El 21 de mayo de 2009 fue nuestro último día en Ushuaia. Solo que no fue como estaba previsto.
El concepto del «fin del mundo» como producto turístico es relativamente reciente. Hasta los años 80, Ushuaia era una pequeña base naval y penal —el presidio funcionó hasta 1947 y hoy es museo— con menos de 5.000 habitantes. La promoción industrial fueguina de los años 70 disparó la población a 20.000 en los 80, pero fue la apertura del aeropuerto internacional Malvinas Argentinas en 1995 lo que disparó el turismo: en menos de una década, la ciudad pasó de ser un destino de aventureros a ser puerto de cruceros y base para expediciones a la Antártida. Hoy tiene 80.000 habitantes, vuelos diarios a Buenos Aires y un letrero gigante en el muelle que dice «Fin del mundo, principio de todo».
Geográficamente, el «fin» no termina aquí. Al sur de Ushuaia hay todavía la Antártida —desde el puerto salen los cruceros a la Península Antártica entre noviembre y marzo— y, dentro mismo de Tierra del Fuego, el Cabo Hornos chileno está más al sur. Pero como concepto vendible y accesible, Ushuaia ganó la batalla simbólica: tiene aeropuerto, hoteles, ruta panamericana terminando en Bahía Lapataia —»Aquí finaliza la Ruta Nac. N°3, Buenos Aires 3.079 km«, el cartel que sale en miles de fotos— y un puerto desde el que un crucero de bandera griega te lleva a ver pingüinos al canal de Beagle. El «fin del mundo» turístico es esto.
De este día no tenemos casi fotos ni tampoco demasiados recuerdos. El principal es que el avión no salió a su hora. Supongo que dormimos hasta tarde pues la noche anterior había sido memorable.
El vuelo – que viendo ahora documentación, cuando lo compré, tuve que pagar enviando una autorización firmada a Rumbo para hacer el cargo en la tarjeta – tenía prevista la salida a las 13:35 para llegar a las 16:35 a Buenos Aires. Pero según llegamos al aeropuerto (recuerdo que en alguno de los aeropuertos argentinos nos tocó ir a pagar las tasas del aeropuerto a una ventanilla porque no los había cobrado la compañía aérea en la emisión del billete) nos dijeron que el vuelo se retrasaba bastante. No recuerdo cuánto pero lo suficiente como para que nos volviéramos el Ché Lagarto. Recuerdo que el chico de recepción nos dijo que solía ser así, que el vuelo venía y volvía a Buenos Aires y no era raro el retraso.
Así que llegamos a Buenos Aires, ya de noche. Recuerdo las cuadras perfectamente rectílineas (era la primera ciudad planificada que sobrevolaba) Fuimos a dormir al mismo hostal del inicio del viaje el «América del Sur» en San Telmo.

