Traslado a Viena. Desayuno con Nesquik húngaro en el hostal de Budapest, salida por carretera, llegada por la tarde al hostal vienés y de noche a caminar el Ring entero — Karlskirche, Ópera, Hofburg, Rathaus, Votivkirche — bajo la luz amarilla del alumbrado.
Desayuno en el hostal y salida de Budapest
Desayuno tranquilo en la cocina del hostal — brick de Nesquik húngaro con su «Csokoládés tejital» en el envase, uno de esos pequeños placeres de leer las marcas globales traducidas al idioma local —. Recogida de mochilas, coche, salida.
Trayecto Budapest → Viena. Recuerdo que salí yo conduciendo de la ciudad por el puente de las cadenas. Y recuerdo sentir una sensación de «ciudadano de mundo» de «guau, estoy conduciendo por aquí». Esa sensación la he vuelto a sentir varias veces conduciendo por el centro de ciudades grandes. Me viene a la cabeza Montreal, muchos años después. Rumbo a la autopista: unas tres horas, campos llanos, paso elevado con las colinas de Buda alejándose. Andrés de copiloto. Ainhoa atrás. Frontera con Austria — Hungría llevaba dos años en la UE pero Schengen no llegaría hasta 2007, así que aún había control formal —.
Viena (Wien) fue durante 636 años (1282-1918) la capital de los Habsburgo: primero de Austria, luego del Sacro Imperio Romano Germánico (1438-1806) y finalmente del Imperio Austrohúngaro (1867-1918). Esa acumulación imperial se nota a cada esquina — cada plaza tiene un palacio, cada calle una embajada, cada museo una colección que en otras capitales sería el museo principal —. La Viena que recorrimos era ya la ciudad reformada por Francisco José I (emperador de 1848 a 1916): en 1857 mandó demoler las viejas murallas defensivas y construir en su lugar la Ringstrasse, un anillo bulevardero de 5,3 kilómetros que rodea el casco antiguo con casi todos los grandes monumentos de la ciudad asomados a su trazado. La regla arquitectónica fue explícita: cada edificio en el estilo histórico apropiado a su función. El Parlament en griego clásico (cuna de la democracia), el Rathaus en gótico flamenco (cuna de la autonomía municipal medieval), la Burgtheater en barroco (cuna del teatro), la Universität en renacimiento italiano (cuna del humanismo). Un manual entero de historia de la arquitectura montado en una única avenida.
La Karlskirche es uno de los iconos del barroco austríaco. La encargó el emperador Carlos VI en 1713 como voto en agradecimiento por el final de la peste que azotó Viena, y la diseñó Johann Bernhard Fischer von Erlach, el gran arquitecto barroco austríaco. Se construyó entre 1716 y 1737 mezclando referencias inéditas: una cúpula ovalada al estilo de Borromini con dos columnas monumentales talladas con relieves helicoidales al estilo de las columnas trajanas romanas — homenaje explícito al imperio romano del que los Habsburgo se consideraban herederos legítimos —. La cúpula verde de cobre y las dos columnas trajanas la convierten en el edificio más singular del barroco europeo. Fischer von Erlach también proyectó, entre otros, la Nationalbibliothek de Viena y buena parte del Palacio de Schönbrunn.
Llegada a Viena y hostal
Entrada en Viena por la tarde. Al pasar cerca del Ring vimos un coche Morgan clásico aparcado — esos roadsters británicos de capó largo y luces redondas que parecen dibujo — y ya nos dio el subidón de haber llegado a la ciudad.
Ring de noche: Karlskirche, Ópera y Albertina
Salimos a caminar la Ringstrasse en la parte que rodea la Innere Stadt. Primera parada, la Karlskirche en pleno Karlsplatz: la fachada barroca iluminada con sus dos columnas trajanas con relieves y la cúpula verde brillando contra el cielo nocturno.
Subida al norte hasta la Wiener Staatsoper — la Ópera Estatal de Viena, con su fachada neorrenacentista de 1869 —. Ló único que yo conocía de Viena, por dentro, por el Concierto de año nuevo.
De ahí a la Albertinaplatz: la estatua ecuestre del Archiduque Alberto sobre el pedestal de piedra caliza y la fuente Danubiusbrunnen con las alegorías de los ríos abajo.
Hofburg, Heldenplatz y Maria-Theresien-Platz
Cruzamos al Hofburg — el palacio imperial — por el Burgtor. Un Fiaker pasando bajo el arco con los caballos blancos con sus mantas y el cochero con sombrero de hongo. Salimos a Heldenplatz: la estatua ecuestre del Archiduque Carlos (héroe de la batalla de Aspern-Essling de 1809 contra Napoleón), y al fondo el Rathaus iluminado.
La Neue Burg con la estatua del Príncipe Eugenio de Saboya — el gran héroe militar Habsburgo que expulsó a los otomanos de Hungría en 1697 —. Y salida a la Maria-Theresien-Platz con los museos gemelos neorrenacentistas: el Kunsthistorisches Museum al sur y el Naturhistorisches al norte — obras de Gottfried Semper (1872-1891), idénticos por fuera —, y en el centro el monumento a Maria Teresa.
Un elefante de bronce a la entrada del MuseumsQuartier nos hizo posar. Es lo que más recuerdo, junto a la monumentalidad de la plaza.
Salchichas en Bellaria y Ring completo
Cena rápida en el Würstelstand Bitzinger «Bellaria» — uno de esos puestos callejeros de Bratwurst, Käsekrainer y currywurst vienés (aunque no creo que probáramos el currywurst, ese honor para mí recae en nuestra primera noche en Berlín, años después) que están abiertos casi toda la noche, junto al Volkstheater al borde del Ring —. Salchicha con panecillo y mostaza en la mano, cerveza de acompañamiento.
Continuamos por la Ringstrasse: el Parlament con la fuente de Palas Atenea de Theophil Hansen (columnata greco-clásica, cuna de la democracia); el Rathaus con sus cinco torres neogóticas y el Rathausmann en la torre central, iluminado de amarillo cálido; la Universität Wien con las banderolas verticales colgadas de la fachada; y por fin la Votivkirche con una gran lona publicitaria de Pflegevorsorge Wiener Städtische — un seguro de dependencia —, un anacronismo comercial en la fachada neogótica de 1879.
Los pies destrozados y la sensación de haber pisado media Viena en una noche. Vuelta al hostal.


