Y por fin conocí Brighton

Primer viaje de intercambio de casas. Habíamos arrancado con la idea hacía meses, pero hasta entonces siempre venían a nuestra casa, no al revés. El plan original en Londres era Tower Bridge, primera línea de Támesis. Nos lo cancelaron unas semanas antes, problemas en su casa, y rebuscando salió una alternativa por Tottenham. La aceptamos. Pero antes, tocaba Brighton.

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Tres horas de retraso y un bono de comida

Vuelo EZY8020 con easyJet a las 10:15. Salió tres horas tarde. Nos habían avisado, así que fuimos haciendo tiempo en casa. Un poco pena tener menos tiempo allí, pero bueno. A cambio un bono de comida de cortesía. Compramos unos cruasanes en Chök. Julen lleva ya unos cuantos vuelos a la espalda.

Llegamos a Londres-Gatwick a media tarde y tren Southern hacia Brighton. Llegamo a Brighton sobre las 16:12.

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Brighton por la puerta de atrás

Arrancamos con el pie izquierdo en la ciudad. En vez de salir por el vestíbulo principal de Brighton Railway Station — esa cubierta abovedada azul claro, reloj suspendido de cuatro caras, vestíbulo con tiendas –  Google Maps nos sacó por la salida trasera. La de New England Street. Que no es salida turística sino salida de servicio para el barrio. Y además os metimos en una zona residencial sin salida directa, vuelta al ruedo y a empezar de nuevo.

Recuperamos el rumbo – y Nagore quitó el hambre – bajo el viaducto del London Road — arcos victorianos de ladrillo rojo, grafitis, contenedores apilados con la fachada del «The Tin Can» de hamburguesas y tatuajes, ese Brighton hipster que aparece sin avisar — y desembocamos en el cruce de Seven Dials, donde el Co-op de la esquina te recibe con un «Welcome to Seven Dials» bastante directo. Bajada por Dyke Road hacia el centro, calles Regency, semáforos con stickers de arte callejero, una sinagoga con inscripción hebrea andamiada.

El primer vistazo al mar lo dio el final del eje sur — el cielo bajándose, las fachadas blancas Regency a los lados, y el horizonte azul plomizo al fondo de la calle —. Llegamos a West Street bajo el arco luminoso del «Brilliant Brighton», ese cartel del BID local que dejaron encendido aunque ya no era temporada. Brighton estaba vacía. Bueno: había viento. Mucho viento.

Brighton fue hasta 1750 un pueblecito de pescadores —Brighthelmstone—. Lo cambió todo el doctor Richard Russell de Lewes, que en 1753 publicó un tratado defendiendo los baños de agua de mar como cura para enfermedades del riñón, hígado y sistema nervioso. Las élites londinenses bajaron en masa a probarlo. La playa, antes un sitio donde tirar la red, se convirtió en sala de cura. La aristocracia del XVIII trajo arquitectos, terrazas Regency, plazas — Brunswick, Regency Square, Adelaide Crescent — y al final al propio príncipe regente (luego Jorge IV), que construyó aquí su capricho oriental: el Royal Pavilion. El siglo XIX trajo el ferrocarril desde Londres (1841, 80 km y 50 minutos) y con él el turismo de masas. Las casas Regency mutaron en B&Bs, y los muelles —el Chain Pier de 1823, el West Pier de 1866, el Palace Pier de 1899— se convirtieron en el alma de la postal.

Hoy Brighton (oficialmente City of Brighton and Hove desde 2000) es una ciudad de 280.000 habitantes con dos identidades superpuestas: la victoriana popular de las atracciones del muelle, los fish & chips, los seaside shelters de hierro forjado y la avenida frente al mar; y la Brighton bohemia — universidad de las artes desde 1962, comunidad LGTBQ+ más grande de UK fuera de Londres, festivales Pride, Fringe, Brighton Festival, vegetarianismo y veganismo de manual, política laborista perpetua — que ha hecho del centro un laboratorio cultural en la costa sur. Y el Palace Pier sigue ahí, con sus máquinas tragaperras y su olor a azúcar quemado, como contrapunto popular obligado de todo lo de arriba.

Paseo marítimo con viento del oeste

Primera línea de playa, rumbo oeste. El Brighton Palace Pier a la izquierda quedándose atrás — no entramos, demasiado viento para con el carrito —, y el Brightoni360 apareciendo al frente. La torre delgadísima de Marks Barfield (los mismos del London Eye), 162 metros, con la cabina-donut que sube por el mástil. Lleva ya un par de años con problemas financieros pero todavía gira.

Justo enfrente, el esqueleto del West Pier. Lo que queda. Construido en 1866, cerrado en 1975 por inseguridad estructural, dos incendios en 2003, y dejado ahí como ruina romántica en el mar. Podemos hacer chistes sobre la decadencia británica pero también es realmente la mejor foto del paseo. Al lado, la Upside Down House —  dos plantas montadas al revés, gente entrando a pagar 8 libras por hacerse selfies con los pies en el techo —. Hicimos la foto desde fuera y seguimos.

El paseo se ondula. Brighton Bandstand, el «Birdcage», pabellón victoriano de hierro forjado pintado de blanco — bodas, conciertos al sol, hoy vacío y batido por el viento —. Más adelante, la Peace Statue, ese ángel alado de bronce sobre pedestal de piedra que marca la frontera oficial entre Brighton y Hove. Inaugurada en 1912 a Eduardo VII, sigue ahí avisando: a este lado, Brighton; al otro, Hove (insistir en el «actually» — los de Hove llevan décadas con el chiste «Hove, actually» para distanciarse del primo turistero).

Pasamos a Hove. El cambio se nota: paseo de ladrillo rojo, refugios victorianos azul-blanco, las casetas de playa de colores (las beach huts de Hove, listas de espera de años para alquilar una), las terrazas Regency haciéndose continuas y simétricas. El sol ya bajo, el cielo morado-rosa, el frío metiéndose por las mangas. Julen dormido en el carrito sin enterarse de nada.

Hove (actually) y el último kilómetro

Subimos del paseo a la calle interior una manzana. Brunswick Square, plaza-jardín con la fachada continua Regency más fotogénica de Hove. Los crescents son curvos a propósito — los arquitectos de la Regencia copiaban a Bath y a John Wood —. Pasamos por delante de La Tapa Loca con la pizarra del «HOLA / WE ARE OPEN», un mural del Brighton & Hove Albion FC con tres jugadores en azul-blanco, y The Pharmacist, un bar de la cervecera local Kemp Town Brewery.

Iglesia neogótica al fondo de una calle, un puesto de flores con sombrilla «L’autentica», panel del «Heritage of Hove», el YMCA en Norton Road. Y la sorpresa de Hove: el Hove Town Hall, edificio brutalista de los años 70 con torre del reloj y fachada acristalada — el ayuntamiento original ardió en 1966 y reconstruyeron en hormigón a tope con la estética de la época —. Junto a buzones rojos con cubierta tejida en lana (los post box toppers, manualidades de comunidades locales que se han puesto de moda en UK), pasamos delante del Tesco Superstore y enfilamos hacia el hotel.

El hotel era The Gather Inn, en pleno paseo marítimo de Hove — pub-restaurante en planta baja con habitaciones arriba —. Habíamos reservado dos adultos y un niño; en recepción nos dieron una habitación triple, más cara, último piso, con techo abuhardillado. Evidentemente sin ascensor. Y la chica de recepción, británica de cliché choni, cuando dijimos que al día siguiente nos íbamos a Londres, contestó con la mirada perfectamente seria: «London? Take Care» Me reí y dijo. «Not joking»

Fish & chips, pie de carne y Julen probando guisantes

Cena en el restaurante del propio Gather Inn. Sin ganas de salir otra vez al viento. Fish & chips, steak & ale pie con su masa quebrada y su salsa marrón, guisantes ingleses para Julen — comió tres  —. Por la mesa apareció también el «Woofchester’s Dog Menu» de la casa — folleto para encargar comida al perro que no llevábamos —. Sobremesa corta, escalera moqueteada, cartel verde fluorescente del FIRE EXIT en cada esquina, y a la habitación.

Habíamos andado más de la cuenta. El paseo desde la estación con el carrito a cuestas no había sido el plan, pero al final dimos la vuelta entera por el centro y el seafront. Brighton de pasada, antes de empezar el viaje. Mañana, segundo día aquí.

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