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Aterrizaje sorpresa en Marrakech: medina, plaza y la terraza enfrente del Argana

Terraza con vistas a Plaza Jemaa el-Fna

Marrakech era la tercera y última sorpresa de la serie que nos habíamos preparado Nagore y yo para nuestro primer viaje juntos en otoño de 2007. La primera —Suecia— se le había destapado a destiempo y aterrizamos en Gotemburgo con la sorpresa ya rota. La segunda —París— era la que había dado pie, tras una carta en el buzón. Para esta última, Nagore había hecho las cosas bien. Entré en la cola del check-in en Madrid sin saber dónde íbamos. Llegábamos esa misma mañana de París, paramos en casa unas horas en el Barrio del Pilar —donde nos cruzamos con un elefante caminando por Monforte de Lemos, el circo estaba en la ciudad – eso ya no pasa — y por la tarde volamos hacia el sur. Aterrizamos en Marrakech ya casi de noche y con la primera sensación característica del Magreb: el aire seco, el polvo en suspensión, el primer muecín al salir del aeropuerto.

Marrakech la fundaron los almorávides en 1062: una kasbah entre las laderas del Alto Atlas) y la llanura del Haouz, levantada por Yusuf ibn Tashfin y su primo Abu Bakr ibn Umar en el cruce de las rutas caravaneras que subían sal y oro desde el Sahara. La ciudad les serviría como capital de un imperio que en su mejor momento llegó desde el Niger hasta el Ebro, y le dio nombre al país entero —»Marruecos» no es más que la deformación romance de «Marrakech». A finales del siglo XII, ya bajo los almohades, se construyó la mezquita Koutoubia y se cerraron las nueve puertas de la medina. Luego vinieron los saadíes en el XVI, los alauíes en el XVII —que siguen reinando— y, en medio, oleadas sucesivas de moriscos andaluces tras 1492 que dejaron en la ciudad recetas, oficios y apellidos.

Marrakech es también la ciudad roja: el color caracteriza tanto la tierra del Haouz como las murallas de pisé —barro apisonado mezclado con cal— que rodean la medina, y por ordenanza municipal todo edificio nuevo dentro del casco antiguo debe pintarse en ese ocre rojizo. La protección le dio en 1985 el rango de Patrimonio de la Humanidad. Hoy es la cuarta ciudad del país por habitantes —detrás de Casablanca, Fez y Tánger— pero la primera con diferencia en imaginario turístico, gracias a los zocos, los riads, la Plaza Jemaa el-Fna y un cierto cosmopolitismo lánguido que arrastra desde los años 60, cuando los Rolling Stones, Yves Saint Laurent y media bohemia europea decidieron que aquí se viajaba bien.

Primera noche: hotel sencillo y bajada a la plaza

Nagore había reservado para esta primera noche un hotel pequeño fuera de la medina, en la zona moderna de Guéliz , con la lógica práctica de no internarnos en los callejones de la ciudad vieja al llegar de noche y cansados. La idea era buena: del aeropuerto al hotel fueron diez minutos en autobús por la Avenue Mohammed V —el eje recto que une la ciudad nueva del protectorado francés con la medina histórica— y la habitación, sencilla pero limpia, sirvió perfectamente para descargar maletas, ducharnos y volver a salir a buscar la noche. Para mí era la segunda vez que pisaba el Magreb —tres años antes había estado en Túnez con la gente de la EPSG— pero para Nagore era el primer aterrizaje propiamente dicho en el norte de África, y se le notaba en los ojos abiertos el cambio.

Comenzamoz a caminar y nos plantamos en uno de los extremos de Plaza Jemaa el-Fna hacia las ocho y media de la tarde, ya bien oscurecido. Llegar a esa plaza por primera vez, de noche, con humo de parrillas, lámparas de gas, miles de personas moviéndose en todas direcciones, encantadores recogiendo las cestas, cuentacuentos formando halqas en el suelo y un centenar de puestos de comida en hileras como mercadillo medieval, es de las experiencias urbanas más densas que pueden vivirse en una capital. La plaza es enorme —la más grande de Marruecos y de las mayores del mundo árabe— y está completamente hueca: sin estructura, sin escenario, sin orden visible. Lo que pasa cada noche lo decide la gente que aparece a montar su corro.

Subimos a una de las terrazas del lado norte —de las muchas que hay en torno a la plaza, todas con vistas s y precios algo turísticos— para cenar mirando desde arriba antes de meternos en el lío.  Justo enfrente, al otro lado de la plaza, distinguimos las luces del Café Argana, una de las terrazas más populares y, sin que esa noche pudiéramos saberlo, el sitio donde en abril de 2011 una bomba causaría diecisiete muertos —entre ellos varios turistas franceses y el propio camarero. En 2007 era simplemente «el sitio del balcón rojo» enfrente del nuestro, y en este viaje volveríamos a estar varias veces por esa zona, en Las Premices.

Bajamos después de nuevo a la plaza ya con menos prisa. Dimos una vuelta entre los puestos de zumo de naranja a un dirham, los percusionistas gnaoua, las mujeres tatuando manos con henna y los corros de hombres. Marrakech estaba aceptada — y a mí me había encantado la sorpresa. Volvimos al hotel cerca de medianoche; al día siguiente nos esperaba el cambio de alojamiento al riad que ella había reservado dentro de la medina, y un día completo de ciudad por delante.

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