Julen cumple dos años. El año pasado fue en Calahorra, este toca Bretaña: mañana en Pont-Aven, después Océanopolis Brest y parada al atardecer en el Phare du Petit Minou y fiesta de cumple
Amanecer con globos y guirnalda de Mario
A las ocho, Nagore y yo ya estamos en el salón inflando globos verdes, rojos, amarillos, rosas y naranjas mientras Julen sigue dormido. La guirnalda Happy Birthday — la de Super Mario, Yoshi, Peach, Bowser — la colgamos sobre el muro de piedra del comedor del Kindred. Y sobre la mesa de mármol, la bolsa de papel kraft de King Jouet con los regalos.
Cuando se despierta y entra al salón — tranquilo, tras dormir del tirón la noche entera, camiseta naranja de Miffy con un tractor azul —, la cara. Se planta delante de la guirnalda, mira los globos por el suelo, se pone a jugar con ellos. Le duran poco: en un rato ya está aburrido. Le damos un abrazo grande y un peluche pequeño: Tanooki (conococido como oki). Todavía no toca velita ni tarta — dejamos eso para la luego y para el final del día —. Selfies familiares con la guirnalda de fondo, el mono, y los tres.
Pont-Aven de mañana — velita en la librería-café
Salimos sobre las diez y veinte con dos planes en la cabeza para hoy: por la mañana desayunar en una librería-café del pueblo que Nagore había fichado desde Madrid — una que abría tres horas al día, la que me había mostrado la tarde anterior cuando andábamos buscando el ayuntamiento (que nunca vimos) —, y por la tarde ir a Océanopolis en Brest. Empezamos por la parte fácil: aparcamos el coche cerca de la Bibliothèque — Bel Air, le hemos acabado llamando —, y sale la primera peripecia. Nagore pensaba que se había olvidado el teléfono (pero no) mientras Julen yo cogíamos el coche ella volvió a casa a mirar. Salimos con el coche hacia el centro, y me encuentro dos camiones parados en la calle bloqueando el paso. Atasco. Me paso la iglesia. Doy la vuelta. Acabo aparcando en la otra punta del pueblo, en el cementerio, y volviendo andando a buscarlas.
Paseo tranquilo por el centro con las dos cosas ya resueltas — fotos junto al cartel esmaltado antiguo de una boulangerie-pâtisserie casi cubierta por una vid («Gâteau Breton — Kouign-Amann — Petit Déjeuner»), un mural pintado en el lateral de una casa, un Fiat 500 rosa con el escorpión de Abarth, otro coche negro decorado a garabatos como si le hubiera pasado un niño de tres años con rotulador blanco —. Y damos con el sitio: una pequeña librairie-café con la fachada cubierta por completo de hiedra, en una casa antigua que parece haber sido bar en otra vida. Terraza con sillones azules y palets de madera. En teoría teníamos que esperar a que abrieran pero ya se había hecho el tiempo con las dos peripecias del coche.
Dentro, dos chicas jóvenes — probablemente las dueñas —, muy majas. Cafés y un scone para Julen. Le clavamos una velita verde en el scone, y ahí descubrimos que este niño sabe soplar velas — ni Nagore ni yo teníamos ni idea, porque nunca se lo habíamos enseñado —, y la sopla en dos intentos, con oki en la mano. Le cantamos «cumpleaños feliz» por primera vez del día.
De camino al coche pasamos por la Oficina de Turismo, para verla. Pero una chica muy dispuesta se pone a explicarnos todo lo que hay que hacer en Pont-Aven. Le agradecemos y sonreímos; llevamos ya doce días aquí, lo hemos hecho todo. Pero no se lo decimos. Se encuentra dentro de Le Pavillon — el edificio cultural moderno de Pont-Aven que junta la Médiathèque Bertrand Queinec y el Office de Tourisme —. Sala con gradería de madera y techo triangular, exposición temporal «Costumes de Pont-Aven», folletos del Programme des festivités ÉTÉ 2026 de Névez y del Agenda Juillet del propio Pont-Aven. Salimos por la plaza central, con un tractor verde Fendt – que tanto le gustan a Julen – aparcado junto a un remolque azul BRIMONT, terrazas con las sombrillas moradas de Caramel d’Ici, y en una esquina un maniquí con equipación amarilla-roja de salvavidas plantado al lado de una bandera pirata negra — anuncio de alguna atracción veraniega del pueblo, imaginamos —.
Océanopolis: llegar, comer y empezar por los talleres
Coche a Brest. Julen se duerme durante la mayor parte del trayecto, con el biberón, y solo se despierta al aparcar en el Port du Moulin Blanc, delante del rótulo negro gigante de Océanopolis. Tres columnas de colores marcan los tres pabellones: rojo para Océanautes, verde para Bretagne, naranja para Tropical. Al lado, el Jardin d’Amérique con vistas al Pont de l’Iroise — el puente atirantado sobre el goulet de la rada de Brest — que ya cruzamos a la vuelta el otro día. Al principio la explanada nos parece un poco desangelada — hace mucho sol y poca sombra —. Íbamos a comer en el restaurante interior pero está arriba con un montón de escaleras que hacen inaccesible el carrito. Cambio de plan: acabamos comiéndonos los bocadillos que habíamos preparado en una zona de picnic con tejadillo — sándwiches, botella de Cristaline —.
Océanopolis es el gran centro de descubrimiento oceánico de Brest, inaugurado en 1990 y ampliado en 2000 con los pabellones tropical y polar que le dieron su forma actual. Combina función museística, científica y de sensibilización con una colección viva de más de 10.000 animales marinos en 68 acuarios distribuidos en tres grandes secciones temáticas — Bretagne (fauna atlántica local), Tropical (arrecifes de coral) y Polaire (focas, pingüinos y peces subantárticos) — más un cuarto pabellón dedicado a los mundos abisales inaugurado en 2022. Está gestionado por la asociación Océanopolis Brest junto con el Ifremer y la UBO, y una parte importante de su presupuesto se dedica a investigación aplicada y programas educativos. Es la principal atracción turística del oeste de Bretaña, con más de 400.000 visitantes al año, y forma parte del complejo del Port du Moulin Blanc, el gran puerto deportivo de Brest.
Empezamos por los Ateliers, la zona de talleres para niños — pufs naranjas, tumbonas de rayas, mesas de dibujar con rotuladores —. Julen se queda ahí un buen rato tranquilo entretenido, y nosotros aprovechamos para sentarnos a descansar. Después toca ponerse a pintar con él: yo me pinto un crustáceo — casi una gamba — de la lámina de fauna atlántica, y Julen colorea la lámina impresa de krill (Euphausia sp.) y la firma con su nombre y la fecha «24/07/26» con ayuda de Nagore. Pensamos que hay que cambiar el pañal, pero no:-)
Después, jardín botánico exterior, y adentro al hall central del Pavillon Bretagne: el gran globo terráqueo iluminado con los océanos del mundo en turquesa, y en la sala contigua la réplica a escala real de una ballena barbada gris con la silueta de una orca al fondo. Julen se pega literalmente al cristal de un tanque donde flota una nutria marina bocarriba — la primera nutria de su vida —, y le encantan.
Los pabellones: acuarios, corales y tiburón de puntas negras
Antes del acuario grande, unas pantallas con proyecciones de las mareas del Cantábrico y del Atlántico que a Julen le gustan bastante. Después ya al tanque. El recorrido por los tanques es lo que te esperas de un acuario grande y bien montado: medusas azules en luz UV que Julen persigue con la mano abierta, corales fluorescentes, estrellas azules, peces payaso — Nagore y él sentados en el suelo mirándolos —, un esqueleto de gran cetáceo suspendido en la sala oscura, cardumen de soldierfish naranjas girando en formación cerrada. En uno de los tanques hay dos submarinistas dentro limpiando el cristal, que Julen mira como si fueran de mentira. Julen anda todo el rato corriendo, hay bullicio de niños pero se lleva bien.
A mí lo que más me llama la atención son las anguilas jardineras (garden eels) — enterradas en la arena hasta la mitad del cuerpo, meciéndose lentas en corriente como una pradera —. Y una mantarraya del tanque grande que se pone a jugar con la cuidadora del recinto, subiendo y bajando cuando la chica sube y baja la mano fuera del cristal. Nunca había visto un pez comportarse así con una persona.
Pero el que se lleva la ovación es un tiburón de puntas negras — Carcharhinus melanopterus, el blacktip reef shark — que hace pasadas lentas por delante del cristal grande del arrecife tropical, entre el amarillo de los yellow tangs y el azul cobalto de los peces cirujano. Después, el invernadero tropical: pasarela de madera entre plantas exuberantes, gente en fila mirando al mismo pez. Julen ya un poco cansado, en brazos.
Focas, letras BRETAGNE y boutique
Salimos al bassin exterior de las focas grises — placa individual de «Nova — Female», la protagonista del recinto —, con la piscina abierta al cielo y las tres focas asomando la cabeza cada pocos minutos. Leemos las placas y me llama la atención el rango de edades: focas con hasta 30 años de diferencia entre ellas, algunas nacidas en Brest y otras traídas desde otros acuarios europeos.
De vuelta al interior, la sala Océanautes: mesa amarilla con piezas magnéticas de peces que Julen encaja contra una pantalla, mesa roja circular con un drum interactivo de plancton y crustáceos que suena cuando lo toca, botones de iluminación del día que le tienen enganchado un buen rato, tanque de medusas fluorescentes en la penumbra. Hicimos también una proyección de cumpleaños de Julen en una de las mesas interactivas — luego se cayó al saltar sobre la moqueta y se hizo un pequeño chichón, otra tradición de cumple —. Después la zona de ecosistemas de Bretaña, con el mapa topográfico y un cacharro impresionante — la ABYSSBOX, cámara que simula presiones de las fosas para transportar organismos abisales a la superficie sin descomprimirlos —.
Foto obligatoria con las letras gigantes de BRETAGNE — Brittany Design. Y cierre por la tienda: postales serigrafiadas con siluetas de nutria y pingüino sobre círculo rosa, cómics de Moby Dick de Glénat, la colección Milan de libros infantiles con animales marinos — Léa la baleine, Manon petit poisson, Suzanne le dauphin —, latas de sardines à l’huile d’olive de Sardine Bretonne au sel de mer, relojes con forma de pez de colores. Casi nos llevamos un reloj de sardinas, pero cae al final una estrella de mar de peluche de recuerdo. Salimos con algo de material y Julen ya al borde de la siesta.
Pointe du Petit Minou — el faro y los bunkers pintados
De vuelta, en lugar de enfilar directamente a Pont-Aven, hacemos un rodeo al oeste, hacia Plouzané. Sabíamos de antemano que el faro estaba en obras, con andamios, pero también que desde fuera se ve razonablemente bien y merecía la parada. Aparcamos junto al panel azul del Conservatoire du Littoral: «La promenade du Minou — Parcourez un passé mouvementé en 1h et 1,8 km». Sendero costero balizado, campo con pacas circulares de heno recogidas con el mar al fondo — otra imagen recurrente de todo el viaje bretón —, árboles retorcidos por el viento del Atlántico y — la parte grande — un rosario de bunkers del Mur de l’Atlantique plantados en el acantilado, cubiertos de grafitis que superponen números serigrafiados («263», «163», «182 STLKP»), tags — «JAWS», «SLIK», «MAKE LOVE» —, monstruos, caras. La etapa 7/10 del sendero se llama, con nombre y todo, «Le mur de l’Atlantique».
El Phare du Petit Minou, en la Pointe du Petit Minou (Plouzané), es probablemente el faro más fotografiado de Bretaña y uno de los más reconocibles de toda la costa francesa: torre cilíndrica con tres franjas rojo-blanco-rojo, plantada sobre un promontorio granítico en el norte del goulet de la rada de Brest. Fue construido entre 1846 y 1848 para señalizar la entrada natural a la rada — el paso navegable entre la Presqu’île de Crozon y la propia Brest —, en conjunto con el Phare du Portzic al otro lado y actuando como faro directriz para los grandes navíos de la Marine nationale. Sigue en servicio, automatizado desde 1989, y su torre — 26 m de alto — se ve entera desde una pasarela abovedada que sale del pequeño Fort du Petit Minou reformado por Vauban a finales del XVII y reforzado durante la Segunda Guerra Mundial por los alemanes como parte del Atlantikwall, cuya línea de bunkers y baterías costeras es la que hoy jalona toda la promenade.
Y ahí está el faro — con los andamios puestos alrededor de la torre, sí, pero enmarcado igual como sale en cada postal de Bretaña: la torre roja-blanca-roja en el promontorio, la pasarela abovedada saliendo del fortín, y detrás la rada de Brest con barcos entrando al goulet —. El fuerte permite el acceso y sí lo pisamos, aunque a la torre del faro solo se llega hasta el pie por los andamios. Julen se ha dormido en la silla, así que lo dejamos aparcado con Nagore junto a un bunker mientras vamos y venimos con las fotos. Cala arenosa al final del paseo — probablemente la Plage de Trégana – con gente bañándose. Buen recuerdo pese al andamio: agradable, con brisa y sol.
Vuelta a casa, tarta con la vela del 2 y Woody de regalo
Cruzamos otra vez por el Pont de Recouvrance de Brest y enfilamos la N165 hacia Pont-Aven — el mismo tramo del día de Brest, ya sin novedad —. Llegamos al Kindred pasadas las ocho.
Ya en casa, videollamada con mi padre para el cumpleaños — se conecta a la vez que abrimos el ritual —. La tarta — un cheesecake bretón — sobre la mesa de mármol, con una velita azul en forma de 2 clavada en el centro, y su tarjetita amarilla con «JULEN» a rotulador. La enciendo con el mechero, cantamos «cumpleaños feliz», y esta vez Julen no la sopla una sola vez: la sopla, la reencendemos, la vuelve a soplar, la volvemos a encender, «más, más», tres o cuatro veces seguidas. Ya sabía soplar velas — lo había demostrado esta mañana en la librería —, pero descubre esta tarde que puede hacerlo en serie.
Después toca abrir el resto de regalos. El más gordo: un muñeco articulado de Woody de Toy Story — con su sombrero de cowboy marrón, camisa amarilla, chaleco de estrella y chaparreras azules —. Cae también un Mr. Potato Head con sombrero de cowboy negro y un libro con ruedas. En Calahorra, espera envuelto en papel rojo con la marca «afede». Mi padre nos manda por WhatsApp la foto de un regalo sorpresa que tiene reservado para Julen.
Para cenar: pizza, un cuenco de macarrones con tomate, otra media botellita de Cidre bretón — el Kerné de ayer aguantando —, las sobras que teníamos por ahí. Julen corre por el salón con Woody en una mano y el sombrero del Mr. Potato en la otra, pasando por delante de la bicicleta apoyada en la pared. Ha sido un feliz día.


