Malo — con desayuno de compensación por el lío de la llave del sábado —, memorable parada sorpresa en el dolmen de La Roche-aux-Fées, entrada en Angers — crepería, catedral y su Château de torres rayadas — y remate en el Château de Chenonceau en pleno valle del Loira. Cierre en una residencia intergeneracional de Tours. Fin oficial de las semanas bretonas.
Desayunazo de Michelle e Yves antes de dejar Bretaña
Nos despertamos súper bien en la casita del Airbnb de Michelle e Yves, en las afueras de Saint-Malo. Y nos encontramos con el bonus del viaje: nos habían preparado un desayuno bestial para compensarnos por lo de la llave del sábado. Crepes caseros, baguette entera, mermeladas caseras, mantequilla en tarro, café en jarra, zumos, fruta, y una tarrina de Frosties específicamente para Julen. Nos recuerda al desayuno legendario que nos pusieron hace años en aquella gite de Trois-Rivières (Quebec) — que sigue teniendo el primer puesto del ranking, aquel era irrepetible —, pero este entra en el podio con luz propia. No pudimos comernos ni la mitad.
Cargamos el coche y toca dejar por fin la Bretaña y la Normandía y bajar hacia el Valle del Loira. Ruta oficial: unas tres horas y media. Carretera y manta. Si ayer, al comienzo del día se nos cruzó un conejo en la carretera, hoy lo hará un operario de mantenimiento….
La Roche-aux-Fées: dolmen sorpresa camino del Loira
Después de un par de horas de coche estoy bastante cansado y digo «necesito parar». Nagore mira el mapa y dice que hay un pueblo cerca. Nos metemos pero acabamosos en otro, que he visto yo en un cartel de la autopista. Y resulta que caemos justo en La Roche-aux-Fées, en el pueblo de Essé (Ille-et-Vilaine, código 35): uno de los dolmenes de grandes losas mejor conservados de Bretaña — de esos gigantescos, no un dolmen doméstico —, del Neolítico tardío (hacia 3.000 a. C.), 19,5 m de largo, más de 40 losas de esquisto morado, algunas de 45 toneladas. La leyenda popular bretona dice que lo construyeron las hadas cargando las piedras en la falda de sus vestidos. Hay un pequeño centro de interpretación con tienda y baños, señalizado como «Les Mercredis — Maison de la Roche-aux-Fées». Lo primero es ir al baño. Lo segundo visitar el sitio. Solo otra familia. Todo gratis.
Julen viene dormido en el coche y no llega a ver el conjunto, pero se despierta en la tienda de regalos y compramos una monedita souvenir — de esas de recuerdo troqueladas —. Una pasada de descubrimiento accidental.
Angers: crepería 226° Celsius y anticuarios
Autovía Essé → Rennes → Angers, la capital histórica del Anjou, ya en la región de Pays de la Loire (departamento Maine-et-Loire, código 49). Julen vuelve a vomitar al llegar — otra vez la leche del biberón en coche, ya sabemos que no le sienta bien —, así que primera parada en el aparcamiento a cambiarle ropa y limpiar. El restaurante que Nagore había visto en Google en Angers estaba cerrado, así que buscamos alternativa cerca de la catedral y damos con la crepería 226° Celsius — nombre que es la temperatura exacta a la que se dora la galette bretona sobre la piedra —, una de las buenas del centro. Nos pedimos tres galettes en cono (así las sirven ellos, la camarera nos avisa, sin plato) — que con Julen buscando salir de la silla, parece complicado pero sale bien con las servilletas —. Están riquísimas.
Después del café, caminata por el casco histórico. Damos con un brocante — mercadillo/anticuario de esos que ocupan una casa entera — donde compramos una revista Pilot a la señora Candide. Fachadas medievales de entramado de madera pintadas en tonos oscuros, calles empedradas con la Cathédrale Saint-Maurice alzándose al fondo de la Montée Saint-Maurice.
Catedral Saint-Maurice y camino al Château
Interior de la catedral: nave única con bóveda de crucería angevina — la primera bóveda gótica de la región, la gótico Plantagenet del XII —, tapices renacentistas colgados en los muros laterales, vidrieras policromadas con paneles explicativos — cada ventana tiene al lado su lectura iconográfica, cosa que también nos vamos a encontrar en la de Tours mañana —, y por fuera el pórtico nuevo, terminado hace apenas tres meses, muy blanco, muy moderno, muy claro contra la piedra vieja de la fachada. Un señor me para en la puerta, me da la mano y quiere hablar; sonrisa educada y sigo. Después Nagore me hace ver que le he hecho una foto a las gárgolas del edificio del ayuntamiento — nos quedamos con el detalle raro —. Salimos por la puerta oeste y bajamos por la rue Saint-Étienne hacia el Maine, con anticuarios cerrando persiana y algún bistró con toldo rojo. A mí me llama la atención que en los garajes está la matrícula del coche que puede aparcar dentro. A un vecino le hace gracia que le haga fotos a eso y me pregunta 🙂
Château d’Angers, la fortaleza rayada
Y ahí está el sitio: el Château d’Angers, la fortaleza medieval con sus 17 torres cilíndricas rayadas — bandas horizontales alternas de esquisto oscuro y toba clara — que se ven en cada foto de la ciudad. Origen de los condes y duques de Anjou, la dinastía Angevina que acabaría siendo Plantagenet y dando reyes a Normandía (blasón con 2 leones) y a Inglaterra (con 3, tras la unión) — cuesta hacerse a la idea de que este castillo es la casa madre de esa historia larguísima —. Rodeamos las murallas por la Promenade du Bout du Monde con la vista al río Maine. Decidimos no entrar — teníamos todavía coche por delante hasta el Loira — y dejamos el Tapiz del Apocalipsis del XIV para otra visita.
El Château d’Angers es una de las grandes fortalezas medievales conservadas de Francia, plantada sobre un espolón rocoso sobre el río Maine. Fue levantado en el siglo IX por los condes de Anjou, pero el aspecto actual — muralla circular con 17 torres cilíndricas altas de esquisto oscuro y toba clara alternos — se debe a la reforma que ordenó Blanca de Castilla como regente de Luis IX (San Luis) entre 1230 y 1240, para asegurar la frontera oeste del reino frente al ducado de Bretaña. Durante la Guerra de los Cien Años, la corte de Anjou usó el castillo como residencia principal — René d’Anjou, «El Buen Rey René», mandó bordar aquí el Tapiz del Apocalipsis hacia 1375 (140 m de largo, mayor tapiz medieval conservado del mundo, expuesto hoy en una galería especial dentro del recinto) —. En 1585 Enrique III ordenó demoler las torres para inutilizarlo militarmente, pero solo se rebajaron los remates puntiagudos, quedando las torres truncadas como las vemos hoy. En el XVIII fue prisión, en el XIX cuartel, y desde 1947 monumento nacional gestionado por el Centre des Monuments Nationaux. La catedral Saint-Maurice a doscientos metros, del XII-XIII, es sede de la gothique Plantagenet — la variante angevina del gótico con bóvedas de crucería domadas y arcos apuntados de gran altura —.
Camino a Chenonceau y jardines de Diana
Y de Angers al valle del Loira. Yo estuve con mis padres y Sergio en 1994, con 12 años. Fue de los primeros castillos/palacios que vi en mi vida. Y por tanto, siempre le he guardado – y le guardo – mucho cariño a esta zona.
Enfilamos al este por la A85 y llegamos al Château de Chenonceau — el famoso château des dames, tendido literalmente sobre el río Cher —. Con mis padres y Sergio, no vinimos a este. Estar de nuevo en la zona con Nagore y Julen es raro y bonito. Aparcamos junto a la avenida de plátanos que lleva a la fachada, con el sol ya bastante alto — tarde calurosa de julio, Julen con muchas ganas de andar por su cuenta y tirar del carrito por su cuenta también —, y primera vuelta por los jardines. A la derecha, el Jardin de Diane de Poitiers, con los parterres bordeados de lavanda y setos geométricos; al fondo, el château reflejándose en el agua. Entrada obligatoria construyendo una nueva tradición Loira: helado a la entrada, un ritual que repetiríamos al día siguiente. Le pedí a Claude que me hiciera una guía para la visita y lo clavó
Chenonceau: interior y Gran Galería sobre el Cher
Entrada al château. La Gran Galería sobre el Cher — dos plantas construidas sobre los pilares del puente, la única sala de este tipo en toda la arquitectura francesa —, con su suelo de baldosas ajedrezadas, la luz entrando por los grandes ventanales a ambos lados del río. Lo interesante es la historia estratificada de la galería: en su origen, salón de bailes real; durante la Primera Guerra Mundial, se convirtió en hospital de campaña — cabían camas para 2.000 heridos —; y durante la Segunda Guerra Mundial tuvo otro papel: la ligne de démarcation entre la Francia ocupada y la Francia libre pasaba exactamente por el Cher, por debajo de la galería. Muchos refugiados que huían de la zona ocupada la cruzaron por dentro. Un pasillo con memoria doble.
La chimenea grande blanca con el «C» entrelazado de Catalina de Médicis; la Chambre de François I con su tapiz de la caza; la Cabinet Vert forrada de terciopelo verde con arcones de nogal — Chenonceau es sobre todo el château de las mujeres, regentado sucesivamente por Diana de Poitiers, Catalina de Médicis, Luisa de Lorena, Luisa Dupin y Marguerite Pelouze —. Todo el interior en excepcional estado de conservación.
Cocinas, escalera y cierre por el jardín
Bajada a las cocinas — instaladas bajo el puente, en los sótanos que dan al Cher —, con la despensa, la carnicería, el horno del pan y las mesas de mármol donde preparaban los banquetes. Se puede sacar un buen rato ahí, viendo el nivel de detalle en la conservación (cazuelas de cobre colgadas por tamaño, batería de moldes de pastel). Se nota el trabajo de puesta bonita más allá de la conservación arqueológica. Subimos por la escalera de honor — de tramos rectos, gran novedad arquitectónica del XVI en Francia — a las galerías superiores, y salimos otra vez al Jardin de Catherine de Médicis para el cierre visual con el château al fondo. Unas orquídeas que a primera vista parecen de plástico pero son de verdad. Julen ya cansado, en brazos.
Nos damos cuenta de que tenemos que estar en el check-in de Tours antes de las ocho, y son las siete y diez. A correr.
Auchan Tours Nord y noche en una residencia intergeneracional
Cuarenta minutos al este por la A85 y llegamos a Tours — capital de Indre-et-Loire—. El alojamiento que habíamos reservado sorprende: es una residencia intergeneracional en origen una residencia de ancianos que comercializa habitaciones a viajeros como habitación de hotel, con espacios compartidos entre los residentes fijos y los que estamos de paso —. Concepto que me gusta un montón; cuando llego a la recepción no hay nadie, pero enseguida sale una señora a atenderme y llama a su compañera. Una señora con andador pasea por allí. Al día siguiente al salir del ascensor, dos señoras jubiladas más en la recepción charlando, que ven a Julen y se alegran. No sé si esta figura existe también en España; me llama la atención.
Después salimos al Auchan Tours Nord para la compra rápida — sección de fruta, comida preparada, leche que también nos hacía falta, ensaladas para nosotros —. Cena tarde en el apartamento: le dí de comer a Julen; se come un puré y un yogur — cenó súper bien, el tío — mientras Nagore prepara el resto. Después cenamos nosotros ensaladas del super. Estábamos cansados y un poco enfadados, sin mayor motivo. Pronto a dormir.


