Cabo da Roca, playas y arroces

Arrancamos tranquilos. Desayuno con calma de día de vacaciones en Amadora, ese suburbio de torres de hormigón que se parece a tantos otros, y que yo siempre veo con cariño porque me recuerda a dónde viven mis tíos en Logroño. El día se nos fue entre el Cabo da Roca en plena niebla profunda atlántica, una mañana de playa en la Praia das Maçãs (Colares) con empanadas, Super Bock y Sagres, y paseo por Cascais al atardecer y una cena memorable.

El Cabo da Roca es el punto más occidental de la Europa continental, a 9° 30′ de longitud oeste, sobre un acantilado de granito de 140 metros sobre el Atlántico. Lo certifica oficialmente un monumento de piedra con una cruz en su cima y los versos de Luís de Camões grabados: «Onde a terra acaba e o mar começa» — «donde la tierra acaba y el mar empieza». El faro del Cabo da Roca, de 1772, fue el primero construido en Portugal con luz fija desde la reforma de los faros del marqués de Pombal; emite cada 18 segundos y se ve a 26 millas náuticas. El cabo está en pleno Parque Natural de Sintra-Cascais, una franja de costa salvaje donde el viento del Atlántico convierte la niebla orográfica en un visitante constante incluso en pleno verano: el aire húmedo del océano choca contra la Serra de Sintra y se condensa sin previo aviso.

La Praia das Maçãs —»playa de las manzanas», según la leyenda porque las manzanas que caían de los huertos de los alrededores bajaban por el río hasta el mar— pertenece a la freguesia de Colares, municipio de Sintra. Es una playa de arena fina con piscina natural en marea baja, frecuentada históricamente por la burguesía lisboeta desde finales del XIX y conectada con Sintra por el tranvía eléctrico de 1904 que todavía funciona en verano. Colares dio nombre además al vino de Colares, único en Europa por crecer sobre arena —sin tierra— en suelos prácticamente inmunes a la filoxera del XIX, lo que salvó las vides europeas tras la plaga.

Cascais remata el día con su mezcla de núcleo histórico —Ciudadela, Paços do Concelho, Largo Luís de Camões— y la animación pura de pleno agosto portugués: terrazas llenas, restaurantes con olla giratoria de marisco, partidos de fútbol que se cuelan por las plazas y el contraste entre la luz dorada del Atlántico y los azulejos azules de las fachadas.

Desayuno en Amadora y salida al cabo

Como en todo día sin obligaciones, desayunamos despacio en la Residencial Jardim de Amadora y salimos hacia el primer plan del día.

Cabo da Roca: niebla profunda y «donde acaba la tierra»

El plan principal del día era ir al Cabo da Roca, el punto más occidental de Europa continental. Cuando llegamos había una niebla muy profunda —la típica orográfica del Atlántico chocando con la Serra de Sintra— y prácticamente no se veía nada más allá de unos metros. Estuvimos un rato abrigados, paseando un poco alrededor del monumento de piedra con la cruz y los versos de Camões, asomándonos al borde de los acantilados que apenas se intuían entre la bruma. La niebla, lejos de estropear el sitio, le daba al cabo una atmósfera muy especial.

El faro, la cruz y el certificado del fin de Europa

Seguimos un rato más por el cabo, alrededor del faro del Cabo da Roca —el de 1772, el primero de Portugal con luz fija— y el monumento principal con la cruz de piedra..

Mañana de playa en Praia das Maçãs

Del cabo bajamos a darnos un baño en la playa —en la Praia das Maçãs de Colares, la playa clásica del municipio de Sintra a unos veinte minutos por la costa—. Pasamos la mañana tranquilamente tumbados, bañándonos, sin prisa ninguna. Comimos por allí —empanadas y ese tipo de cosas— y, por supuesto, bebiendo Super Bock y Sagres, las dos cervezas portuguesas obligatorias del verano.

Cascais al atardecer: paseo por la ciudad

Cuando empezó a bajar el sol nos fuimos para Cascais a dar un paseo por la ciudad —el núcleo histórico con la Ciudadela, las calles peatonales de tiendas, los muelles, las terrazas—. Es el segundo día seguido que veníamos a Cascais, pero la primera vez con tiempo de pasear con calma y sin el agotamiento del día completo de Sintra encima.

Marina, paseo marítimo y luz del Atlántico

Bajamos hasta la marina de Cascais y el paseo marítimo. Con la luz del atardecer en pleno agosto, esa hora de fotos doradas en la que el mar coge un color que no tiene a otras horas. La marina seguía con la animación de los veleros de las regatas, gente paseando, fotos con el agua de fondo.

Cena en una plaza con goles de fondo

Cuando se hizo la noche cenamos en el piso de arriba de una plaza con muchísimas terrazas —no recuerdo cuál exactamente, alguna de las clásicas del centro de Cascais como la Largo Luís de Camões o la Praça 5 de Outubro, ese tipo de plaza llena de restaurantes en pleno agosto portugués—.

Pedimos una cazuela de marisco — un arroz caldoso increíble que sacaron en una olla sobre la mesa para servir entre los comensales. Yo repetí tres veces: de esos platos que te dejan recordando un sitio para siempre. Y mientras cenábamos, en alguna terraza cercana se oía un partido de fútbol, la Premier empezaba ese día — los goles, los gritos…. Fue un día muy agradable, muy divertido, muy disfrutado y muy recordado — de los que se quedan en el archivo de los viajes por la suma de la niebla del cabo, la playa, el marisco y los goles de fondo.

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