Quinto día del viaje. Haremos la típica excursión al Mar Muerto —cruzando Cisjordania por la Ruta 1 hasta la orilla más baja del planeta, flotar en sus aguas salinas, embarrarnos con barro mineral y vuelta a Jerusalén.
El Mar Muerto —Yam HaMelah, «Mar de la Sal» en hebreo; al-Bahr al-Mayyit, «Mar Muerto» en árabe— es el punto más bajo de la superficie terrestre, situado en febrero de 2015 a 430 metros bajo el nivel del mar (y descendiendo aproximadamente 1 metro al año por la desecación). Tiene unos 67 km de norte a sur y comparte ribera entre Israel, Cisjordania y Jordania; el agua llega del río Jordán por el norte sin salida posible, lo que ha concentrado ~33% de salinidad —diez veces más que el Mediterráneo— con altísimas concentraciones de magnesio, potasio, bromo y calcio. Es por eso que el cuerpo flota irremediablemente en la superficie y que un trago accidental quema durante días. Las orillas están cubiertas de cristales blancos de sal formados por evaporación y barro negro mineral que se vende a precio de oro en farmacias del mundo entero pero que aquí se aplica a cubos directamente sobre la piel.
El acceso desde Jerusalén baja por la Ruta 1 y la Ruta 90 atravesando Cisjordania y el desierto de Judea, con paradas habituales en Qumrán (cuevas de los Manuscritos del Mar Muerto descubiertos en 1947) y Ein Gedi (oasis bíblico). Los checkpoints militares israelíes con sus carteles bilingües amarillos y la bandera azul-blanca son parte del paisaje del trayecto —Cisjordania es Área C bajo control civil y militar israelí desde Oslo II (1995)—. El nivel del mar ha caído tanto que hoteles construidos en los 70 con frente de agua están a un kilómetro de la orilla, y se cruzan kilómetros enteros de antiguos lechos secos antes de pisar el agua.
Cruzando Cisjordania
Comenzamos el día negociando con un taxista árabe para que nos lleve. Yo daba por hecho que nos llevaría sin cruzar a Cisjordania y sin dejar territori israelí, pero no fue así. En seguida vimos que íbamos rumbo este. La Ruta 1 sale de Jerusalén dejando atrás la ciudad y, en cuestión de minutos, entra en el desierto de Judea: el paisaje se pela y las casas árabes blancas con depósitos de agua negros se asoman a las colinas. Cruzamos un checkpoint militar israelí con su cabina de control, bandera y carteles amarillos, y entramos formalmente en territorio bajo control israelí en Cisjordania (Área C). De camino, pasaremos por el desvío a Jericó.
El Mar Muerto: chapuzón, flotación y barro
Bajamos a la orilla del Mar Muerto por una de las playas del lado occidental. El primer impacto, antes incluso de meterse, es el visual: sin pájaros ni peces y con las montañas marrón rojizas de Moab en Jordania al otro lado.
Nos cambiamos y nos metimos al agua. El golpe sensorial es difícil de exagerar: el agua no resbala, espesa, se siente aceitosa por la concentración de magnesio; cualquier roce con un corte produce un ardor instantáneo (que es justo lo que me pasó); y, sobre todo, flotas sin posibilidad de hundirte. Es físicamente imposible mantener los pies en el fondo si te tumbas: la densidad del agua —1,24 g/ml frente al 1,00 del agua dulce— te empuja a la superficie como un corcho.
Después nos embadurnamos con el barro negro mineral que se vende a precio de oro en medio mundo pero que aquí se recoge a cubos del fondo. Cinco caras —Dani, Alfredo, Carlos, Iván y yo— pintarrajeados de barro, fotos de grupo y selfies obligatorios.
Después de unas duchas básicas en las instalaciones de la playa subimos al coche y volvimos a Jerusalén por la misma Ruta 1, esta vez en dirección contraria: del desierto a los 750 metros de altitud de la ciudad. Por el camino pasamos cerca del desvío a Ramallah/Bet El y volvimos a cruzar el checkpoint. En esta ocasión nos pidieron los pasaportes. Estos no los habían cogido, al sacar yo el mío, sin más ceremonia, el chico del control dijo «Españoles, ¡Viva España», adelante, adelante» Llegamos ya a la hora de comer y nos decidimos por un sitio del centro de Jerusalén Oeste donde cayó un menú de mezze israelí —hummus, ensaladas, falafel, pan de pita, una botella de agua mineral Ein Gedi— y la terraza de un café del centro con vistas a una calle de piedra dorada.
Tarde: entrada a la Ciudad Vieja por la Puerta de Damasco
Por la tarde, cogimos la Jaffa Road y bajamos junto a la Puerta de Damasco (Bab el-Amud, «Puerta de la Columna») —la más imponente de las puertas de la Ciudad Vieja, restaurada por Solimán el Magnífico en 1537 sobre la entrada romana de Adriano—. La aproximación es ya espectacular: la plaza con forma de anfiteatro de escaleras concéntricas que desciende hasta la puerta almenada, palmeras, banderas, motocicletas, vendedores ambulantes y el zumbido humano constante. Mientras Dani y yo íbamos hablando de Ramstein y del Zooropa de U2.
Entramos al Barrio Musulmán de la Ciudad Vieja por la calle principal —que conecta con el Khan ez-Zeit, el Cardo del Norte de la ciudad romana—. Esta zona, en contraste con el Barrio Judío reluciente que vimos el día anterior, es un laberinto de zocos cubiertos con bóvedas de piedra: tiendas de ropa, especias, juguetes, carteles religiosos, monjas con sari (Misioneras de la Caridad), Haredíes con sombrero negro cruzándose con turistas en sandalias. En un punto nos topamos con el cartel inconfundible «VIA DOLOROSA» sobre una placa de pared —la calle por la que se dice que Jesús cargó la cruz hasta el Calvario, con sus catorce estaciones marcadas a lo largo del recorrido—. De nuevo, esa sensación que casi no nos abandonó en ningún momento durante estos dos días, de estar en un sitio único.
Vimos también desde la calle la cúpula gris-plomiza de la Mezquita Al-Aqsa al pasar bordeando el muro sur del Haram al-Sharif —un complejo al que no entramos en este viaje pero que asoma constantemente en el horizonte de la Ciudad Vieja—. Y volvimos a acceder al recinto del muro de las lamentaciones, aunque de esta segunda vez tengo poco recuerdo.
Atardecer en el Monte de los Olivos
Cuando empezó a caer la tarde subimos al Monte de los Olivos —la colina al este de la Ciudad Vieja, separada por el Valle del Cedrón, con 3.000 años de historia como cementerio y lugar santo para judaísmo, cristianismo e islam—. El mirador panorámico del lado oeste regala otra postal típica de Jerusalén: el cementerio judío en pendiente con sus 150.000 tumbas blancas orientadas hacia el Monte del Templo (los judíos religiosos sostienen que aquí empezará la resurrección de los muertos cuando llegue el Mesías), y al fondo la Cúpula de la Roca dorada, la Mezquita Al-Aqsa, las murallas de Solimán y los tejados de la Ciudad Vieja.
Estuvimos un rato largo en el mirador haciendo fotos —la luz del atardecer caía oblicua sobre las murallas y, según pasaba el tiempo, las piedras blancas de Jerusalén iban cambiando de blanco-amarillo a naranja-cobrizo, hasta volverse rosáceas en los últimos minutos antes de que se encendieran las luces—. Una foto de grupo, varias panorámicas y la sensación de haber comprimido en una sola vista mil años de historia. Recuerdo perfectamente a Fanego negociando con taxistas para el viaje de vuelta con un acento forzado «We are poor, my friend, we are not German»
Mea Shearim —»cien puertas» en hebreo— es uno de los barrios judíos ortodoxos más antiguos de Jerusalén fuera de los muros de la Ciudad Vieja, fundado en 1874 por inmigrantes judíos askenazíes ortodoxos como respuesta al hacinamiento del barrio judío intramuros. Se construyó como un cuadrángulo cerrado de patios y callejones con accesos controlados —de ahí el nombre, «cien puertas»—, originalmente como mecanismo defensivo y de cohesión comunitaria. Hoy es la principal concentración de judaísmo Haredí (ultraortodoxo) de la ciudad: las grandes familias askenazíes —jasidíes, litvakíes, edah haredit— viven aquí, hablan yidish en casa, vienen mucho menos los hijos a la escuela secular del Estado, y conservan códigos rigurosos de vestimenta —los hombres con shtreimel (sombrero de piel) o sombrero negro de fieltro, levita larga, tirabuzones payot; las mujeres con vestidos hasta los tobillos, manga larga, peluca o pañuelo—.
Los Pashkevilin —los carteles murales en hebreo pegados a las paredes en cualquier esquina del barrio— son el medio de comunicación interno: anuncios de bodas y funerales, denuncias rabínicas, llamadas a manifestación contra el reclutamiento militar de yeshivot, advertencias contra el uso de tecnología no autorizada, prohibiciones varias. Para el visitante hay códigos no escritos que conviene respetar: no fotografiar a la gente directamente, vestir discretamente (hombros y rodillas cubiertos), evitar el shabat si no se quiere ser interpelado, no entrar en parejas mixtas demasiado afectuosas. El barrio sigue siendo, en buena medida, un lugar que se atraviesa con respeto cultural más que se visita.
Noche: Mea Shearim, cena y billar
Cerramos el día subiendo al barrio de Mea Shearim, al noroeste de la Ciudad Vieja, ya con la noche cerrada. Caminamos por sus calles —discretamente, intentando no hacer fotos directas a la gente— viendo los Pashkevilin pegados en las paredes (carteles murales en hebreo con sus tipografías clásicas, los anuncios de bodas y los reproches rabínicos del momento), cruzándonos con hombres Haredíes con sus sombreros negros de fieltro y levitas largas, mujeres con vestidos hasta los tobillos cruzando deprisa, niños en grupos. Es uno de esos barrios donde el visitante extranjero entiende, sin necesidad de que se lo expliquen, que está atravesando una sociedad distinta de la que ocupa la calle de al lado: la cultura Haredí vive a su propio ritmo, con sus propios códigos, dentro de los mismos kilómetros cuadrados del Estado moderno israelí. Más o menos un año después, estaríamos caminando por un barrio, con algunas coincidencias.
Cenamos en algún sitio del centro nuevo y acabamos en una sala de billar para terminar el día, antes de volver al hotel a dormir.








































































































































