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Los Siete Lagos y la frontera con Chile

Bariloche, 14 may 2009

Hoy será un día especial, de los que se quedan grabados. Ruta de los Siete Lagos en coche desde Bariloche hasta Villa La Angostura y, por la otra rama, escapada hasta la frontera con Chile por el paso Cardenal Samoré, batalla de bolas de nieve en lo alto, descubrimiento del Arroyo Partido y vuelta a Bariloche con parada en La Posta del Cazador.

La Ruta de los Siete Lagos es un tramo de 107 kilómetros de la mítica Ruta Nacional 40 que conecta Villa La Angostura con San Martín de los Andes atravesando uno de los paisajes más fotografiados de Argentina. Los siete lagos —Nahuel Huapi, Correntoso, Espejo, Escondido, Villarino, Falkner y Machónico— son todos de origen glaciar, encadenados como cuentas de un collar entre bosques de lengas y coihues patagónicos. Hasta 2013 todavía había tramos de tierra; cuando pasamos nosotros en 2009 la mayor parte estaba ya asfaltada pero algún sector exigía conducir despacio.

El paso Cardenal Antonio Samoré —antes llamado Puyehue— es el cruce fronterizo más alto del corredor turístico Bariloche-Osorno, a 1.310 metros sobre el nivel del mar, que une la provincia de Río Negro (Argentina) con la Región de los Lagos (Chile) atravesando el Parque Nacional Puyehue. Lleva el nombre del cardenal italiano Antonio Samoré, enviado por el papa Juan Pablo II como mediador en el conflicto del Beagle de 1978-1984 entre Argentina y Chile, que estuvo a punto de terminar en guerra. La curiosidad burocrática es que entre el puesto fronterizo argentino y la línea divisoria real con Chile hay todavía unos kilómetros de tierra de nadie por la cordillera; se puede pasar la aduana argentina, recorrer ese tramo y dar la vuelta sin sellar el pasaporte en Chile —que es lo que hicimos nosotros—.

Mañana: salida del hostel y encuentro con un canadiense hippy

Cogimos el coche de alquiler por la mañana en el hostel —que nos había costado 3 euros al cambio por persona, con desayuno incluido, una de esas tarifas argentinas postdevaluación que se quedan en el recuerdo de los viajes baratos del 2009—. Ahí, mientras desayunábamos, nos cruzamos con un señor canadiense que viajaba solo, bastante hippy, mayor — el típico viajero veterano que se ve por hostels patagónicos. Recuerdo haber pensado en ese momento que por un lado guay, por la libertad de viajar tanto a esa edad, y por otro no del todo — algo de soledad por detrás también.

Carretera y el síndrome de Stendhal entre lagos

Salimos en coche en dirección a la Ruta de los Siete Lagos, rumbo a Villa La Angostura. Esa carretera es —y para mí fue ese día— uno de esos tramos donde lo precioso se acumula sin descanso: un lago detrás de otro, miradores, montañas nevadas, bosques otoñales rojizos, y la sensación de que cada curva escupe otra postal nueva.

Ese día creo que tuve por primera vez algo parecido a lo que se llama síndrome de Stendhal —el agotamiento sensorial ante demasiada belleza junta—, aunque en aquel momento no sabía que se llamaba así. Recuerdo solo «un lado precioso detrás de otro», una sucesión de paisajes que te dejaba sin capacidad de procesarlos.

En un punto del camino llegamos a un sitio que se llama Arroyo Partido y que tiene una rareza geográfica única: el cauce, en una pequeña pendiente, se desvía y se separa en dos vertientes — una termina en el océano Pacífico y la otra en el océano Atlántico. Un cartel en el lugar lo explica. Es uno de esos detalles que recuerdo perfectamente —el cartel, el riachuelo, la idea de que una sola gota de agua tomando una pendiente o la otra acaba en costas a 5.000 kilómetros de distancia—. Una de las anécdotas geográficas más bonitas que me he traído de un viaje.

En otro tramo de la ruta nos paramos un buen rato porque había una excavadora arreglando la carretera y el paso estaba cortado. Mientras esperábamos, recuerdo sentir el día entero como un documental — aventura pura, paisaje al otro lado de la ventanilla, esa sensación de «estamos haciendo realmente esto» que sólo dan ciertos viajes. Maravilloso, lo recuerdo perfectamente. Otro de esos momentos sucedió un tiempo antes en mi primer viaje a África

Hacia la frontera: paso Cardenal Samoré

Como estábamos relativamente cerca de la frontera con Chile, se nos ocurrió acercarnos a pisarla. Yo no sé si fui yo el que les convencí, pero el grupo se animó y enfilamos al paso Cardenal Antonio Samoré.

Ahí aprendí algo que no sabía hasta ese momento: en ciertos pasos fronterizos, el control de pasaportes y aduanas puede estar separado de la línea divisoria real por una franja de tierra —en este caso unos 13 kilómetros—, normalmente porque el accidente geográfico (un paso de cordillera) está más arriba que el último punto donde se puede instalar una aduana.

La frontera helada: bolas de nieve y vuelta sin sello

Recorrimos el tramo desde el puesto argentino hasta el límite y arriba estaba todo nevado, otro de los contrastes del día, y eso era literal: del verde de los lagos a una capa blanca completa en cuatro curvas—. Estuvimos un buen rato tirándonos bolas de nieve, hicimos las fotos de rigor y dimos la vuelta sin llegar al puesto fronterizo chileno: nos sellaron salida y entrada en Argentina.

Vuelta a Villa La Angostura y siete lagos hasta San Martín de los Andes

Bajamos otra vez por los mismos lagos, viendo todo lo del primer paso pero al revés, con la luz cambiada. Paramos un rato en Villa La Angostura —la pequeña localidad del norte del Nahuel Huapi famosa por sus chalets de madera, su clima de bosque andino y los hoteles boutique— y desde ahí enfilamos por la Ruta de los Siete Lagos propiamente dicha, los 107 km canónicos que enlazan VLA con San Martín de los Andes atravesando los siete espejos de agua glaciar (Correntoso, Espejo, Escondido, Villarino, Falkner, Machónico y, finalmente, Lácar) entre bosques de lengas y coihues ya teñidos del rojo otoñal.

San Martín de los Andes y la costanera del Lago Lácar

Llegamos a San Martín de los Andes ya con la luz baja del atardecer austral. SMA es uno de esos pueblos patagónicos donde el centro está volcado al lago: la costanera del lago Lácar con su muelle largo y los barcos amarrados, la calle de adoquines con farolas y los edificios de arquitectura andina-patagónica —madera, piedra, tejados a dos aguas— heredada de la inmigración alemana y suiza, igual que en Bariloche. Bajamos al muelle, paseamos por la costanera con los perros sueltos típicos de los pueblos chicos del sur y nos cruzamos con la luz dorada del lago en su rato más bonito del día.

Vuelta a Bariloche y la Coca-Cola gigante del supermercado

Antes de la vuelta hacia Bariloche por la misma Ruta 40, fuimos al supermercado a comprar algo para la cena y para beber. Creo que el supermercado se llamaba «La Anónima». Y allí me llamó la atención algo muy concreto que se me quedó grabado: una Coca-Cola en formato grande, de 2,25 litros o algo así, un formato que en España y Europa no había visto nunca entonces. Desde aquel viaje, siempre me llaman la atención los formatos de envases distintos a los de casa. 

Creo que fue este día que cenamos carne fantástica, en un restaurante de paredes de madera forrada. Cerramos el día paseando por las calles de Bariloche, entrando en algunas tiendas de chocolates y llegamos  el Centro Cívico de Bariloche ya entrada la noche, con la estatua ecuestre del general Julio Argentino Roca —centro de la plaza desde 1941, hoy figura debatida por su papel en la «Conquista del Desierto»— y la fachada de piedra cinerítica con la torre del reloj iluminadas. Día precioso, de los que justifican el viaje entero.

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