El cuarto día tocaba el corazón monárquico de Londres y la City. No fue el día del que mejores recuerdos tenemos, pero sí del final del mismo.
Ferrari Store, Piccadilly y la cabalgata de la Garde
Primera parada de la mañana: la Ferrari Store de Regent Street. Había estado mirando el escaparate los dos días anteriores y hoy tocaba entrar. Un F1 con la pintura Vodafone-Fiat-Bridgestone en el centro de la tienda, cordón rojo de exhibición, maquetas, polos rojos, miniaturas… tampoco es que sea yo un gran fan ni de la marca ni de la F1..
De Regent Street hacia el sur, Piccadilly Circus ya en marcha matutina con las pantallas activas. Cruzamos Piccadilly y enfilamos The Mall. Llegamos a Buckingham bordeando el palacio por el lateral norte.
Buckingham, el Victoria Memorial y los parques reales
El Victoria Memorial, ese pastel de mármol blanco con la Victoria dorada en lo alto, marca la perspectiva frontal del palacio. Las gigantescas alegorías de la Justicia, la Verdad y la Caridad alrededor de la base. Mil turistas.
Buckingham Palace de fondo, las puertas doradas y la verja con los leones. Nos tocó por suerte ver un poco del cierre del cambio de guardia en pleno: las cabalgadas de los Life Guards con sus casacas rojas y los cascos con la pluma blanca de la Hans Majestet Kongens Garde — perdón, ese sería Oslo años después —, los King’s Guard con sus bearskins negros y la banda militar acompañando.
Cruzamos después al Diana Princess of Wales Memorial Walk — esa placa de bronce en el suelo con la rosa estilizada que marca el recorrido a pie que recuerda a la princesa de Gales por todos los parques reales—. Entramos en St James’s Park, el más antiguo de los parques reales (Enrique VIII, 1532). El lago con el puente, las orillas con los sauces, las palomas, los gansos grises, los ánsares de pico naranja paseando como si fuera porque es su parque.
Desde el puente del lago, postal clásica: el London Eye asomando al fondo sobre los árboles, en el extremo este del parque.
Por el Mall hasta llegar a Horse Guards Parade, donde nos tocó otro Life Guard a caballo, esta vez completamente quieto en su garita, con el casco emplumado, mirada al infinito. Foto rápida y rumbo a Whitehall.
Whitehall, St Paul’s y la City
Subimos Whitehall y enfilamos a St Paul’s. La Catedral de San Pablo nos recibió desde abajo, esa fachada barroca de Sir Christopher Wren con las dos torres asimétricas y la cúpula enorme. La rodeamos por Paternoster Square, la plaza moderna detrás de la catedral, con la columna conmemorativa rematada en una llama dorada y la escultura «Shepherd and Sheep» de Elisabeth Frink — un pastor con sus ovejas en bronce — al borde del foro. Me impresionaría mucho más verla de noche, años después. Aún no he entrado. (2026)
Y de ahí, callejeando por la City. Donde no se veía mucha gente.Pasamos junto al edificio del London Stock Exchange. Y la postal arquitectónica del día: el 30 St Mary Axe, el «Gherkin», ese pepino acristalado con sus rombos de cristal que Norman Foster levantó en 2003. En contrapicado.
St Paul’s Cathedral es la catedral anglicana de Londres y la quinta del mundo en tamaño, levantada por Sir Christopher Wren entre 1675 y 1710 sobre el solar de la catedral medieval que se quemó en el Gran Incendio de 1666. Su cúpula —111 metros, segunda del cristianismo después de San Pedro del Vaticano— resistió ilesa los bombardeos del Blitz en 1940 mientras toda la City ardía a su alrededor: la fotografía de la cúpula recortándose entre el humo se convirtió en uno de los símbolos visuales más potentes de la resistencia británica. Aquí se casaron Carlos y Diana en 1981 y se cantó el réquiem por Churchill en 1965.
A pocos pasos hacia el este, el viejo barrio de la City of London — los square mile que aún hoy se rigen por su propio gobierno municipal y su propio Lord Mayor — se ha rellenado en los últimos cuarenta años con rascacielos de firma: el 30 St Mary Axe de Foster (2003), conocido como The Gherkin; el Leadenhall Building de Rogers (2014), apodado Cheesegrater; el 20 Fenchurch Street de Rafael Viñoly (2014), el Walkie-Talkie; el Heron Tower (2011). En 2009 todavía no habían llegado los tres últimos. El Gherkin destacaba todavía como rascacielos solitario por encima del skyline georgiano de la City.
Tower Bridge y la playa del Támesis
De la City andando hasta el río. Bajamos a la orilla y dimos por fin con Tower Bridge visto desde el lado norte. Lo cruzamos a pie. Foto reglamentaria con City Hall al fondo — el huevo de cristal de Foster — y con el HMS Belfast, el crucero de la Royal Navy convertido en museo flotante en 1971, amarrado en mitad del puerto.
Y, casi por casualidad, nos asomamos a la Tower Beach — esa playa de guijarros que aparece bajo el Tower Bridge cuando baja la marea—. Bajamos por las escaleras del muelle, pisamos los guijarros del Támesis, hicimos las fotos con el agua bajísima, el puente recortado contra el cielo. Una de esas estampas de Londres que no aparecen en las guías.
Covent Garden con Yahoo Yodel Studio…
Cogimos el metro de vuelta al centro al atardecer y nos plantamos en Covent Garden con la luz violeta del crepúsculo. La Piazza estaba ocupada por una activación de Yahoo! — un pabellón morado con «YAHOO! YODEL STUDIO» montado en la plaza, parte de una campaña global del buscador que entonces todavía competía con Google—. Multitud, música, un actor callejero con un balón haciendo malabares. El Apple Market bajo la columnata todavía abierto.
Entramos después a un Primark donde compramos un montón de ropa que de alguna manera lograríamos meter en el equipaje de mano al día siguiente. Pero lo que más recuerdo es que una dependienta asiática viendo que mirábamos una prenda nos dijo «knee high» y yo medio entendí «ni hao» y me quedé mirándole, hasta que lo repitió y le di las gracias jeje
… y nuestro primer Wagamama!
Y de ahí al West End: Shaftesbury Avenue con los teatros y los carteles de los musicales, «Les Misérables» entre ellos, las farolas amarillas, los pubs con la gente fuera a pesar del frío.
Cuando llegaba la hora de cenar vimos un Wagamama. Nagore lo conocía y me llevó. Y me encantó. Comida rica. De nuevo, todavía era menos frecuente en Madrid. Además sus bancos corridos y la increíble Cheesecake. Repetiríamos en Manchester. Se convirtió en algo típico para nosotros en suelo británico.








































































































































